Notas sobre LA ALQUIMIA , el Yoga cosmológico de la cristiandad medieval

Por Maurice Aniane

La Alquimia en la mayoría de civilizaciones tradicionales no es otra cosa que la ciencia del sacrificio de substancias terrestres,  la liturgia para transfigurar aquellas artesanías que tratan con la materia “inanimada”.  La hallamos por doquier,  desde la antigua China y en India a través de todas las épocas.  En estas tradiciones ”mitológicas” en su forma,  la alquimia no está restringida a ningún lugar en particular:  Si el Espíritu está en todas partes, óbviamente también en una piedra ;  cuando aquélla única luz,  la de la Inteligencia Divina,  es manifiesta en el Sol,  en un águila y en la miel,  ņes sorprendente que también sea manifiesta en el Oro,  y que todo metal es Oro que no se conoce a sí mismo,  e incluso en su ignorancia es un “estado” del Oro?.  Si el hombre no tiene otro rol que el de reverenciar en el indiviso santuario de su cuerpo y de la naturaleza,  ņes de sorprender que él debiera transmutar el plomo en oro?.  Ni tampoco la santidad puede ser dividida,  y el “milagro” de la transmutación revela su omnipresencia.  La alquimia en las tradiciones metafísicas y mitológicas no tenía más importancia que la danza que expresaba la naturaleza sagrada del ritmo,  que mostraba que el reverente circular de los danzantes era el mismo que el de las estrellas,  y en la repentina inmovilidad del cuerpo el tiempo “transmutado”,  el sueĖo del plomo convertido en el oro puro de un momento de eternidad.  Sin embargo la alquimia estaba destinada a tener un significado especial en el dominio de las tradiciones ”monoteístas”,  y particularmente en la cristiana.  Aparte de trazas que aún existen en algunas comunidades rurales de Europa,  la alquimia,  o más generalmente la Hermética,  parece haber sido la única doctrina cosmológica que sobreviviese en el mundo cristiano.  Ello ha sido por tanto llamada a desempeĖar un importante rol “bajo” una religión que proclamaba la “mortificación de la carne” y evitaba la cosmología.  De hecho,  durante la edad media temprana y hasta los principios del arte gótico,  la alquimia no era opuesta a la cristiandad sino que la completaba.  A través de ella la efusión eucarística radiaba aún de los estados más pesados de la materia.  No era más sólo el pan y el vino que eran transubstanciados sino la piedra,  el plomo,  la cal de los huesos y de las rocas,  vivificadas por la cristiandad;   la alquimia dio a ésta una aplicación “técnica” en el ámbito psicocósmico,  el cual la cristiandad había soslayado porque su meta no era establecer al hombre en el mundo sino guiarle fuera de él.  De modo que la Alquimia no podría haber sobrevivido en occidente sin la tremenda efusión iniciática de la cristiandad;   así como la casa arquetípica solo existe debido a la chimenea por la cual ella se comunica con el “cielo” de modo que no hay cosmología posible sino alrededor del estado “central”,  a través del cual uno puede hallar un camino fuera del cosmos.  Pero sin la alquimia el cristianismo no pudiera haber sido “encarnado” en un orden total:  habrían habido monjes y santos;   no habría habido la idea sagrada de la naturaleza la cual pudiera revestir a las artes y oficios y a la heráldica con su carácter de “misterios menores”.  En un tiempo en que estamos siendo hundidos por la pesantez,  es quizás urgente recordar a la cristiandad que ella no solo aceptó sino que, en los siglos de su más noble encarnación,  animó un verdadero “yoga” de la pesantez. 

 

Descripción de la doctrina. –

 

El significado del oro

 

Pese a la insistencia de los historiadores de la ciencia la alquimia no fue nunca,  excepto en sus estados degenerados,  una química primitiva.  Era una ciencia “sacramental” en la cual los fenómenos materiales no eran autónomos sino que representaban la “condensación” de las realidades psíquicas y espirituales.  Cuando es penetrado el misterio y espontaneidad de la naturaleza se torna traslúcido: por un lado es transfigurado por el relámpago, por los destellos de energías divinas, y por el otro incorpora y simboliza aquellos estados “angélicos”que el hombre caído sólo puede vislumbrar por breves momentos, al escuchar la música o al contemplar un rostro humano. Los símbolos no son algo que se “coloque” sobre las cosas: ellos son la estructura misma tal como están en el proceso de perfección en Dios. Para la alquimia, la ciencia del símbolo, no era cuestión, como se ha dicho a veces, de una unidad ”material” de la naturaleza, sino de una unidad espiritual;  uno casi podría afirmar la Asunción espiritual de la naturaleza, pues ella no es otra cosa finalmente que el lugar de un principio metafísico: a través del hombre el cuerpo del mundo,  como sí,  la novia  de Dios.  Esta asunción de la materia es la clave del trabajo alquímico, que simplemente ayuda a las substancias a “sumerjirse en la naturaleza del Padre”, esto es, incorporar, conforme a su modo de ser, la mayor luz espiritual posible. ”Las criaturas deben sumerjirse en esta naturaleza del padre y tornarse la unidad misma y único hijo. . . ”pues “. . la naturaleza , que es Dios,  busca solamente la imagen de Dios”” El cobre debido a su  naturaleza, puede convertirse en plata, y la plata, por su naturaleza, puede convertirse en oro: Así ni el uno ni el otro se detienen o retardan hasta que esta unidad es realizada.  Pues el oro es el más perfecto de los metales,  el único cuya densidad de luz expresa mejor la presencia divina en el reino mineral: a través de la continuidad espiritual cada metal es virtualmente oro y cada piedra tórnase preciosa en Dios.  Esta transfiguración de la naturaleza- la memoria del Edén y la espera de la segunda venida(la Parusía)- pueden en el presente tener efecto sólo en el corazón del hombre, el ser central y consciente de la creación.  En efecto, que al ser así ”el ojo del corazón” puede ver el oro en el plomo y el cristal en la montaĖa, debido a que él puede ver el mundo en Dios.  La Alquimia, como todas las ciencias “tradicionales” fué por tanto un esfuerzo inmenso para despertar al hombre a la omnipresencia divina. Su importancia radica en él haber enfatizado esta omnipresencia en la oscura pesantez: allí donde menos hubiera buscado la perspectiva pseudo mística e idealista;  allí donde, de acuerdo con la inversión analógica de una “visión sacramental”, la divina omnipresencia se “contrae” y más fuertemente se retira dentro de sí misma.  Si la producción de oro metálico ha sido lograda a veces, ello fue simplemente una SEĄAL. No fue mas que el milagro del santo cuya mirada transforma al pecador.  Así como el santo vé en el pecador la posibilidad de la santidad metálica, esto es, de oro. Y esta visión era “operativa”.

Pero el alquimista no buscó que hacer oro. Ese no era el verdadero significado de su trabajo. Su propósito era unir su alma tan íntimamente con aquello en los metales que le pudieran recordar que ellos están en Dios,  esto es, que ellos son oro. El alquimista medieval realizó la palabra de Cristo a la letra: él proclamó las buenas nuevas a todas las criaturas “La piedra es el Cristo”, todos los textos herméticos de la edad media repiten esperanzadoramente. A través de su visión del oro crístico el alquimista podía transformar todo “metal imperfecto”, pero lo hacía sólo raramente, pues, como santo sabía que el tiempo para la transfiguración cósmica aún no había llegado.

El verdadero rol del alquimista era doble: por un lado él ayudaba a la naturaleza sofocada por la decadencia humana a respirar la presencia de Dios. Ofreciendo a Dios la oración del Universo, él anhelaba el universo en el ser y renovaba su existencia. Los textos le llaman Rey;  como secreto rey él confirmaba el orden del tiempo y del espacio, la fecundidad de la tierra productora del grano y del diamante, como lo hacían los reyes de las antiguas sociedades, como el emperador de china hasta los comienzos del siglo veinte. En segundo lugar,  el alquimista, en el plano humano, ”despertaba” a las substancias y al oro mismo a su verdadera naturaleza, las usaba para preparar elíxires que daban “longevidad” al cuerpo y fuerza al alma: el “oro bebible” era un oro despertado a su calidad espiritual, y reflejaba en su orden la “medicina de inmortalidad” como San Ambrosio dijo de la eucaristía.  El verdadero rol del alquimista era celebrar analógicamente una misa cuyas especies no eran sólo pan y vino, sino toda la naturaleza en su conjunto.

La lógica de la alquimia

 

La lógica de la alquimia implica un movimiento doble: ”verticalmente”, ella era una lógica simbólica,  llevando la manifestación de regreso a su principio, la apariencia a la realidad, el mundo a Dios: Una lógica de reintegración. ”Horizontalmente”, en el plano humano-cósmico, era una dialéctica de complementarios que enfatiza en todas partes la viviente tensión de los contrarios: Una lógica de amor y guerra. 

Una lógica de reintegración

 

La alquimia implicaba, en la sensación misma, un pacífico y desapegado amor del mundo. Pues el mundo de la alquimia, como el de las tradiciones “mitológicas” cuya herencia ella transmite, era a la vez un mundo viviente y transparente, un cuerpo grande y sagrado, un anthropos inmenso parecido en todo al pequeĖo. La naturaleza, podría decirse, era a la vez el cuerpo de Dios y el cuerpo del hombre. Todo era vida, todo era alma, todo el aliento divino de Dios;  la sangre del sol hizo crecer al embrión dorado en la matriz de las montaĖas.  Los siete planetas en el cielo, los siete metales engendrados por ellos sobre la tierra, los siete centros de vida, los que, desde el sexo a la cabeza, gravitan en el hombre alrededor del corazón-Sol , eran las variadas encarnaciones de la misma estructura de la palabra;  y las siete notas de la escala manifiestan también aquélla ”música del silencio” que baĖa la creación, refulge alrededor de los santos y está inmovilizada en el oro.  Por eso es que el alquimista, como el caballero cuyo ”noble beso” libera a melusina de su ambigua condición, reveló en la naturaleza que vela a Dios, la naturaleza que le hace manifiesto.  “Aprended que el propósito de la ciencia de los antiguos que elaboraron simultáneamente las ciencias y las virtudes es aquello de lo cual todas las cosas proceden, Dios invisible e inmóvil cuya Voluntad despierta la inteligencia;   a través de la Voluntad y la inteligencia aparece el alma en su unidad;   a través del alma nacen las distintas naturalezas, las que, a su vez, generan todos los compuestos. Así uno vé que sólo puede conocerse una cosa si uno conoce lo que es más elevado que ella. El alma es más elevada que la naturaleza, y,  a través de ella, la naturaleza puede ser conocida;  finalmente la inteligencia no puede hacer otra cosa que dirijirnos de regreso a lo que es más elevado que ella, al Dios único, quien incluye a la inteligencia y cuya esencia no puede ser captada”( Liber Platonis Quartorum).  Este texto que hace marcadamente claro el trasfondo metafísico de la alquimia, prueba que ella era esencialmente “interior”;  la “ciencia del balance”, pesa y satisface a la vez el deseo del alma del mundo que se halla dentro de cada “naturaleza”, y el deseo del espíritu divino que se halla guardado en el alma del mundo. El alquimista revierte la cosmogonía: disolviendo “durezas” materiales en pura vida, él hace en sí mismo, meditando sobre la belleza natural y sobre aquella “simpatía” que mantiene las cosas juntas, la unidad del alma del mundo, hasta que, en su centro, esto es en su propio corazón, hace que surja el fuego solar del espíritu. Luego éste fuego se encarna a través de una cosmogonía más elevada en la que el espíritu, en vez de involucionar, él mismo en materia, lo abraza y transforma todo: transforma el plomo en oro y el cuerpo del hombre en cuerpo de gloria. La alquimia es efectuada, como Henri Corbin ha dicho, en una “física de la reducción”.

Una lógica de amor y guerra

 

Por tanto el dominio propio de la alquimia es esencialmente el del alma, aquél medio humano cósmico de naturaleza psíquica que relaciona el mundo de las apariencias ”sensoriales” con el de las realidades ”espirituales”. Es el “mundo intermedio” de todas las tradiciones, el”mesocósmos” de la alquimia Iraní de Jabir (llamado Geber por los latinos).  Ahora bien, este ”mesocósmos” es gobernado por una lógica de guerra, por fuerzas esencialmente “duales” cuya incesante lucha está representada por las dos serpientes del caduceo. En este dominio, el trabajo alquímico es totalmente de mediación: lucha por que la guerra se transforme en amor, de modo que pueda culminar no en una muerte estéril sino en nacimiento glorioso.  “El modo de operación” de la naturaleza en el universo de la forma es un ritmo continuo de “coagulaciones” y “disoluciones”. La forma es impresa en la materia y la materia se disuelve para ofrecerse en otra forma.  Todo es alternación y transformación, evolución e involución, nacimiento, vida, muerte, y renacimiento, solve et coagula, ”la naturaleza juega consigo misma”  en un juego de tensiones que interactúan permanentemente,  que se neutralizan en un momento por su oposición misma y luego se destruyen mútuamente sólo para surgir de nuevo en una forma nueva. Nada simboliza mejor estos ”mundos de disimilaridad” que los dragones que se devoran mútuamente en los pilares de ciertas iglesias románicas.  Esta guerra sin fin que preside las metamórfosis de la naturaleza así como las interacciones entre los hombres es referida en la alquimia a la polarización de dos fuerzas sutiles análogas a las chinas Ying y Yang: Azufre y Mercurio.  El azufre común, por su naturaleza ígnea, y el mercurio debido a que es elusivo y porque no puede ser percibido, de hecho representan a estas fuerzas en su aspecto dinámico. El Oro y la Plata las ”cristalizan” en su aspecto estático, así como lo hacen el Sol y la Luna.  Estos dos polos a cada lado del “mundo intermedio” considerado como su ”campo de fuerza”, participan íntimamente en los dos polos divinos que presiden sobre la “manifestación”. La acción pura y la naturaleza total en el Sufismo, Shiva y Shakti en el Tantrismo.  El azufre, relativamente activo o esencial, representa al espíritu en una forma, mientras el Mercurio corresponde más directamente a la naturaleza pasiva y femenina del alma. Al azufre le son atribuidas dos tendencias fundamentales, simbolizadas por lo “caliente” y lo “seco”. El calor o expansividad sulfúrica afirma la vida, desarrolla la forma. La sequedad o fijeza encarna en el flujo vital la “firma” divina que da a cada ser su “rostro”. Así pues, el principio del azufre, del Oro, y del Sol, es un principio de estabilidad y de medida: una herencia del pensamiento griego, es el principio masculino del “límite”. Pero, por sí mismo, es solamente un receptáculo que tiende a cerrarse nuevamente sobre su vacuidad: ”. . . su aspecto, entonces, es de una aguda aspereza , en la cual su calidad compactante y astringente se afirma a sí misma como atracción excesiva, constreĖida y dura. . . ”, se torna una fuerza de individuación que transforma una necesaria protección en un rechazo a la vida. En el ser humano termina incubando atracción y egoísmo. Por tanto, para que la semilla pueda morir y el corazón pueda derretirse, es necesaria la intervención de la fuerza complementaria del principio femenino(Mercurio).  Al mercurio- los alquimistas se refieren a él llamándolo agua, plata y luna- se le atribuyen el “frío” y la “humedad”. El frío o la “contractividad” mercurial ofrécese a sí mismo como la matriz de la voluntad ”fijadora” del azufre, éste envuelve las formas y les da consistencia y densidad. En lo que respecta a la humedad del Mercurio, es el poder que “disuelve” estas formas una vez que sus virtualidades han florecido.  El mercurio es la vida indómita y necesaria, tan ambiguo como la naturaleza total en la cual él participa íntimamente. Es la  “quemante sed” la que, si no es aplacada, arde y se destruye a sí misma;   es la “viscosa humedad” que es derrochada o disuelta en estancamiento amorfo. En el cuerpo humano él se manifiesta variadamente, como deseo de placer, maternidad insaciable, ocio embotado y morbidez. Mas es también el humilde servidor de la vida, la sumisión creadora de la “virgen del mundo”, quien es siempre la servidora del SeĖor.  “Esta agua subsiste a través de toda la eternidad”, escribe Boehme. ”Es el agua de vida que penetra aún la muerte” Está también en el cuerpo del hombre y cuando él tiene sed de ésa agua y bebe de ella, la luz de vida se enciende en él”. Del abrazo guerrero y desamorado entre el azufre y el mercurio nace la Sal, esto es, el mundo sensorial, el cuerpo del hombre y el cuerpo del mundo. La naturaleza, vista por el hombre dividido, no es otra cosa básicamente que un campo de batalla regado de cuerpos: cuerpos ”precipitados” incesantemente, en el sentido químico, por la colisión de las dos grandes fuerzas que se polarizan en el psiquismo cósmico. El mundo sensorial en su opacidad es sólo un “sepulcro” en el que el alma se ha enterrado a sí misma.  Comprendemos ahora que la alquimia es al mismo tiempo una “ciencia del balance” y un arte matrimonial. Ella elucida y utiliza la “sexualidad cósmica” del azufre y del mercurio, neutralizados primero en la sal. El alquimista empieza disolviendo estas coagulaciones imperfectas y reduciendo su materia a alma: entonces, cuando el Sol y la Luna aparecen en su pureza, el alquimista efectúa una hierogamia que les hará cristalizar en su forma perfecta: El Oro y el cuerpo de gloria. Así las etapas del trabajo aparecen en perspectiva: primero la “mortificación”, el descenso y disolución en las aguas, la desaparición en la matriz de la madre, en el Anima Mundi ;  Quien devora y mata a su hijo, esto es, toma dentro de sí al hombre que se ha apartado en la condición individual. Este es el dominio de la mujer sobre el hombre, de la luna sobre el sol, hasta que en el alma, restaurada a su virginidad original, se manifiesta el centro luminoso, el espíritu. Entonces el hijo regenerado, el héroe solar nace: a su vez él subyuga la luna al sol, mujer a hombre, y a través de la consumación del “incesto filosófico”, él hace de su madre su esposa y la hace también su hija.  “La Madre engendra al hijo y el hijo engendra a la Madre y la mata” “La hembra tiene que montar al macho y luego el macho montar a la hembra “Una vez que el bebé se ha vuelto robusto y suficientemente fuerte como para combatir al agua y al fuego, él pondrá a la madre que le dio nacimiento en su propio vientre” Estos drásticos escritos nos llevan a las fases del trabajo. 

           Las fases del trabajo

 

Los textos alquímicos dividen al trabajo en tres o cuatro fases esenciales: ”El trabajo de ennegrecimiento”, la nigredo o melanosis,  el ”trabajo de blanqueado, el albedo o leucosis y, finalmente, el “trabajo de enrojecimiento”(Rubedo), el cual los alquimistas separaron en dos momentos complementarios, el del oro(citrinitas o xantosis) y el de la púrpura o transmutación del veneno(Iosis).

 

El trabajo de ennegrecimiento

 

“El trabajo de ennegrecimiento” es considerado la más difícil de las operaciones, en comparación con la cual, las otras etapas parecen ser “tarea de mujeres” o “juego de niĖos”.  A través de él el hombre se separa a sí mismo de las apariencias y se deja sumergir en la naturaleza cósmica femenina, en el poder total el cual él desea despertar y dominar.  El trabajo del ennegrecimiento es así al mismo tiempo una muerte, un matrimonio(o mejor, un parto al revés)y un descenso en el infierno.  “Un ser se libera a sí mismo de la muerte a través de una agonía en la que es sometido a una vasta impresión de angustia, y esta es la vía mercurial”.  El trabajo del ennegrecimiento, que prepara a mercurio, esto es, la materia sutil del mundo, preséntase como la muerte a la ilusión cósmica, en la cual las aguas mercuriales son, por así decirlo, ”congeladas”. Por esto los textos lo llaman “separación” o “división”. El hombre se aparta a sí mismo de su existencia separada;  él extrae su fuerza vital de las atracciones del sueĖo y la agitación”. Dolorosamente, quietamente, él se recoge en sí mismo como agua quieta. Él retrotrae a mercurio a su estado de posibilidad indeterminada: éste es el ”regreso a la MATERIA PRIMA”.  Hace lo mismo con las substancias que él maneja en su percepción de las cosas:  revirtiendo el proceso cosmogónico del Génesis él disuelve la tierra endurecida en la unidad del agua primordial.  A través de la discretio intelectualis, él distingue la presencia de fuerzas sutiles y de arquetipos en medio del Universo. Él descubre la NATURAE DISCRETAE, la naturaleza real de las cosas, aquél ”fundamento interior latente” del cual habla Geber y el cual uno podría llamar la ”cantidad” del alma del mundo que cada cosa ha tomado para sí misma. Por tanto percibe a la naturaleza y a su cuerpo como un intercambio cósmico sobre el cual ya no se proyecta la ilusión de la individualidad.  El descubrimiento de este intercambio es un matrimonio en el cual la femineidad cósmica prevalece sobre la objetivación masculina. Es una disolución liberadora que retira a la fuerza viril de sus modos separativos de acción y del conocimiento para baĖarse en las aguas bautismales de la vida universal.  En el diagrama de los centros sutiles de Gichtel, Saturno tiene que unirse a la Luna y Júpiter a Mercurio. Saturno es plomo, la concreción del espíritu del peso: será así pues sobretodo el símbolo de una cierta forma de ver el mundo, aquella visión particular que fija las apariencias en su opacidad y separación, y que mantiene al hombre en su ilusión de estar despierto, mientras que en realidad es sólo un sonámbulo poseído por un “sueĖo de plomo”. Gichtel clarifica esta perspectiva situando al centro saturnino en el cerebro y atribuye a él, siguiendo a Macrobio, el RATIOCINATIO. Por esto Saturno tiene que ser “disuelto” en el centro lunar, situado en la región sacra y representando a PHUSIKON, la totalidad de las energías vitales. Y Júpiter(*)a PRAKTIKON, la vis agendi, la voluntad de poder, que debe ser “disuelta en el Mercurio”, aquélla “imaginación” femenina que ve a la naturaleza como el escenario de un sueĖo, quizás el sueĖo de Dios. (**) Este matrimonio en el cual lo masculino es disuelto es descrito a menudo como un parto a la inversa. Así como en el proceso cosmogónico de generación del alma esta es “coagulada” en la mente humana, así en el proceso de regeneración,  que pudiera ser “teogónico”, lo mental debe ser reabsorbido en la potencialidad del alma. El hombre entra al útero de la mujer y allí es disuelto. Pero este retorno a la potencialidad empieza con un regreso a la oscuridad, con un descenso en el infierno;  el caos de la ”materia” es oscuro en tanto a que su contenido no ha sido abierto: él florece espontáneamente en la flor venenosa del mundo;  el hombre ha rechazado el encanto de esta flor;  él debe incorporar en sí la fuerza que la hizo florecer para hacer posible su conversión en una nueva flor, pura y noble, que acogerá nuevamente el fuego divino.  El alquimista, por ende, desciende en las profundidades de la “materia”, esto es, en las profundidades de la vida. Él procede a despertar la ”femineidad mercurial interior” que yace dormida en la raíz de la sexualidad cósmica, de modo de hacerla la fuerza de regeneración.  En el deseo que da nacimiento a los metales en la matriz de la tierra y al niĖo en el vientre de la madre opera un ansia de inmortalidad. Pero en tanto como deseo está orientado al exterior, la inmortalidad es fragmentada en el tiempo, es objetivada en la cadena de generaciones. El nacimiento exterior “sincopa”, por así decirlo, el nacimiento eterno, lo corta. Como Evola dice:  “La Heterogénesis reemplaza la autogénesis”.  El alquimista rehusa alejarse de su misterio: Él entra en él. Él lo comprehende, esto es, ”toma en sí mismo” el deseo que liga en todos lados al azufre con el mercurio;  él le obliga a desear a Dios.  “VISITA INTERIORA TERRAE RECTIFICANDO OCCULTUM LAPIDEM”. Al describir el “descenso en el infierno” resumido en la palabra VITRIOL, la alquimia ha preservado símbolos muy antiguos: ella habla de un viaje nocturno bajo el mar, en el cual el héroe, comparado a menudo con Jonás es tragado por un mounstruo. Pero el vientre del Leviatán tórnase una matriz: Se forma un huevo alrededor del hombre aprisionado;  es tan extremadamente caliente que el héroe pierde todo su cabello;  expelido por el monstruo él sale del mar primordial calvo como un bebé recién nacido.  (*)Centro masculino de la voluntad, localizado en la región frontal.  (**)Centro femenino de la imaginación, localizado en la región umbilical.  Él, en efecto, a vuelto a nacer, y cada detalle del simbolismo está cargado con significado: el mar mezclado con la noche es la oscura MATERIA, la humedad del mercurio. El monstruo es Ouroboros, el guardián de la energía latente, análoga a la serpiente de Kundalini en la doctrina Tántrica. Finalmente el calor es el de la pasión: la victoria del héroe consistirá en hacerlo un calor de “autoincubación”, un fervor de renovación;  entonces el mundo no es más ya una tumba sino u a matriz, y el héroe, fertilizándose él mismo, tórnase el huevo del cual él renacerá.

El trabajo del blanqueado

 

En el “trabajo del blanqueado” el alquimista despliega, elevándolas, las potencialidades de la MATERIA cuya fuerza acaba de capturar(uno podría decir que él abre su dimensión ”satwica”). Él en realidad las descubre no en su estado de oscuridad sensoria sino en su sutil luminosidad, en la transparencia de un psiquismo humano- cósmico purificado, a través del cual la luz del intelecto se filtra más y más. Mientras el hombre ordinario conoce los elementos solo en su aspecto “telúrico”(debido a que él los conoce a través de sus sentidos terrenos- hechos ellos mismos de tierra-) el alquimista percibe directamente su substancia “anímica”, una vez que los “espíritus” de tierra, agua, aire y fuego le han sido revelados, él comprende el “lenguaje de los pájaros”.  Él “rectifica” estos espíritus ambiguos, los reabsorbe en sus prototipos angélicos, los torna a Dios. El alquimista cuya alma es el lugar de esta exaltación ve a la naturaleza desde dentro, en su inmaculada concepción, por así decirlo. ”El Paraíso está aún en la Tierra, pero el hombre está lejos de él, en tanto no se ha regenerado a sí mismo”.  En el simbolismo vegetal, empleado frecuentemente por la alquimia, el trabajo del blanqueo corresponde al irrumpir de la primavera:  luego del oscuro invierno todos los colores se manifiestan en una profusión de flores mas se mezclan, poco a poco, en la blanca ofrenda de una Lila.  En el simbolismo animal, mientras el trabajo del ennegrecimiento se relaciona al “vuelo del cuervo”, el trabajo de blanqueo empieza con el despliegue de la “cola del pavoreal” (PAVONIS) y es completado en la visión paradisíaca de un cisne blanco navegando sobre un mar plateado.  Finalmente, en el reino mineral, que es con propiedad el del alquimista, el trabajo de blanqueado es un “bautismo”, un ”lavado” que purifica la substancia metálica y la cristaliza como plata, ”nuestra plata viva”, que es pura, sutil, luminosa, clara como agua de fuente, transparente como cristal y libre de mácula. ”Así el trabajo de blanqueado ha llevado al alquimista del negro- que de acuerdo al análisis de F. Scuon representa el “no-color”, la raíz de todas las “formas” coloreadas- al blanco, que es el “supra-color”, la síntesis de todas las formas y la promesa de transformación espiritual.  En la representación de Gichtel la Albedo parece corresponder al “matrimonio de Marte y Venus”,  esto es,  a la unión del centro masculino situado inmediatamente arriba del corazón(en la región de la laringe), con el centro femenino, situado inmediatamente bajo de él(en la región lumbar). Aquí Venus es la diosa del amor divino, no del amor erótico;  ella es la “Venus celestial”, amantemente receptiva a la presencia espiritual. Uno empieza a ver el rol que estos conceptos deben haber jugado en la veneración medieval de la SeĖora, especialmente si recordamos que la alquimia adoptó a menudo el simbolismo de la “búsqueda” que siempre culmina en una imagen “femenina” del alma del mundo: El vellocino de oro o el cáliz del Santo Grial. También vemos cómo estos conceptos son lo opuesto de cualquier búsqueda de placer erótico, debido a que ellos conciernen sólo al restablecimiento, tanto en la naturaleza como en el hombre, de un estado de casta sumisión a la voluntad divina, a un estado virginal. La alquimia ve al verdadero Héroe, ”el hijo del cósmos” y  “salvador de macrocósmos” como hombre que es capaz de ofrecer una alma virgen al abrazo del espíritu trascendental.

El trabajo de enrojecimiento

En la forma perfecta del alma ofrecida como cáliz, en la flor cristalina donde la materia está en éxtasis, el espíritu repentinamente arde en llamas. Y el oro aparece, la conciencia solar de la omnipresencia, el AUREA APPREHENSIO.  Que no halla error: Del fuego de que se habla en estos textos, no es(o no es solamente) uno de los elementos. Es el fuego que está ”super omnia elementa” y que actúa”ineis”- una de las lenguas de fuego del Pentecostés. La XANTOSIS- la aparición del oro- la cual marca el principio del “trabajo rojo”, implica una intervención directa de un poder trascendente, de un contacto entre la vida cósmica y su polo supraformal. En la ilustración de Gichtel, el dragón que cubría el corazón y restringía su radiación a tocar solamente objetos de afirmación individual, renace luego de ser “disuelto” en la pureza virginal del alma y es transfigurado mediante este contacto con lo divino: su propia energía ”rectificada” da nacimiento al oro, a la visión solar de unidad. Luego, son celebrados el “incesto filosófico” y la gran hierogamia de la NUPTIAE CHYMICAE:  El Sol se une con la Luna, el azúfre ”fija” a mercurio;  en el hombre el espíritu restaura la vida y la hace fructífera.  Este es el encuentro ceremonial del Rey Rojo y la Princesa Blanca. El Rey es coronado en oro, vestido de púrpura sostiene una lila roja en su mano. La Reina es coronada de plata y sostiene una lila blanca. Cerca de ella un águila blanca ha levantado el vuelo, un símbolo de la “sublimación” mercurial que debe ser fijada por la ahora benéfica fuerza del azufre, simbolizado por el León dorado que camina cerca al Rey. La realización alquímica en efecto es esencialmente un “hacer carne” relacionado a la santificación del arte y de la autoridad social;  ella no escapa del mundo sino que busca que iluminarlo: es de hecho una “realización Real” que demanda “fidelidad a la tierra” y, luego del ascenso extático del “trabajo de blanqueado”, el “descenso” que hace del hombre el  SALVATOR MACROCOSMI. El simbolismo que enfatiza la necesidad de este ”retorno” es tan profuso que es asombroso. La vasija en la cual es efectuado el trabajo debe permanecer ”herméticamente” sellada, de modo que la parte sutil del compuesto, llamada “el ángel”, no pueda escapar, sino que será forzada a condensarse nuevamente y a descender una y otra vez hasta que el residuo es transformado. Dentro del cuerpo visible reside un cuerpo espiritual que Boehme compara con un “aceite” que debe ser inflamado de modo que pueda convertirse en una “vida de alegría, exaltada por todo”.  La alquimia enfatizó a la larga y sobre todo la heroica virilidad que el trabajo debe hacer surgir. El alquimista es un ”héroe solar” quien debe hacer del IOS, del veneno de vida, el elíxir de longevidad, él es el “seĖor de la serpiente y de la madre”, ”él ata las manos de la virgen, aquél demonio elusivo, él transforma las aguas torrenciales en piedra vivificante, él subordina a la naturaleza que se deleita en sí misma en naturaleza que es capaz de sobrepasarse a sí misma”.  A través del logro, como hemos dicho, de una cosmogonía más elevada, él confiere a la sexualidad cósmica la nobleza de un amor liberador:  amor del hombre por la mujer a quién desea guiar hacia su perfección, del artesano por las materias cuya secreta belleza él libera;  del Rey para con su pueblo que él sostiene en la realización de los “pequeĖos misterios” esto es, en la transmutación, a través de toda la actividad humana, del orden cósmico en una liturgia.  Por eso es que sería mejor traducir RUBEDO como ”trabajo en la púrpura” mas que “trabajo en el rojo”. La púrpura resulta de la unión de la luz y la oscuridad, una unión que marca la victoria de la luz. La púrpura es el color real. Es también, de acuerdo a Suhrawardi, el color de las alas del arcángel que preside el destino de la humanidad;  cuando quiera un hombre sabio descubre la sacralidad de todas las cosas el arcángel ha enterrado una de sus alas con sombra;  el “silente”, por su sola presencia, trae el ala blanca junto a la negra y las une en la púrpura. En el diseĖo de Gichtel el primer movimiento hacia el corazón, que es percibido como una purificación interior, es sucedido por un movimiento inverso de unificación exterior. Y esta vez los centros masculinos absorben a los centros femeninos. El Sol es proyectado sobre Venus y la transforma en Marte, penetrando la energía animal y volviéndola hacia la guerra santa interior. Marte, a su vez, fija a Mercurio de modo de extraer Júpiter de él;  Júpiter el Rey que dispensa justicia bajo el árbol de la paz: El espíritu penetra el sueĖo vegetal y transforma la pesadilla del mundo en el sueĖo de Dios. A través de Júpiter el Sol desciende en la fuerza radical del agua, de la luna, y del sexo, en la noche en la que está envuelta para que pueda ser recibida por las criaturas. La fecundidad transfigurada: ya no transmite otra cosa sino la vida. Este es un otoĖo eternizado, la aparición del hombre fructificado. Finalmente, surge un Saturno regenerado. De allí el Dios de la Edad de Oro: el plomo es transformado en Oro, la conciencia del alquimista penetra el sueĖo universal, en las piedras como en los huesos, regresando a la enseĖanza cabalística relativa a la LUZ, al “huesillo” que  “resiste al fuego”, y cuyo cuerpo germinará otra vez en la “resurrección de la carne”, el alquimista logra el éxito al santificar su cuerpo despertándole del sueĖo en la muerte el Dios que duerme en la piedra de los huesos. ”Tal es el secreto que concierne a la tiza, la cal todopoderosa, el elemento titánico: es el cuerpo incorruptible, el único útil. . . quienquiera lo haya hallado triunfa sobre la privación, esto es, sobre la ausencia de Dios. Como el apokatastis de la pesantez, la transfiguración de Saturno es la transfiguración de un Titán: De ahora en adelante la presencia silenciosa del alquimista es una bendición sobre todos los seres, el secreto rey, el ser central consciente que relaciona el cielo y la tierra y asegura el buen orden de las cosas. UNUM EGO SUM ET MULTI IN ME: Él es un hombre muerto que trae la vida. Muerto a sí mismo, tórnase nutrición inexaustible, en él opera el misterio de la “multiplicación” y el “aumento”. Él es la “panacea”, el  ”elíxir de vida”, el oro bebible”. De la piedra crística con la que está identificado fluye una tintura roja y blanca que conforta el alma y el cuerpo. El es el fénix de cuyas cenizas una gran bandada de pájaros alza vuelo. 

La “vía húmeda” y la “vía seca”

La vía que acabamos de describir recoge a la energía en sí misma para transformarla en fervor: ésta es la vía húmeda. Los alquimistas hablan en términos ocultos- aún más ocultos que usualmente, de una vía rápida y peligrosa, la vía seca. Esta usa un fuego ”contranatural” análogo en el ámbito cosmológico al “yoga del conocimiento” del Vedanta, o mejor aún, al “camino directo” del Tantrismo. Él va ”directamente” del ”ego” al ”hombre interior” sin pasar a través de la mediación cósmica, que toma lentamente dentro de sí el alma del mundo. Parece partir de un más radical” descenso en el infierno”, trátase sin duda de un volverse inmediatamente consciente de la formidable energía que está dormida en las piedras y en los sistemas óseos;  como en el Tantrismo inmediatamente antes del despertar de la Kundalini, esta conciencia toma la apariencia de un calor tórrido ligado a la afirmación ”Yo soy”que no es más ya individualizada.  Este calor, el de la “cal viva” devora la objetivación psico-vital del mercurio para permitir sólo que subsista la certeza del oro. La ”vía seca, que no opera ya más con el fuego lento de la naturaleza, sino con la precipitación que proviene del diablo”, parece haber empleado - para facilitar los traumas de “desidentificación” que dislocan las apariencias- pociones intoxicantes, quizás líquidos orgánicos mezclados con alcohol, como la “orina de un borracho”. La orina, cuyo símbolo se encuentra en la alquimia Tántrica, designaba, sobre todo para el alquimista, ”el fuego de la naturaleza inferior”, ”UR INFERIORIS NATURAE”. Pero, en vez de comentar aquéllos métodos ”corrosivos”, con respecto a los cuales los textos, en ausencia de ninguna enseĖanza oral, son difíciles de interpretar, daremos seguidamente algunas indicaciones acerca de los procesos que son “muy gratos a la naturaleza”. 

Métodos(*)

El antiguo carácter del ascetismo alquímico explica por qué tiene menos que ver con la renunciación que con el desapego, menos con una huida del mundo que con una participación purificada en su divina celebración. Puede decirse que su meta es la penetración del ambiente cósmico, una ”cosmización” del ambiente cósmico, una ”cosmización” del alma, para usar la expresión de Mircea Elíade. Como el “VAS HERMETIS” el cual es su soporte para la meditación y, en cierta forma, su símbolo, el alma del alquimista debe tornarse “redonda” como para imitar la perfección esférica del cosmos;  ella debe contener a la tierra y a su fuego de abajo, al cielo con su Sol y a la Luna.  (*)Nota No podemos tratar aquí el papel completo de los metales y del laboratorio en la obra alquímica. Sin embargo seĖalemos que las operaciones materiales no tenían autonomía espacio-temporal y no se desenvolvieron conforme a causas y efectos fisico-químicos racionales. Ellas eran, sobre todo, un apoyo para la meditación, un medio hacia el maravillarse, y, con este propósito, haciase surgir el valor especial de aquéllas ”cualidades secundarias”, las que la ciencia moderna desde Descartes ha negado. Más aún, ellas constituían un resultado, una ”aura” de regeneración humana, y así actuaba sobre los materiales, no a través de los materiales mismos, sino a través del conocimiento operativo de su substancia psíquica y su esencia espiritual.  Ella debía homologar al mundo, de modo de convertirse, con él, la ”matriz” y el “huevo” de los cuales el FILIUS PHILOSOPHORUM, la piedra milagrosa nacería.  Debido a que, conforme reza el proverbio ”uno no puede hacer oro excepto con oro”, el alquimista empezará de los granos dispersos en la vida ordinaria, de los ”momentos de suspensión ”o “instantes dorados” que algunas veces despejan nuestro sueĖo y permiten que un resplandor del oro interior se filtre a través nuestro, a través de la montaĖa de nuestra ignorancia. 

Imaginación verdadera

Para recoger estos granos de oro, la práctica principal de la alquimia parece haber sido la ”imaginación”, no  imaginación en el sentido ordinario, sino “imaginación verdadera”, que los textos oponen cuidadosamente a “fantasía”.  ET VIDE SECUNDUM NATURAM, DE QUA REGENERANTUR CORPORA IN VISCERIS TERRAE ET HOC IMAGINARE PER VERAM IMAGINATIONEM ET NON PHANTASTICAM .  La imaginación verdadera realmente” vé  ”los procesos ”sutiles” de la naturaleza y sus prototipos angélicos.  Es la capacidad para reproducir en uno mismo el desenvolvimiento cosmogónico, la creación permanente del mundo en el sentido en el cual toda creación, finalmente, es sólo una Imaginación Divina.  Es también la facultad de interpretar los relatos bíblicos y mitos grecorromanos como realidades siempre presentes, que llevan al Universo de regreso a Dios a través de la mediación de un tiempo sagrado en donde no existe sino un hombre.  La imaginación de la alquimia es una visión: Ve el espacio como un símbolo y el tiempo como una liturgia. ”Horizontalmente”, ella penetra el ambiente sutil, es la ”estrella” en el hombre, el ”cuerpo celestial”, el “astrum”, en este caso una expresión derivada de Paracelso y que significa el Alma del mundo.  “Verticalmente”, esta imaginación conduce a la vida cósmica así aclarada de vuelta a la realidad espiritual: ella toma entonces el nombre de ”meditación” INMENSA DIUTURNITAS MEDITATIONIS,  y consiste en la prolongada y silenciosa invocación de Dios o más bien del “ángel interior”, del ”ángel bueno”: De hecho la meta de la alquimia, cuyo rol debe permanecer cosmológico, no es la unión con lo trascendente sino el establecimiento de un contacto con ello a través del “rayo angélico” que une lo supraformal con el mundo de las formas. Así pues, cuando los autores herméticos hablan de “ver con los ojos del espíritu”, no es un asunto, como creyó Jung, de una proyección alucinatoria de la psique individual o colectiva sobre las substancias químicas cuya verdadera naturaleza permanecería básicamente desconocida;  es una cuestión de una “divinización” del misterio de las cosas, en primer término del aún ambiguo misterio del alma del mundo y luego del luminoso misterio del espíritu.  Es cuestión de no ver más ya cosas como la humanidad -hereditaria o colectivamente- las sueĖa, esto es,  en su exterioridad sensorial, sino más bien como Dios las sueĖa, esto es, en su interioridad espiritual.  “Dios permite al filósofo inteligente, a través de la meditación de la naturaleza, hacer que las cosas ocultas aparezcan y librarlas de la oscuridad. . . Estas realidades ocultas están siempre presentes, mas los ojos de los hombres ordinarios no las ven -solamente los ojos del intelecto y la fuerza de la imaginación, que perciben con visión cierta ”El alma caída sueĖa de modo de olvidar la ausencia de Dios, esto es, la muerte;  ella sueĖa la condición individual,  al universo sensorial y las mil formas en las que él se encuentra y busca convertirlas para su placer, en las artes, las ciencias y técnicas del mundo profano. El alma debe morir a su sueĖo para redescubrir a Dios.  Por eso es que los métodos propiamente espirituales buscan que matar el ensueĖo del alma, sé a través de la implacable pregunta ”ņquién soy yo?”, O más bien, en nuestro tiempo, por la invocación del Divino nombre.  Por el contrario la alquimia, cuyo método es más ”psicocósmico” que espiritual, hace uso de la necesidad de sueĖo del alma;  en vez de “violentar el alma” por la pregunta drástica o la invocación ella expande su sueĖo a la magnitud del universo y disuelve su prisión individual a través del amor por la belleza del mundo. Cuando el lugar del sueĖo no es más ya el alma separada sino el alma del mundo, cuando el sueĖo no es mas ya la “viscosidad” de las apariencias sino la naturaleza virginal en su secreta pureza, pueden luego, para despertar el oro, intervenir los métodos espirituales apropiados: ņQuién sueĖa? Es preguntado y la piedra misma proclama el Divino nombre.  La respiraciónEsta ”poesía real” parece haber sido encarnada a través de la meditación sobre los grandes ritmos corporales.  Los textos sugieren el uso metódico del ritmo respiratorio.  A la manera de Galeno y Averroes, que ligaban al “espíritu vital” a una substancia de naturaleza psíquica que permeabiliza la atmósfera cósmica y que es asimilada por el hombre al seguir un ritmo paralelo del aliento.  Este concepto es tan cercano al concepto de PRANA que nos resulta difícil dudar que los alquimistas conocían ejercicios respiratorios análogos a los del Yoga, y, más precisamente, al Yoga-Laya Tántrico. En el simbolismo de éste último, que es tan antiguo que nos damos cuenta porqué debiera ser tan a menudo el mismo de la alquimia,  la vida corporal se halla parcialmente condicionada por la acción contraria de dos ”respiraciones sutiles”, prana y apana:  la primera ligada a la función respiratoria, la segunda a la función sexual.  Prana tiende hacia arriba, hacia un escape del cuerpo, mientras que Apana actúa sobre él “como cuerda que ata el halcón”,  y apana que siempre cae hacia abajo, tiene que rebotar ”bajo la acción de prana, como una bola cuando choca con la tierra”. Si aĖadimos que Prana está relacionado con el Sol y Apana con La Luna, no es difícil ver su oposición como un aspecto de la dualidad Azúfre-Mercurio, y particularmente de los dos pájaros, uno siendo volátil tiene alas, y el otro, siendo fijo, no las tiene, y cuya perpetua interacción debe ser utilizada y conciliada por el Arte. Pero no es tan fácil decir exactamente a qué se refieren los textos al hablar de lo “fijo” y de lo “alado” que, en el ámbito de la alquimia humana pudiera traspasarse a las técnicas respiratorias. (*) (*) Sin embargo, es casi cierto que, en uno de sus significados, sea el simbolismo de la ”circulación” alquímica que se relaciona con la concentración Tántrica de las respiraciones interiores y, notablemente, al dominio del “prana” y del “apana”.

La sangre

“El alma imaginativa” es el “espíritu de vida”, dicen los textos, y él ”habita en la sangre”. La concentración en la sangre a través del ritmo circulatorio y la sensación del calor corporal parece haber desempeĖado un rol importante en el ascetismo de la alquimia, La sangre es la “lámpara de vida”, el soporte del alma, mercurio en su modalidad más cercana al azufre, con el cual se une en el corazón. En una cierta forma, el trabajo alquímico puede ser referido a la transmutación de la sangre, la cual, inicialmente coloreada por el oscuro Sol del ego, es iluminada por la radiación del corazón del mundo. Los autores arábicos ya hablan de una “descomposición la cual, por medio de un fuego gentil, transforma a la naturaleza en sangre”.  Toda la primera mitad del trabajo, que reabsorbe lo sensorial en el alma, es transcrita por tanto como una experiencia interior de disolución del cuerpo en sangre;  entonces el hombre se siente sólo como calor y pulsación, fervor y ritmo, esto es, como pura vida.  “Varón y hembra, el cuerpo y su espíritu vital no son otros que el cuerpo y la sangre. . . La disolución del cuerpo en su propia sangre es la disolución del cuerpo en su propio espíritu de vida. . . Ud. tratará en vano de obtener una disolución perfecta del cuerpo sino aumenta en él el influjo de la sangre, que es menstruación natural, su femineidad y su espíritu(vital)todo en uno, y con el cual debe unirse tan íntimamente que constituyan sólo una y misma substancia. ” En el simbolismo bíblico interpretado por la alquimia, la sangre es el mar rojo que tiene que ser cruzado para dejar Egipto, esto es dejar el cuerpo. En un sentido más profundo, ”la sangre es la fiera espada que interrumpe la vía que lleva al árbol de la vida”: su ritmo crea espacio-tiempo. Penetrar el misterio de la sangre significa unir el corazón del hombre con el corazón del mundo, en el cual el rayo no-espacial perfora el espacio y permite el escape de él. 

El sexo

Finalmente, la alquimia parece haber conocido un erotismo sagrado curiosamente similar al del Tantrismo.  La cosmología hermética esta íntimamente relacionada en este ámbito, pero de un modo que es muy difícil de establecer con precisión, a las prácticas del “amor cortesano”, al ”amor provenzal”, y finalmente a las que la caballería heredó de las antiguas sociedades pastoriles de occidente a través de la iniciación de hombres jóvenes y que implicaba un simbolismo ”ctónico” y “femenino” de la divinidad.  Así, aparte de la sociedad patriarcal de la Edad Media, que enfatizaba principalmente la función biológica del matrimonio y que vio en la perpetuación de la especie la excusa para pecados de la carne, sobrevivieron tradiciones más primordiales: una que enfatiza el simbolismo positivo del amor y lo reviste con el propósito de regeneración espiritual.  Parece que debe haber existido un matrimonio alquímico consagrado a la consecución de la Gran Obra y que es similar al matrimonio Tántrico del Tíbet, cuya meta reconocida no es la procreación de niĖos sino la iluminación. Son frecuentes las alusiones a la sonor mystica, a la “consorte de servicio”, en los textos de alquimia;  todas las operaciones representadas en el MUTUS LIBER son realizadas por una pareja que al final es transfigurada en el HIEROGAMOS del Sol y La Luna;  por otra parte, varios textos mencionan que es necesario el esfuerzo combinado de un hombre y una mujer para la consumación de la obre;  finalmente la casi mítica renovación de Nicolás Flamel y de la Dama Pernelle enfatiza la importancia acordada por los alquimistas al matrimonio espiritual. De hecho es claro que el amor humano podría ser expandido por las ideas alquímicas acerca de la sexualidad cósmica(y quizás, secretamente, acerca de la “sexualidad” divina). Es también claro que el deseo, experimentado en desapego e inocencia podría ayudar al “hombre rojo” y a la “mujer blanca” a capturar en su fuente misma la femineidad de la “materia”. Para la cristiandad occidental el amor puede, a lo más, ser santificado. Para la alquimia, podía tornarse santificante.  Esta unión al servicio de la obra no era fácil. Ella implicaba tres requerimientos: El primero parase haber sido una pureza no comprometida y una “sensibilidad espiritual extrema”, de modo que el placer nunca se cerrase sobre sí mismo sino que pudiera despertar un amor que se expandiese más y más y se tornase menos y menos individual. Siguiendo el esquema platónico usado a menudo por la alquimia como también por los trovadores, tal amor lleva de la belleza del cuerpo a la del alma, y, finalmente, es reabsorbido en “el amor de Dios quien creó la belleza”. Así ”la unidad de todos los estados del amor” pudiera llevar del abrazo que ciegamente transmite MORT(muerte)al A-MORS (sin-muerte), el que, siguiendo el profundo juego de palabras de las “cortes de amor”, despierta el sentimiento de la eternidad.  El segundo requerimiento era por tanto trasponer este amor en amor cósmico. Al final, no era más este hombre o aquélla mujer sino el Sol y la Luna que se unían “para dar nacimiento a Dios”. ”En esta segunda operación”, escribió Flamel a un pintor que había ilustrado uno de sus trabajos, ”Ud. tiene que juntar las dos naturalezas, la masculina y la femenina y tiene que desposarlas. . . esto es, ellas no forman sino un solo cuerpo, que es el andrógino o hermafrodita de los antiguos. El hombre como ha sido dibujado aquí ciertamente se me parece hasta el último detalle, y la mujer representa a Pernelle en una manera vívida. El pintor tenía solamente que representar lo masculino y lo femenino pero le complació dibujarnos aquí como ellos”.  Así “el hermafrodita” es la meta, esto es, el secreto origen que impulsa al hombre y a la mujer mútuamente, así como en las doctrinas orientales el niĖo deseando nacer los reúne en unión puramente carnal. De modo de preparar este “pasaje al final”, el matrimonio alquímico no era presentado como una mera fusión, sino como un encontrarse cara a cara lentamente transformado por el “arte” en una unión de complementarios.  El tercer requerimiento, la unión de complementarios, relaciona los pasos del trabajo alquímico a las relaciones del hombre y la mujer: la  ”disolución” de lo negativo masculino en lo positivo femenino, la “fijación” de lo negativo femenino por lo positivo masculino. Sin embargo, se trata aquí menos de una cuestión de fases sucesivas que de una constante interacción que logra más y más ”cristalizaciones” nobles de amor, hasta que se logra la transmutación final. Esta interacción es la clave para la “operación con dos vasos” entre los cuales debe de tener lugar una circulación vivificante y perfectamente recíproca: estos “gemelos”(Gemini)estaban arreglados de modo tal que el producto destilado de cada uno, su ángel, pudiera verterse de modo de purificarlo en la parte opaca del otro. Un intercambio creador que también parece haber constituido uno de los fundamentos del amor provenzal: ”Todo tiene lugar”, escribe R. Nelly, ”como si la erótica provenzal hubiera tratado de injertar en el hombre la cualidad ‘dominante’ de la mujer:  cariĖo por el cuerpo, ’piedad’;  y en la mujer el coraje y la virtud masculina. Este injerto, el cual busca que actualizar el andrógino en cada cual, es maravillosamente simbolizado por dos miniaturas en un manuscrito del siglo XV que Jung ha reproducido en su obra ”Psicología y alquimia”: durante la “mortificación” que es una preparación para el matrimonio y  que toca a ambos sexos simultáneamente, el árbol de la vida es visto crecer del vientre del hombre y de la cabeza de la mujer;  como si el hombre, para llegar a ser merecedor de una unión auténtica tuviera que despertar la parte femenina en sí mismo, tuviera que renunciar al razonamiento de la cabeza para sentir el movimiento de sus entraĖas;  y como mujer tenía que despertar su parte masculina liberándose del despotismo sensual y maternal de su vientre con el fin de tomar parte lúcidamente en la vocación del hombre.  Finalmente, puede ser que los alquimistas conociesen no solamente del matrimonio propiamente dicho, sino de ciertas ”técnicas” eróticas similares al Tantrismo y dirigidas a despertar la energía del sexo sin permitirle ser desgastada en la emisión seminal. Los textos presentan a menudo el símbolo grecorromano de la “Diana desnuda” al cual relacionan al alma del mundo, la visión de la cual es la meta del “trabajo en el blanqueado”. Ahora sabemos que el ”amor puro”, medieval que es el amor sin unión carnal, incluía la contemplación de la Dama desnuda.  Como en el tantrismo donde la denudación de la virgen “simboliza” purificación, donde las prendas representan aquí las apariencias exteriores. Esta práctica implicaba una total sublimación: los textos predecían que el profano que se atreviese a mirar a “Diana desnuda” con ojos de deseo correría el destino de Acteón, transformándose en un animal que sería devorado por los perros.  Finalmente, la alquimia pudiera haber empleado un MAITHUNA, esto es una unión sexual ritual en la cual la esperma, en el momento de la emisión es abruptamente retenida y debe ”reascender”, de modo que la concentración más elevada de vida, la cual ella contiene, pudiera entrar inmediatamente en el plano psíquico y provocar un shock liberador.  En un texto hermético-cabalístico el Asch-Mezareph, hallamos una referencia a un procedimiento de este tipo en la referencia al simbolismo bíblico del lanzamiento del arma de Phineas: ”La lanza penetra al mismo tiempo al Israelita solar y al medianita lunar en el momento de su unión en el Locis Genitalibus. . . El punto de fuerza del hierro, actuando sobre la materia la limpia de toda su contaminación. Aquí el Israelita no es otro que el azufre masculino y la medianita debe ser entendida como agua. . . la lanza de Phineas no sólo mata el azufre masculino sino también mortifica a su esposa;  y juntos son transmutados al mezclar su sangre en un singular acto de generación: Es entonces que los milagros de Phineas empiezan”.

             Tantrismo y alquimia

Como hemos anotado frecuentemente, los parecidos entre el Tantrismo y la alquimia son impresionantes. Esto no sería sorprendente si se tiene en mente que estas dos tradiciones revitalizan el mismo simbolismo antiguo, mito-cósmico en naturaleza, haciendo de la identificación con el mundo el primer y necesario paso a la liberación. Así como la alquimia ha permitido que el carácter sagrado de la carne del mundo sea mantenido bajo el elevado ascetismo monástico de la cristiandad,  así el Tantrismo parece haber nacido de una lúcida sistematización de los conceptos que subyacen los ritos(y mitos)carnales profundamente poéticos y castos de la vida diaria hindú, pero los que la especulación vedántica ha negado más y más en favor de una expresión aparentemente discursiva y desencarnada del misterio de la unidad. Estas raíces comunes, este rol parcialmente análogo explica porqué convergen las actitudes del Tantrismo y la alquimia. Ambas toman el cuerpo material como su punto de partida para transfigurarlo, debido a que no es otra cosa que el cuerpo espiritual identificado con su propia objetivación por el proceso del deseo “cosmogónico”.  Así el “cuerpo diamantino” del tantrismo corresponde al corpus glorificationis de la alquimia latina, y el símbolo del diamante es idéntico al de la “piedra” el que es también un diamante. Es debido a que las dos tradiciones tienen una concepción similar de la naturaleza: la alquimia es claramente un “shaktismo” que asume, aún en su oscurantismo final, el poder inmanente del principio así como el salvar al hombre - conforme a la afirmación Tántrica - a través de los mismos medios que habitualmente causan su caída.  Finalmente en ambos casos es el mismo planteamiento de la sexualidad positiva que se detiene, explícitamente al menos, en el plano cósmico en la Alquimia, mientras que empieza IN DIVINIS para el Tantrismo: La oposición del azufre y el mercurio aparece así como una aplicación contingente relativa entre Shiva y su Shakti.  Bajo estas condiciones, es normal observar los grandes parecidos entre la “fisiología” sutil del tantrismo y el de la Alquimia. La multiplicidad de Nadis, aquellas corrientes de fuerza sutil que surcan y “animan” el organismo, culminan en una dualidad, la de las dos arterias opuestas llamadas PINGALA E IDA.  Ida cuyo color es un blanco muy pálido, representa una corriente “lunar” ligada al principio sháktico;  Pingala, de rojo brillante, es una corriente “solar” shivaica. Estos dos Nadis,  que emergen de la región sacra y se entrecruzan alrededor de la columna vertebral, corresponden en el lenguaje alquímico a las dos serpientes del caduceo, opuestas una a otra, como el blanco y lunar mercurio al rojo y solar azufre. Así como la dualidad de ida y pingala es resuelta en el momento de la realización espiritual, en la unidad de la arteria central - la shushumna-, de modo que las dos serpientes que peleaban una contra otra , habiendo sido golpeadas por la vara de Hermes se enroscan alrededor de élla, domadas de allí en adelante, otorgan al Dios los dobles poderes teúrgicos de “atar”y “desatar”. La naturaleza cósmica en su estado latente necesitando ser despertada y dominada, es simbolizada en la alquimia como en el Tantrismo por una serpiente enrollada sibre sí misma: Ouroboros y Kundalini. Ambas tradiciones relacionan a esta serpiente con la pesadez, el sueĖo y la tierra: al VISITA INTERIRA TERAE hermético corresponde el descenso al MULADHARA-CHAKRA, el centro sutil que está en la raíz de la existencia corporal y el cual corresponde al TATWA de la “tierra”.  El Tantrismo localiza esta chakra en la base de la columna vertebral, y uno podría suponer que una localización análoga fué conocida de la alquimia, dado que ésta, como el Tantras, relaciona al fuego de la tierra a la función sexual, y a menudo sitúa al centro lunar-que corresponde, como hemos visto a PHUSIKON, la totalidad de las energias vitales-en la base de la espina dorsal. Resta, para completar esta breve comparación de las dos “fisiologías”sutiles, el problema de los “centros de vida”.  “La calidad de libertad pasa a través de la cualidad astringente(que puede ser comparada al aprisionamiento en la dureza de la tierra), hiende al cuerpo, y emerge del mismo, por fuera y sobre la tierra(el cuerpo y la tierra parecen análogos aquí al muladhara chakra)y así avanza persistentemente hasta que ha crecido un largo tallo. Las calidades(la unión de Ida y Pingala)ascienden a través de este tallo(shushumna). Allí ellas generan los colores. . . posteriormente florece un botón en el tallo, el cual es un nuevo cuerpo, que se parece al que originalmente tuvo sus raíces en la tierra, asumiendo de allí en adelante una forma más sutil”.  Parece, sin embargo, que una verdadera correspondencia no puede ser establecida entre los cxentros de la alquimia y aquellos del Tantrismo, excepto los cuatro centros que se elevan por pasos desde la región sacra al corazón, o mas bien, es sólo en el caso del corazón que la correspondencia es completa;  los tres centros alquímicos mas bajos representan solo la modalidad shaktica o mercurial de las correspondientes chakras, su modalidad Shivaica o sulfurosa es encontrada en los centros alquímicos situados sobre el corazón:  por ejemplo, el muladhara chakra es identificado no con el centro lunar único de Gichtel sino con la unión entre el centro lunar y el centro saturnino, que es localizado en la cabeza, esta chakra es de hecho relacionada no solamente con la fuerza vital de la Kundalini sino también al “Dios de la Tierra”simbolizada por la’masividad’del elefante y que corresponde más claramente a Saturno y a la pesadez del plomo.  Los centros que la alquimia coloca sobre el corazón no tienen nada que hacer con las chakras cuya localización es aproximadamente la misma.  EN TERMINOS TANTRICOS LA REALIZACION ALQUIMICA SE DETIENE EN EL CORAZON.  Esta diferencia es fácil de comprender. El Tantrismo es un camino espiritual integral, la última”adaptación”de la tradición hindú: La conquista del corazón, esto es, del centro del ser humano en el cual es reflejado el centro supremo, es de este modo en aquél contexto sólo una etapa que lleva al “ascenso”hacia estados más elevados del ser. El corazón marca el momento donde el hombre que ha descubierto su centro”es hecho cósmico”. Arriba, las chakras más elevadas simbolizan los “cielos”supraformales y el pasaje a la fontanela, la unión con lo trascendental. La alquimia, por el contrario, es una ciencia cosmológica que nunca ha reclamado ser autosuficiente. Ella ha estado siempre subordinada a un camino espiritual de unión, hablando con propiedad, sea que uno esté considerando la parte “sacerdotal’de la tradición Egipcia, del Sufismo, del Hesycasmo Bizantino o de las grandes tradiciones mística”intelectuales”de occidente hasta Meister Eckhart y aún Angelicus Silesius. Por éso es que limita a establecer un contacto en el corazón con el rayo “solar”de trascendencia y la disolución del mundo en su centro como subsecuente a una restauración igualmente importante.  La realización alquímica es una realización “horizontal”en la dirección de la respiración cósmica. La realización Tántrica asume esta respiración y la absorbe en una vertical que no tiene que ver ya con el espacio. Lo que a la postre corresponde al Tantrismo no es la aluquímia medieval por sí sola sino la espiritualidad medieval completa con sus infraestructuras alquímicas y su logro puramente cristiano. Así el árbol hueco de la alquimia no es idéntico al árbol Tántrico de la vida: uno podría decir que es el reflejo impar en el medio cósmico de la raiz del segundo, dado que el tronco que está perdido en los cielos no deja otra traza que el luminoso centro del corazón(*) (*)Evidentemente de lo que se habla aquí no es otra cosa que el simbolismo del corazón, concerniente al retorno al estado primordial, esto es, en términos cristianos al estado adánico.  Un significado más amplio es adscrito al corazón en el hinduísmo, que siempre lo considera como el lugar de residencia de ATMA , y especialmente en las tradiciones monoteítas en su forma más elevada Hesycaísmo y Sufismo: la”dimensión”metacósmica que el tantrismo en una cierta forma “proyecta”del corazón a la fontanela aún permanece, contenida en el corazón, en este caso la visión del “ojo del corazón”no se “levanta”para unificar la inteligencia objetivadora de los ojos sensoriales, mas bien ésta “desciende”dentro del corazón para ser transfigurada allí. Así el complemento espiritual, propiamente hablando, de la alquimia se halla en la “gnosis”cristiana, de la cual Meister Eckhart en occidente y San Gregorio Palamas son los testigos preeminentes, la invocación del Divino Nombre resume el trabajo de la reintegración alquímica al reabsorber el cósmos en el verbo-“el reino de lo posible”y la “apertura”de los CHAKRAS más elevadas del Tantrismo se actualizó, ”mutatis mutandis”por el descenso de la inteligencia dentro del corazón y la total integración de la dimensión metacósmica del corazón.  Profundamente cristianizada, situada en el punto donde se unen la iniciación de las fraternidades y de las órdenes de caballería, la alquimia constituyó en la cristiandad medieval la doctrina central de los “misterios menores”cósmicos. Hijo de Dios a través de la mediación de Cristo,  el artesano o el Emperador era igualmente padre y mediador en relación al mundo, a través del arquetipo de Hermes, representado como un rey anciano.  Esta alianza fué interrumpida por ciertos desastres internos que no necesitan ser seĖalados aquí y que tuvo lugar entre finales del siglo doce hasta el final del siglo catorce.  En esencia metacósmica, el cristianismo, en occidente al menos, fué cada vez más “anticósmico”;  prohibidos los fieles de recibir el vino, que es sangre, en la comunión, la larga batalla de usurpación moralizante propagada por el papado contra la función sagrada de los emperadores;  el carácter autónomo y profano adscrito a la naturalezxa por el Tomismo-todos ellos son aspectos de este divorcio gradual de lo sagrado de la vida.  Por su parte la alquimia se tornó más y más encerrada en su cósmos divinizado: la desaparición de los textos de la CITRINITAS(en griego XANTOSIS), esto es, la desaparición de la intervención de una influencia trascendente en la formación del oro, enfatiza este triunfo del inmanentismo.  La oposición entre el FILIUS MACROCOSMI y el hijo de Dios hizo posible el mundo moderno. Esta reconciliación puede ser quizás prefigurada por el redescubrimiento del profundo significado de la alquimia y del cuerpo total de las tradiciones”mitológicas”pues”LA PIEDRA ES EL CRISTO”.  “Y os diré que si estos(los discípulos)mantuvieran su paz,  las piedras inmediatamente darían de voces”.

FIN