Libro 1 de la Serie Los cedros Resonantes de Rusia, Anastasia, del autor Vladimir MegrŽ, traducido del idioma original ruso al espa–ol por Iryna O ́Hara y corregido y editado por Roc’o Madreselva. I

EL CEDRO RESONANTE

En la primavera del a–o 1994 fletŽ tres embarcaciones fluviales en las cuales realicŽ una expedici—n de ida y vuelta de cuatro meses a lo largo del r’o Ob1, desde Novosibirsk hasta Salejard. El objetivo de esta expedici—n era establecer v’nculos econ—micos con las regiones del Lejano Norte.

La expedici—n se llamaba ÒLa Caravana de los MercaderesÓ. La m‡s grande de las embarcaciones era un buque de pasajeros llamado ÒPatricio LumumbaÓ. (En la Compa–’a Naviera Fluvial de Siberia Occidental los barcos tienen nombres interesantes: ÒMar’ya Uly‡novaÓ, ÒPatricio LumumbaÓ, ÒMijail Kal’ninÓ, como si no existieran otras personalidades hist—ricas)2. En el barco ÒPatricio LumumbaÓ fueron ubicados el estado mayor de la caravana, una exposici—n donde los empresarios siberianos pod’an exhibir sus productos y una tienda.

La caravana deb’a recorrer, rumbo al norte, tres mil quinientos kil—metros y visitar poblaciones relativamente grandes tales como Tomsk, Nizhnev‡rtovsk, Jantý-Mansiysk y Salejard, as’ como otros peque–os, a los cuales s—lo se puede llegar con carga en los cortos per’odos de navegaci—n.

Por el d’a, los buques de la caravana atracaban en los poblados, donde comerci‡bamos y llev‡bamos a cabo conversaciones sobre el establecimiento de v’nculos econ—micos permanentes. Avanz‡bamos fundamentalmente por la noche. Y cuando las condiciones meteorol—gicas no nos permit’an avanzar por el r’o, atrac‡bamos el barco de la directiva de la expedici—n en el poblado m‡s cercano, donde organiz‡bamos fiestas a bordo para la juventud local. En aquellos parajes, semejantes

1 El r’o Ob est‡ situado en la Siberia Occidental de Rusia. Tiene una longitud de unos 5.410 Km., siendo el m‡s largo del pa’s y el segundo m‡s largo de Asia. Nace en los montes Altai (en Asia central) y desemboca en el OcŽano çrtico. El ‡rea de la cuenca alcanza los 2,99 millones de kil—metros cuadrados, la mayor de Rusia.

2 Durante la existencia de la URSS, la Žpoca de la construcci—n del comunismo, los nombres se daban principalmente en honor a los hŽroes del comunismo. Mar’ya Alex‡ndrovna Uly‡nova (1835-1916), madre de Vladimir LŽnin, fundador de la Uni—n SoviŽtica, y Mar’ya Ily’nichna Uly‡nova (1878-1937), hermana de LŽnin; Patricio Emery Lumumba (1925-1961), primer Jefe de Gobierno de la Repœblica Democr‡tica del Congo, el agente del comunismo internacional. Mijail Iv‡novich Kal’nin (1875-1945), luch— por la implantaci—n del poder soviŽtico en Rusia. Se considera el primer presidente soviŽtico.

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Las actividades eran cosa rara. Los Clubes y las Casas de cultura3 hab’an enmohecido en los œltimos tiempos y casi no se llevaban a cabo actividades culturales. A veces, en el transcurso de un d’a entero con su noche navegando no se encontraba ni siquiera un peque–o poblado. Desde el r’o –arteria fluvial y œnico medio de transporte en muchos kil—metros a la redonda– s—lo se pod’a divisar la inmensa taiga4 . Entonces, resultaba para m’ aœn ignoto, que en alguna parte de esa inmensidad de bosque, me esperaba un encuentro que cambiar’a mi vida por completo. .

En una ocasi—n, cuando ya retorn‡bamos a Novosibirsk, di instrucciones de atracar el buque de mando a la orilla de un minœsculo poblado compuesto por varias casas peque–as que se encontraba decenas de kil—metros alejado de los grandes poblados. La estancia fue planificada para tres horas a fin de que la tripulaci—n del buque pudiera andar un poco por tierra, los habitantes del lugar adquiriesen nuestras mercanc’as y productos, y nosotros les compr‡semos a ellos, a precios bien baratos, plantas y frutos silvestres de la taiga y tambiŽn pescado.

Durante la parada se acercaron a m’, como jefe de la expedici—n, dos ancianos lugare–os, segœn los juzguŽ entonces, quienes me hicieron una petici—n que me result— bastante extra–a. Uno de los ancianos era de edad m‡s avanzada y el otro algo m‡s joven. El de mayor edad, un viejo con una larga barba blanca, se manten’a todo el tiempo en silencio, dejando hablar al m‡s joven. Trataba de convencerme para que pusiera a su disposici—n unos cincuenta hombres (la tripulaci—n del barco estaba compuesta por un total de 65) para llevarlos a un punto de la taiga, distante unos veinticinco kil—metros del lugar donde nos encontr‡bamos. El objetivo de internarse en las profundidades de la taiga era cortar un ‡rbol al que calificaba como cedro5 resonante. El cedro, que segœn dijo, hab’a alcanzado una altura de 40 metros, deb’a ser seccionado en partes peque–as que pudieran ser transportadas a mano hasta el barco. Deb’amos llevarnos, segœn dec’a, absolutamente todo.

El anciano suger’a cortar cada parte en trozos bien diminutos. Cada uno de nosotros deb’a tomar uno y regalar los restantes a parientes, conocidos y a todo aquel que deseara recibirlos como regalo. El viejo dec’a que aquel cedro era algo extraordinario. Que se deb’a llevar un trocito en un cord—n, colgado sobre el pecho y adem‡s, que hab’a que ponŽrselo estando descalzo sobre la hierba y apretarlo con la palma de la mano izquierda sobre el pecho descubierto. Afirmaba que pasado un minuto, se sentir’a un calor agradable irradiado por el cedro y luego se experimentar’a un ligero estremecimiento recorriendo todo el cuerpo. De vez en cuando, al surgir el deseo, se

3 Los Clubes y Casas de cultura: instituciones del Ministerio de Cultura de la URSS. Eran los centros desde donde se organizaba tanto el ocio cultural de la poblaci—n, como ciertos trabajos dirigidos a la educaci—n comunista. Sol’an tener salas de espect‡culos, aparatos de proyecci—n, pantallas de cine y bibliotecas. All’ se organizaban exhibiciones, conferencias, encuentros con personas innovadoras en el campo de la industria, escritores, compositores, pintores, se celebraban bailes y fiestas, se organizaban los coros, conjuntos de canto y baile, c’rculos teatrales, y m‡s. En el œltimo periodo de existencia de la URSS y despuŽs de su desintegraci—n en 1991, la financiaci—n de Žstos se redujo hasta el m’nimo.

4 La taiga o bosque boreal es un ecosistema caracterizado por sus formaciones boscosas. La vegetaci—n est‡ compuesta en su mayor parte de con’feras, abetos, pinos, alerces y abedules. Entre la fauna, destacan animales como alces, bisontes, lobos, osos, martas, linces, ardillas, marmotas, castores, venados... Todos son resistentes al fr’o, y muchos de ellos hibernan. Su subsuelo est‡ helado, siendo la temperatura media de 19¡ C en verano, y -30¡ C en invierno. El promedio anual de precipitaciones alcanza los 450 mm3. Geogr‡ficamente se sitœan al norte de Rusia y en Siberia. TambiŽn al norte de Canad‡.

5 El cedro (en ruso kedr). Se trata del ‡rbol que la nomenclatura bot‡nica denomina Pinus Sibirica (pino siberiano), y que en Rusia se ha llamado ÒcedroÓ desde antes de dicha nomenclatura latina, algo demostrado por las definiciones de cedro en los diccionarios rusos y por la aparici—n del tŽrmino en textos literarios para referirse a los ‡rboles de la taiga que dan pi–ones. Ver en la secci—n Notas ampliadas, al final del libro.

 

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deb’a pulir suavemente, con las yemas de los dedos, la parte del trocito de cedro que no est‡ en contacto con el cuerpo, apoyando el otro extremo en los dedos pulgares de las manos. El anciano aseveraba, plenamente convencido, que ya a los tres meses, la persona que llevara en su pecho el trocito de cedro resonante experimentar’a un mejoramiento sustancial de su estado de salud y de ‡nimo y se habr’a curado de muchas enfermedades.

—ÀIncluso del SIDA? ―preguntŽ, habiŽndole dado antes una breve explicaci—n sobre esta enfermedad, segœn lo que yo conoc’a a travŽs de la prensa. Y Žl respondi— con firmeza:

—ÁDe cualquier enfermedad!

Pero esto, en su opini—n, era una tarea f‡cil. Lo m‡s importante consist’a en que la persona que poseyera este pedazo de cedro se har’a m‡s bondadosa, ser’a m‡s afortunada y tendr’a m‡s talento.

Yo ya sab’a algo sobre las propiedades curativas del cedro de nuestra taiga, pero de ah’ a que Žste pudiera influir en los sentimientos y en las capacidades de las personas, en aquel momento me pareci— algo completamente inveros’mil. PensŽ que lo que estos ancianos quer’an de m’, era dinero a cambio de ese cedro que ellos consideraban extraordinario. Y comencŽ a explicarles que ah’ fuera, Òen el gran mundoÓ, las mujeres, para resultar atractivas, suelen llevar joyas de oro y de plata y que no iban a pagar ni un rublo por un simple trozo de madera, por lo que yo no estaba dispuesto a incurrir en ningœn tipo de gasto por algo as’.

—Las llevan por desconocimiento —se escuch— como respuesta del anciano—. El oro es polvo en comparaci—n con un trozo de este cedro. Mas no queremos dinero alguno. Podemos daros setas secas tambiŽn, pero nosotros no necesitamos nada...

Sin entrar en discusi—n por respeto a sus a–os, dije:
—Bueno, es posible que alguien se ponga uno de sus colgantes de cedro... Lo har’an

si un gran maestro del tallado quisiera poner sus manos en Žl y creara algo extraordinariamente bello...

A lo que el viejo respondi—:
—Si, se podr’a tallar, pero es mejor pulirlo. Resultar‡ mucho mejor si lo pule uno

mismo con sus dedos, en el momento en que su alma se lo pida, entonces el cedro tendr‡ tambiŽn un aspecto bello.

En ese momento, el viejo que era Òm‡s jovenÓ, se desabroch— r‡pidamente la vieja cazadora, luego la camisa, y mostr— lo que llevaba en el pecho. Lo que vi era un —valo o c’rculo combado. Sus diferentes colores –violeta, frambuesa, rojizo...– configuraban un dibujo incomprensible donde las vetas del ‡rbol semejaban riachuelos. No soy un gran conocedor de obras de arte, aunque de vez en cuando he tenido la ocasi—n de visitar galer’as de pintura. Los mejores artistas del mundo no sol’an despertar emociones especiales en m’, pero aquello que colgaba del pecho del anciano suscit— muchos m‡s sentimientos y emociones que una visita a la Galer’a Tretyakov6. Y le preguntŽ:

—ÀY cu‡ntos a–os lleva usted puliendo su trozo de cedro? —Noventa y tres —contest— el viejo.
—ÀY quŽ edad tiene usted?
—Ciento diecinueve.

En aquel momento no le cre’, pues el anciano aparentaba tener unos setenta y cinco a–os. Sin advertir mis dudas, o sin prestarles atenci—n, el viejo, algo inquieto, trataba de convencerme de que un trozo de cedro, pulido œnicamente por los dedos de la propia

6Galer’a Tretyakov: museo de arte, ubicado en Moscœ. Sus fondos –m‡s de 100.000 obras de pintura, grabado y escultura– proporcionan una amplia panor‡mica del arte ruso desde el siglo XI al siglo XX y la convierten en una de las principales instituciones art’sticas de Rusia.

 

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persona, tambiŽn lucir’a bello en s—lo tres a–os. Y despuŽs, cada d’a que pasara se ver’a aœn mejor, particularmente el que usan las mujeres. El cuerpo de su due–o desprender’a un aroma sumamente grato y beneficioso, que nunca podr’a compararse con ningœn perfume producido artificialmente por el ser humano.

De hecho, de los dos ancianos emanaba, ciertamente, un olor muy agradable. Me percatŽ de ello a pesar de que fumo, y, seguramente, como todos los fumadores, tengo el sentido del olfato un poco atrofiado.

Otra cosa me resultaba tambiŽn extra–a... ComencŽ a notar en su forma de hablar, frases que no eran propias de los habitantes de esta zona del norte tan apartada. Todav’a hoy puedo recordar algunas de ellas, incluso con la entonaci—n que le daba. El viejo me dijo cosas como:

Dios cre— el cedro como acumulador de las energ’as del Cosmos...
Cuando una persona se encuentra en estado de amor, desprende una irradiaci—n que, en fracciones de segundo, es reflejada en los planetas que est‡n sobre nosotros, rebota

nuevamente a la Tierra y da vida a todos los seres vivientes...
El Sol es uno de esos planetas, pero tan s—lo refleja una peque–a parte de esta

irradiaci—n...
De las irradiaciones emitidas por el ser humano en la Tierra, s—lo las luminosas

pueden elevarse hacia el Cosmos. Y a su vez, s—lo los rayos beneficiosos retornan desde el Cosmos a la Tierra...

Cuando una persona se encuentra en un estado de sentimientos malŽvolos, emite una irradiaci—n oscura. Esta irradiaci—n oscura no puede elevarse a las alturas y va a parar a las profundidades de la Tierra, y despuŽs de rebotar contra el subsuelo, regresa a la superficie en forma de erupciones volc‡nicas, terremotos, guerras...

El logro culminante de esa irradiaci—n oscura es la influencia de esos rayos, que exacerban los sentimientos malignos en la persona que los origin—...

El cedro vive quinientos cincuenta a–os. Con sus millones de hojas-agujas, capta y acumula en s’, noche y d’a, energ’a luminosa en todo su espectro7. Durante la vida de un cedro pasan sobre Žl todos los cuerpos celestes que reflejan la energ’a luminosa...

Hasta el trocito m‡s peque–o de cedro, tiene m‡s energ’a beneficiosa para el hombre que todas las instalaciones energŽticas de la Tierra, creadas por su mano, juntas.

El cedro recoge la energ’a que, procedente del Hombre8, emite el Cosmos, la conserva y, en el momento necesario, la devuelve, precisamente cuando Žsta resulta insuficiente en el Cosmos, o lo que es lo mismo, en el ser humano, en todo organismo que vive y crece en la Tierra...

Muy raras veces se encuentran cedros que absorban y no tengan la oportunidad de devolver la energ’a acumulada. Al transcurrir quinientos a–os de vida, Žstos comienzan a resonar. De esta forma, hablan con su sonido silencioso, transmitiendo su se–al a las personas, para que la gente los tome, los corte y utilice su energ’a acumulada en la Tierra. Es as’ como el cedro pide con su sonido... Durante tres a–os pide... y si durante ese per’odo no es contactado por ninguna persona viva, privado de la posibilidad de

7 De hecho los ‡rboles captan una amplia gama de radiaci—n m‡s all‡ de la luz visible. Las antenas humanas no son m‡s que una imitaci—n del entramado de ramaje de los ‡rboles. Tanto la estructura de los ‡rboles como el material de que est‡n compuestos se convierten en receptores de ondas naturales. La savia de los ‡rboles es un gran conductor de electricidad (es por esta raz—n que cuando un ‡rbol es golpeado por un rayo, pr‡cticamente explota). La corriente est‡tica fue recibida por primera vez a travŽs del ‡mbar: resina f—sil proveniente de las con’feras. (Ver libros del Dr. Philip Callaham: ÒTuning into natureÓ y ÒAncient mysteries, modern visions: The Magnetic life of AgricultureÓ.)

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Hombre, de la palabra rusa ÒchelovekÓ, de gŽnero comœn. Optamos por usar la palabra con mayœsculas para distinguirla de ÒhombreÓ con minœsculas, que se refiriere al ser humano de gŽnero masculino exclusivamente. Ver notas ampliadas.

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entregar dicha energ’a, acumulada a travŽs del Cosmos, pierde la capacidad de brindarla directamente al ser humano. Entonces comienza a quemarla en s’ mismo. Este sufrido proceso de incineraci—n y muerte se prolonga por espacio de veintisiete a–os...

Recientemente descubrimos un cedro de esta naturaleza, y determinamos que ya llevaba dos a–os resonando. Tintinea flojito... muy flojito. Es posible que trate de prolongar su petici—n por m‡s tiempo, pero le queda s—lo un a–o m‡s. Hay que aserrarlo y repartirlo entre la gente...

El viejo estuvo hablando mucho tiempo y no sŽ por quŽ motivo, yo le escuchaba. La voz de aquel extra–o y longevo siberiano se dejaba o’r unas veces con una fe sosegada y otras con emoci—n, y cuando se emocionaba, comenzaba de forma r‡pida a pulir suavemente su trocito de cedro con las yemas de los dedos como si estuviera tocando algœn tipo de instrumento musical.

En la orilla hac’a fr’o. Desde el r’o soplaba un viento oto–al. El aire fr’o despeinaba el pelo cano de las cabezas descubiertas de los dos ancianos, sin embargo, la vieja cazadora y la camisa del que hablaba permanec’an desabotonadas. Y Žl continuaba puliendo, con las yemas de los dedos, su trozo de cedro colgado en su pecho descubierto y expuesto al viento. Trataba aœn de hacerme comprender su significado.

La funcionaria de mi compa–’a, Lidia Petrovna9, baj— a tierra. Me dijo que estaban todos reunidos en el buque y que estaba todo listo para partir tan s—lo en espera de que yo terminara mi conversaci—n. Me desped’, pues, de los ancianos y r‡pidamente sub’ a bordo del buque. No acced’ a su petici—n porque –aparte de que todo lo que me contaron, lo considerŽ entonces una enorme superstici—n de aquella gente– la demora del barco durante tres d’as me hubiera causado grandes pŽrdidas.

Al otro d’a por la ma–ana, durante nuestra reuni—n diaria, me percatŽ de que Lidia Petrovna acariciaba en su pecho un trozo de cedro. Poco despuŽs, me cont— que cuando yo sub’a al buque, ella se demor— un poco y vio c—mo mientras me iba alejando de ellos, el anciano que hab’a hablado conmigo, ya miraba perplejo c—mo me alejaba apresurado, ya miraba a su compa–ero mayor y dijo emocionado:

—ÀC—mo es posible? ÀPor quŽ no han comprendido? Realmente no sŽ c—mo hablar su idioma... No pude convencerlos... ÁNo pude! No consegu’ nada... ÁNada! ÀPor quŽ? Dime, padre.

El mayor le puso la mano en el hombro y le respondi—:

—No estuviste suficientemente convincente, hijo. No han comprendido.
—Cuando yo empezaba a subir la escala —continu— Lidia Petrovna—, el anciano que estaba hablando contigo, de pronto corri— hacia m’, me tom— de la mano y me llev— hacia la hierba. R‡pidamente sac— de su bolsillo un cordoncito al cual ven’a atado este trozo de cedro, me lo colg— al cuello, uni— la palma de su mano con la m’a y la apret— contra mi pecho. Incluso sent’ que un breve estremecimiento me recorr’a todo el cuerpo. El viejo hizo todo esto de una forma tan r‡pida que no me dio tiempo a decirle nada.

Mientras me alejaba, dec’a tras de m’:
—ÁQue tengan un feliz viaje! ÁQue sean muy felices! ÁVuelvan el a–o que viene, por

favor! ÁQue les vaya bien, gente! ÁVamos a estar esper‡ndoles! ÁQue tengan un feliz viaje!

Cuando el barco zarp—, el anciano estuvo aœn largo rato agitando su mano en se–al de despedida y despuŽs se sent— en la hierba sœbitamente. Los mirŽ con los binoculares: el viejo que estuvo hablando contigo y que despuŽs me dio el trozo de cedro, estaba

9 Lidia Petrovna: Petrovna aqu’ es un patron’mico derivado del nombre propio del padre (Piotr/Pedro) y el sufijo -ovna (-evna) o -ovich (-evich) para los hombres. La combinaci—n del nombre propio junto con el nombre patron’mico es una forma estandarizada de dirigirse formalmente a compa–eros de trabajo o a personas de mayor edad.

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sentado en la hierba y le temblaban los hombros... El de mayor edad, el de la barba blanca y larga, inclin‡ndose sobre Žl, le acariciaba la cabeza.

** *

Preocupado con los asuntos comerciales, la contabilidad y los banquetes motivados por la conclusi—n del viaje, ni me acordŽ de los extra–os longevos siberianos.

Al regresar el barco a Novosibirsk, comencŽ a sentir fuertes dolores. El diagn—stico fue œlcera del duodeno y osteocondritis en la regi—n tor‡cica de la espina dorsal.

En la tranquilidad de la dependencia del hospital me encontraba aislado de la agitaci—n cotidiana. Estaba en una habitaci—n individual de lujo, lo que me brindaba la posibilidad de analizar serenamente los resultados de la expedici—n concluida, que hab’a durado cuatro meses, y confeccionar un plan de negocio para la pr—xima. Pero era como si mi mente relegara a un segundo plano todos los acontecimientos ocurridos durante el viaje, y lo que saltaba a mi memoria continuamente eran los ancianos y lo que ellos me hab’an contado.

SolicitŽ que me trajeran al hospital todo tipo de literatura sobre el cedro. Y al cotejar la informaci—n que iba leyendo con lo que o’ de los ancianos, cada vez me sent’a m‡s impresionado y me inclinaba m‡s a creer lo que los ancianos me hab’an dicho. Algo de verdad hab’a en sus palabras, ÁÀo quiz‡s es que todo era cierto?!

En los libros de medicina popular, se habla mucho de las propiedades curativas del cedro. All’ se dice que todo en este ‡rbol, desde sus hojas-agujas hasta la corteza, todo, contiene propiedades curativas altamente efectivas. La madera de cedro es muy bella y la usan con Žxito tanto los maestros del arte del tallado, como para confeccionar muebles o tablas de resonancia para instrumentos musicales. El follaje del cedro posee una alta capacidad para descontaminar el aire circundante. Su madera tiene un aroma bals‡mico caracter’stico muy agradable. Un peque–o trozo de cedro ubicado en la casa espanta las polillas.

En la literatura de divulgaci—n cient’fica, tambiŽn se se–ala que los indicadores cualitativos del cedro que crece en las regiones norte–as son notablemente superiores a las de m‡s al sur.

Ya en el a–o 1792 el acadŽmico P. S. Pallas10 escribi— que los frutos del cedro siberiano restablecen el vigor masculino y devuelven la juventud a las personas; aumentan considerablemente la resistencia del organismo y contribuyen a que Žste rechace muchas enfermedades.

Existen tambiŽn muchos fen—menos hist—ricos que est‡n vinculados directa o indirectamente al cedro. He aqu’ uno de ellos:

10 Peter Simon Pallas (1741-1811). Famoso cient’fico y enciclopedista ruso-alem‡n, ge—grafo, naturalista y explorador. Las expediciones cient’ficas realizadas por el territorio de Rusia en la segunda mitad del siglo XVIII lo colmaron de gloria. Hizo aportes sustanciales a la ciencia rusa y mundial: biolog’a, geograf’a, etnograf’a, filolog’a.

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El aldeano semi-analfabeto, Gregori Raspœtin11, de una aldea remota de Siberia, regi—n donde crece el cedro siberiano, en el a–o 1907, al llegar a Moscœ a la edad de cincuenta a–os, dej— at—nita incluso a la familia imperial con sus predicciones. Fue recibido por dicha familia y pose’a una fuerza viril extraordinaria. Cuando mataban a Gregori Raspœtin se quedaron estupefactos, ya que despuŽs de haber sido Žste acribillado a balazos, segu’a vivo. ÀSer’a esto porque naci— y creci— en una regi—n de cedros, aliment‡ndose con pi–ones?

As’ resumieron, los periodistas de aquella Žpoca, su resistencia:
ÒA la edad de cincuenta a–os, Gregori Raspœtin, pod’a comenzar una org’a al mediod’a

y continuar la bacanal hasta las cuatro de la madrugada. De la lujuria y la borrachera sal’a directamente para la iglesia, a la misa del alba, donde permanec’a orando hasta las ocho de la ma–ana. Una vez en casa, y tras hartarse de beber tŽ, Grishka12, como si nada hubiera pasado, recib’a visitas hasta las dos de la tarde y, luego, recog’a a las damas y se iba con ellas a las casas de ba–o; del ba–o se iba a un restaurante de las afueras, donde repet’a lo de la noche anterior. Ninguna persona normal podr’a resistir un rŽgimen semejanteÓ.

El actual multi-campe—n mundial y ol’mpico de lucha, Alexander Karelin13, el cual aœn permanece imbatible, es tambiŽn siberiano, precisamente de las zonas donde crece el cedro siberiano. El forzudo deportista tambiŽn est‡ habituado a comer pi–—n de cedro. ÀEs esto casual?

Menciono s—lo aquellos hechos que se pueden verificar f‡cilmente en la literatura de divulgaci—n cient’fica o pueden ser confirmados por testigos. Una de esas testigos es ahora tambiŽn Lidia Petrovna, quien recibi— del anciano siberiano un trocito del cedro resonante. Es una mujer de treinta y seis a–os, casada, madre de dos ni–os. Sus compa–eros de trabajo han notado cambios en su comportamiento. Se ha vuelto m‡s benevolente y risue–a. El esposo de Lidia Petrovna, al cual conozco, cuenta que su familia viene experimentando un mayor grado de comprensi—n mutua; y afirma que a su esposa se la ve rejuvenecida y est‡ suscitando sentimientos m‡s intensos en Žl: m‡s consideraci—n y quiz‡s, incluso amor.

Pero incluso los numerosos hechos y evidencias palidecen ante lo m‡s importante, que ustedes mismos pueden conocer y despuŽs de lo cual, a m’ no me ha quedado ni pizca de duda. Es la Biblia. En el Antiguo Testamento, libro tercero de MoisŽs (Lev’tico 14, 4) Dios ense–a c—mo curar a las personas y desinfectar la vivienda mediante la utilizaci—n del... ÁÁcedro!!14.

11 Gregori Yef’movich Raspœtin (1869 -1916). Naci— en la Siberia Occidental en el seno de una familia campesina. Nada se conocer’a de Žl a no ser porque creyŽndose con poderes especiales logr— curar a Alexis, hijo del zar, quien padec’a de hemofilia, cosa que no hab’a logrado ninguno de los mŽdicos llegados al palacio de San Petersburgo. A partir de entonces, Raspœtin se convertir’a en el protegido de la emperatriz Alexandra. Raspœtin lleg— a tener tanto poder dentro del palacio de los zares que pr‡cticamente no hab’a decisi—n que no pasase por su juicio. La aristocracia rusa no ve’a con buenos ojos la presencia de aquel hijo de campesinos, analfabeto, en asuntos gubernamentales. Sin embargo, era tal su capacidad de convicci—n y el terror que su firmeza ejerc’a, que nada pudo detener su escalada dentro del poder del gobierno del zar Nicol‡s II. Finalmente muri— asesinado por una conspiraci—n palaciega.

12 Diminutivo ruso de Gregori.
13 Alexander Karelin (1967 - ...) campe—n ruso, europeo, ol’mpico y mundial en repetidas ocasiones, imbatible desde el a–o 1987 hasta el 2000 en competiciones internacionales, sin haber cedido ni siquiera en un punto.
14 ÒEl sacerdote mandar‡ traer para el que ha de ser purificado, dos p‡jaros vivos y limpios, madera de cedro, fibra escarlata carmes’ e isopo...Ó (Lev’tico 14, 4. Biblia de JerusalŽn).

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Segœn comparaba los hechos y la informaci—n que iba recopilando de distintas fuentes, se iba dibujando delante de m’ tal cuadro, que todas las maravillas conocidas en el mundo palidec’an ante Žsta. Los grandes misterios que han inquietado a la mente humana empezaban a resultar insignificantes ante el gran enigma del cedro resonante. Ahora ya no pod’a dudar de su existencia. La literatura de divulgaci—n cient’fica y las escrituras vŽdicas antiguas hab’an despejado todo resto de dudas.

En la Biblia, s—lo en el Antiguo Testamento, se hace menci—n al cedro cuarenta y dos veces15. El vetusto MoisŽs que present— a la humanidad Los Diez Mandamientos en las tablas de piedra, probablemente, conoc’a bastante m‡s acerca del cedro de lo que aparece recogido en el Antiguo Testamento.

Estamos acostumbrados a que en la naturaleza existan distintos tipos de plantas capaces de curar las afecciones humanas. Las propiedades curativas del cedro han sido confirmadas por la literatura de divulgaci—n cient’fica, as’ como por investigadores tan serios y prestigiosos como el acadŽmico Pallas. Y todo ello coincide con lo expresado en el Antiguo Testamento.

Pero, atenci—n a lo que sigue:

Cuando el Antiguo Testamento menciona el cedro, es œnicamente el cedro, no hace referencia a otros ‡rboles. ÀAcaso no nos est‡ diciendo, entonces, el Antiguo Testamento que el cedro es la medicina m‡s poderosa que existe en la naturaleza? ÀPero quŽ es esto? ÀUn complejo medicinal? ÀY c—mo hay que usarlo? ÀY por quŽ, de entre todos los cedros, estos extra–os ancianos hablaban de un particular cedro resonante?

Pero esto no es todo. Algo inconmensurablemente m‡s enigm‡tico se esconde detr‡s de la siguiente historia del Antiguo Testamento:

El Rey Salom—n construy— su Templo con madera de cedro. A cambio del cedro del L’bano, entreg— al Rey Hiram veinte ciudades de su reinado. ÁIncre’ble! ÁEntregar veinte ciudades por un simple material de construcci—n! Cierto es que se le prest— otro servicio a cambio. A petici—n del Rey Salom—n, se le entregaron siervos Ò... diestros en labrar maderaÓ16.

ÀQuŽ gentes eran aquŽllas? ÀQuŽ conocimiento era Žse que pose’an?
He o’do decir, que tambiŽn en la actualidad, en los lugares m‡s rec—nditos, existen ancianos, que de alguna manera, seleccionan los ‡rboles para la construcci—n. Por entonces, hace m‡s de dos mil a–os, es posible que todo el mundo supiera hacer esto.

No obstante, se requiri— gente que tuviera esa destreza.
El Templo fue construido. Comenzaron los servicios religiosos y Ò... los sacerdotes

no pudieron permanecer para ministrar por causa de la nubeÓ17.
ÀQuŽ nube era Žsa? ÀC—mo y de d—nde hab’a entrado al Templo? ÀQuŽ representaba

en s’ aquella nube? ÀEnerg’a? ÀUn esp’ritu? ÀQuŽ fen—meno era Žste y cu‡l era su interrelaci—n con el cedro?

15Las referencias b’blicas al cedro se refieren normalmente al cedro del L’bano, que es una especie diferente al cedro siberiano (pinus sib’rica). El autor establece una identificaci—n entre ambas especies que no ser’a considerada rigurosa por los bot‡nicos. Son de la misma familia: con’feras, pero distinta especie. La segunda da pi–ones la primera, no. Pero corresponde al lector darle a este dato la importancia que merezca.

161 Libro de Reyes 5: 6: ÒManda, pues, ahora, que me corten cedro del L’bano: y mis siervos estar‡n con los tuyos, y yo te darŽ por tus siervos el salario que tœ digas; porque tœ sabes bien que ninguno hay entre nosotros que sepa labrar madera como los sidoniosÓ. ÒEditorial Sociedad B’blica InternacionalÓ, revisi—n de 1977.

17 1 Libro de Reyes 8: 11: ÒY los sacerdotes no pudieron permanecer para ministrar por causa de la nube; porque la gloria de Jehov‡ hab’a llenado la casa de Jehov‡Ó. ÒEditorial Sociedad B’blica InternacionalÓ, revisi—n de 1977.

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Los ancianos hablaban del Cedro Resonante como de un acumulador de cierta energ’a.

ÀQuŽ cedro es m‡s fuerte: el cedro del L’bano o el de Siberia?
El acadŽmico Pallas dec’a que las propiedades curativas se incrementan en la medida

en que los montes se aproximan a la frontera de los bosques de la tundra. Y entonces, esto significa que el m‡s fuerte es el cedro de Siberia.

En la Biblia se dice Ò... por sus frutos los conocerŽisÓ18. Esto significa de nuevo, Ásiberiano!

ÀEs posible que nadie haya prestado atenci—n a todo esto, que nadie haya comparado los hechos?

La Biblia en el Antiguo Testamento, la ciencia del siglo pasado y la contempor‡nea, son un‡nimes en su opini—n acerca del cedro.

TambiŽn Elena Iv‡novna RŽrij19 en su libro La Žtica viva, escribe: Ò... Ya en los rituales de consagraci—n de los reyes del antiguo Joras‡n20 aparec’a un c‡liz de resina de cedro. Y los druidas utilizaban un c‡liz de resina de cedro al que llamaban El C‡liz de la Vida. S—lo despuŽs, con la pŽrdida de la conciencia del Esp’ritu, fue Žsta sustituida por sangre. El fuego de Zoroastro21 era el resultado de quemar la resina de cedro en el c‡lizÓ.

As’ es que, entonces, Àcu‡nto de los conocimientos de nuestros antepasados acerca del cedro, sus propiedades y usos ha llegado hasta nosotros y se ha conservado hasta nuestros d’as? ÀAcaso nada?

ÀQuŽ saben los ancianos siberianos al respecto?
Y de pronto, me vino a la memoria una situaci—n ocurrida hace mucho tiempo, y al

recordar aquel momento, un hormigueo me recorri— todo el cuerpo. En aquella ocasi—n no le di ninguna importancia, pero ahora...

Al comienzo de la perestroica22, siendo yo presidente de la Asociaci—n de Empresarios de Siberia, recib’ una llamada del comitŽ ejecutivo provincial de Novosibirsk –entonces todav’a ten’amos los comitŽs ejecutivos y los comitŽs provinciales del partido–, solicit‡ndome presentarme a una reuni—n con un importante hombre de negocios occidental. ƒste tra’a una carta de presentaci—n del gobierno de entonces. En la reuni—n participaron algunos empresarios y funcionarios del aparato del comitŽ ejecutivo provincial.

El hombre de negocios occidental ten’a un aspecto bastante imponente, era un tipo singular con rasgos orientales. Llevaba la cabeza cubierta con un turbante y sus dedos adornados con caras sortijas.

18 Mateo 7: 20: ÒAs’ que, por sus frutos los conocerŽisÓ. Editorial ÒSociedad B’blica InternacionalÓ, revisi—n de 1977. Nada indica que exista una referencia a los cedros en este pasaje, pero el autor establece una relaci—n entre la frase b’blica y los cedros.
19 Elena Iv‡novna RŽrij (1879-1955): Pensadora religiosa y escritora rusa quien recorri— Asia con su esposo, el prominente artista ruso, Nikolai Konstant’novich RŽrij. Elena qued— fascinada con las religiones orientales y dedic— su carrera a estudiarlas y a escribir sobre Žstas.

20 Joras‡n: Provincia hist—rica del nordeste de Ir‡n. Centro del reinado de Parfi‡n (250 A. C. - 224 de nuestra era). A mediados del siglo XVIII, Joras‡n inclu’a la parte nororiental del actual Ir‡n, el oasis de Merv, los oasis del sur de Turkmenia y parte de Afganist‡n.

21Zoroastro (castellanizado Zaratustra) parece indudable que cre— una de las primeras religiones monoteistas de la Historia. La energ’a del creador es representada en el zoroastrismo por el fuego y el sol, duraderos, radiantes, puros y sostenedores de la vida. Los zoroastristas normalmente rezan frente a una forma de fuego o una fuente de luz. No se adora el fuego, sino que es un s’mbolo de la divinidad.

22Perestroica: en espa–ol Òreestructuraci—nÓ. Se refiere a la reforma aperturista del sistema pol’tico soviŽtico impulsada por Gorbachov a partir de 1985.

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Se habl—, como de costumbre, de las posibilidades de colaboraci—n en las distintas esferas y, entre otras cosas, este hombre occidental dijo: ÒPodr’amos comprarles pi–—n de cedroÓ. Al pronunciar estas palabras su expresi—n reflej— cierta contracci—n y sus ojos perspicaces se movieron de un lado a otro, seguramente, estudiando la reacci—n de los empresarios all’ presentes. Aquello se me qued— muy bien grabado en la memoria, porque aœn entonces me sorprendi—. ÀPor quŽ aquello cambi— tanto su semblante?

DespuŽs del encuentro oficial, se me acerc— su acompa–ante, una traductora moscovita, y me dijo que el hombre quer’a hablar conmigo. Me hizo una propuesta confidencial: si yo organizaba el suministro de pi–—n de cedro para Žl, y ten’a que ser fresco, entonces yo recibir’a una suculenta comisi—n personal aparte del precio oficial.

El pi–—n de cedro hab’a de ser suministrado a Turqu’a. All’ ellos fabricaban algœn tipo de aceite. Le contestŽ que lo pensar’a.

Por mi parte, decid’ averiguar de quŽ aceite se trataba. Y averigŸŽ lo siguiente:
En la bolsa de Londres, la cual funciona como patr—n de los precios mundiales, el precio del aceite de cedro alcanzaba... Áquinientos d—lares el kilogramo! A nosotros nos propon’an efectuar los suministros a un precio de dos o tres d—lares por kilogramo de

pi–—n de cedro.
Hice una llamada telef—nica a un empresario que conoc’a en Varsovia, y le ped’ que

averiguara, por un lado, si ser’a posible vender directamente a los consumidores de este producto y por otro, que se informara sobre la tecnolog’a de la extracci—n de este aceite.

Transcurrido un mes me contest—:
―Imposible salir al mercado con este producto. Tampoco he logrado conocer la

tecnolog’a de la extracci—n. Pero adem‡s, hay fuerzas occidentales tan poderosas involucradas en este negocio, que es mejor no tocarlo y olvidarse del asunto.

Entonces me puse en contacto con mi buen amigo, funcionario cient’fico del Instituto de Cooperativa de Consumo de Novosibirsk, Konstantin Rakœnov23. ComprŽ los pi–ones de cedro y financiŽ el trabajo. Y en los laboratorios de este instituto se produjeron cien kilogramos de aceite de pi–—n de cedro.

As’ mismo, contratŽ personal para investigar en los documentos de archivo, y descubrieron lo siguiente:

En el per’odo pre-revolucionario, y tambiŽn durante un corto periodo tras la revoluci—n, en Siberia existi— una organizaci—n denominada ÒEl Cooperante SiberianoÓ. El personal de esta organizaci—n comercializaba aceite, incluido el aceite de pi–—n de cedro. Ten’an representaciones en Harbin, Londres y Nueva York y dispon’an de abundante dinero en los bancos occidentales. DespuŽs de la revoluci—n, esta organizaci—n se desintegr— y muchos de sus miembros emigraron.

El miembro del gobierno bolchevique, Kr‡sin24, sostuvo reuniones con el jefe de esta organizaci—n, proponiŽndole regresar a Rusia. Pero el presidente del ÒCooperante SiberianoÓ le contest— que Žl ser’a de m‡s ayuda para Rusia permaneciendo fuera de sus fronteras.

En los materiales de archivo se dec’a tambiŽn que el aceite de pi–—n de cedro se hac’a mediante prensas de madera (Áœnicamente de madera!) en muchas aldeas siberianas de la taiga. La calidad de dicho aceite depend’a de la estaci—n en la que se recolectara y procesara el pi–—n de cedro. Pero ni en los archivos ni en el instituto, se logr— determinar quŽ momento ser’a Žse. El secreto se hab’a perdido. Las propiedades del

23 Konstantin Rakœnov (1954 - ... ): Candidato a Doctor en Ciencias Econ—micas, Profesor Titular del Departamento Administrativo de la actual Universidad de Cooperativas de Consumo de Novosibirsk. Autor de varios trabajos oficiales sobre las cooperativas de consumo.
24 Leonid Kr‡sin (1870 -1928): un viejo bolchevique activista del partido comunista. A partir de 1920 fue nombrado Ministro del Comercio Exterior de la Uni—n SoviŽtica, siendo a la vez su representante comercial en Londres y en Par’s.

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aceite, en cuanto a su efectividad curativa, no tienen parang—n, pero, Àno habr‡n entregado aquellos emigrantes el secreto de fabricaci—n de este aceite a alguien en Occidente? ÀC—mo se explica que los pi–ones de cedro con las mayores propiedades medicinales se den en Siberia y sin embargo, la instalaci—n para la extracci—n del aceite se encuentre en Turqu’a? DespuŽs de todo, en Turqu’a no existe el tipo de cedro que crece en Siberia.

ÀDe quŽ Òfuerzas poderosas de OccidenteÓ hablaba el empresario de Varsovia? ÀPor quŽ no se pod’a tocar ese asunto? ÀNo ser‡ que estas fuerzas est‡n exportando ilegalmente este producto curativo de propiedades inigualables fuera de la taiga siberiana rusa? ÀPor quŽ, disponiendo de tal riqueza, con propiedades tan efectivas, las cuales han sido ya confirmadas por siglos y milenios, compramos por millones, o quiz‡s por miles de millones de d—lares, las medicinas occidentales y nos las tragamos, como si estuviŽramos chiflados? ÀPor quŽ perdimos los conocimientos de nuestros recientes antepasados? Y si es as’ con los antepasados que han vivido en nuestro propio siglo, ÀquŽ vamos a decir de la narraci—n de la Biblia en la que se describe ese extraordinario acontecimiento de hace m‡s de dos milenios? ÀQuŽ fuerzas misteriosas se empe–an en borrar de nuestra memoria la sabidur’a de nuestros antepasados? Y adem‡s, te dicen, Òno te metas en lo que no te llamanÓ. Tratan de borrarlo... Y, en efecto, Álo est‡n logrando!

Me invadi— un sentimiento de rabia. Y para colmo, veo que en la farmacia se vende aceite de cedro, Ápero en envase de importaci—n! ComprŽ un frasquito de treinta gramos y lo probŽ. El contenido de aceite no era m‡s de dos gotas, el resto era algœn diluyente. No se pod’a ni comparar con el que nosotros fabric‡bamos en el Instituto de Cooperaci—n al Consumidor. ÁY estas dos gotas diluidas costaban cincuenta mil rublos!25 ÁÀY si no compr‡semos este aceite del extranjero, sino que lo vendiŽramos nosotros mismos?! ÁPero si s—lo con la venta de este aceite toda Siberia podr’a vivir desahogadamente ÁÀC—mo nos la pudimos arreglar para olvidar la tecnolog’a de nuestros antepasados?! Y aqu’ estamos, quej‡ndonos de que vivimos en la miseria...

Pues bueno, pensŽ, de todas formas voy a averiguar, cuando menos, algo m‡s. PondrŽ la producci—n de aceite a punto yo mismo, y que se haga rica mi compa–’a.

Decid’ embarcarme en una nueva expedici—n a lo largo del r’o Ob, otra vez rumbo norte, utilizando para ello œnicamente el buque de mando, el ÒPatricio LumumbaÓ. CarguŽ en las bodegas distintas mercanc’as para vender y convert’ la sala de cine del barco en una tienda. Decid’ contratar una nueva tripulaci—n y no invitar a nadie de mi compa–’a, pues los asuntos financieros ya de por s’ se hab’an deteriorado mientras yo me encontraba apartado de los negocios por mis nuevos intereses. A las dos semanas de haber salido de Novosibirsk, mis guardas de seguridad me comunicaron que hab’an escuchado conversaciones acerca del cedro resonante; y que segœn su opini—n, entre los nuevos miembros de la tripulaci—n hab’a, para decirlo con palabras suaves, Ògente extra–aÓ. ComencŽ a llamar a algunas personas de la tripulaci—n para hablarles sobre la inminente expedici—n al interior de la taiga. Algunos aceptaban ir, incluso, sin que mediara paga alguna. Otros pidieron un pago extra bastante grande por dicha operaci—n, ya que esto era algo de lo que no se hab’a hablado cuando firmaron para el trabajo, y que una cosa era estar dentro del barco en condiciones confortables, y otra, adentrarse veinticinco kil—metros en la taiga y regresar cargando peso. Ya para entonces, mis recursos financieros estaban muy limitados y yo no ten’a en mente vender el cedro, ya que los viejos dec’an que hab’a que repartirlo. Y por otro lado, lo m‡s importante para

25 Cincuenta mil rublos, al tipo de cambio del mes de noviembre de 1994, ascend’a aproximadamente a diecisŽis d—lares estadounidenses, lo que equival’a al 20% del salario promedio mensual nacional.

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m’, no era el cedro en s’, sino el secreto de la obtenci—n del aceite. Aunque, desde luego, deseaba conocer toda la informaci—n vinculada con Žste.

Poco a poco, con la colaboraci—n de los guardas, me fui convenciendo de que me intentaban espiar, en particular cuando bajaba a la orilla. Lo que no estaba claro era con quŽ prop—sito, ni quiŽn estaba detr‡s de los esp’as. PensŽ y pensŽ c—mo deb’a de actuar en tales circunstancias y decid’, para no equivocarme, maniobrar con astucia y habilidad sobre todos a la vez.

2
EL ENCUENTRO

Sin decirle una palabra a nadie acerca de mis planes, dispuse que el barco atracara cerca del sitio donde el a–o pasado hab’a encontrado a los dos ancianos. LleguŽ solo a la aldea en una peque–a lancha a motor. Le hab’a dado instrucciones al capit‡n del barco para que retomara la ruta comercial acostumbrada.

Manten’a la esperanza de poder encontrar a los dos ancianos con la ayuda de los lugare–os, ver con mis propios ojos el cedro resonante y determinar la forma m‡s barata de transportarlo al barco. AtŽ la lancha a una roca y cuando me dispon’a a dirigirme hacia una de las casitas m‡s cercanas, reparŽ en una mujer que estaba sola sobre un mont’culo y me dirig’ hacia ella.

La mujer llevaba puesta una vieja chaqueta acolchada, una falda larga y calzaba unas galoshas26 altas de las que usan muchos de los habitantes de los lugares remotos del norte durante el oto–o y la primavera. Llevaba un pa–uelo que le ocultaba totalmente la frente y el cuello... era dif’cil determinar su edad. La saludŽ y le hablŽ de los ancianos con los que me hab’a encontrado hac’a un a–o.

Quienes hablaron contigo el a–o pasado, Vladimir, fueron mi abuelo y mi bisabuelo...

Me sorprendi— el tono joven de su voz, su dicci—n tan clara, que me tutease y que adem‡s me llamara por mi nombre. No recordaba los nombres de los ancianos ni que nos hubiŽsemos presentado formalmente. ÒClaramente lo hicimos –pensŽ– ya que ella conoce mi nombreÓ. Decid’ tutearla tambiŽn y le preguntŽ:

ÀY tœ c—mo te llamas?
Anastasia, respondi— la mujer, tendiŽndome la mano con la palma hacia abajo

como si esperase que se la besara.
Ese gesto de una mujer de pueblo, con aquella vieja chaqueta y aquellas galoshas, en

la orilla desierta y con aires de dama de alta sociedad, me provoc— la risa. EstrechŽ su mano, claro, no se la besŽ. Ella me sonri— un poco azorada y me invit— a acompa–arla a la taiga donde viv’a su familia.

Pero habr‡ que caminar 25 kil—metros taiga adentro. ÀEsto no te echa para atr‡s? Desde luego que es un poco lejos, pero... Àpuedes ense–arme tœ el cedro resonante? S’, puedo...
ÀSabes todo sobre Žl? ÀMe lo contar‡s?

Te contarŽ lo que sŽ.

26Galoshas: tipo de calzado de goma t’picos de la zona para los tiempos de oto–o y primavera cuando el terreno est‡ hœmedo. Hemos optado por dejar la palabra rusa por ser un elemento muy caracter’stico de Rusia del norte. Proviene del vocablo francŽs: galocha.

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Entonces vamos.
Por el camino, Anastasia me relat— que su familia, su progenie, ha vivido en el

bosque de cedro de generaci—n en generaci—n a lo largo de miles de a–os, segœn las palabras de sus ascendientes. Los contactos directos con personas de nuestra sociedad civilizada se dan en muy raras ocasiones. Esos contactos suceden, no en los lugares donde ellos residen permanentemente, sino cuando vienen a los poblados haciŽndose pasar por cazadores o aldeanos de otro pueblo. La misma Anastasia, s—lo hab’a estado en dos ciudades, Tomsk y Moscœ, y un solo d’a en cada una... ni siquiera pas— la noche en ninguna de ellas. Quer’a saber si no se equivocaba en su visi—n acerca del estilo de vida de los habitantes de la ciudad. Fue vendiendo bayas y setas secas como ahorr— el dinero para sus viajes. Una mujer del pueblo le prest— su pasaporte.

Anastasia no aprueba la idea de su abuelo y bisabuelo de repartir el cedro resonante curativo, entre muchas personas. Cuando le preguntŽ por quŽ, respondi— que, en ese caso, los trocitos se repartir’an tanto entre gente buena como gente que obra mal, y que lo m‡s probable es que los individuos negativos acaparar’an la mayor parte de los trozos. Al final, esto podr’a causar m‡s da–o que provecho. Lo importante, en su opini—n, es ayudar a lo bueno. Y a la gente, con cuya ayuda, se hace el bien. Al ayudar a todos, el desequilibrio entre el bien y el mal no cambiar’a o m‡s bien podr’a empeorar.

DespuŽs de mi encuentro con los ancianos, yo hab’a revisado una amplia bibliograf’a de libros de divulgaci—n cient’fica y trabajos de investigaci—n acadŽmicos e hist—ricos que describ’an las extraordinarias propiedades del cedro. Ahora estaba tratando de comprender y profundizar en lo que Anastasia me relataba acerca del estilo de vida de la gente de los bosques de cedro y me preguntaba: ÀA quŽ se parece esto?

PensŽ en la familia Lýkovs27, conocida por todos gracias a las publicaciones de Vasiliy Peskov: una familia, que tambiŽn vivi— aislada en la taiga durante muchos a–os. Acerca de ellos se escribieron art’culos en el peri—dico Komsomolskaya Pravda bajo el t’tulo Callej—n sin salida en la Taiga, y tambiŽn apareci— en algunos programas de televisi—n. La opini—n que me hab’a formado acerca de los Lýkovs era de personas que conocen la naturaleza bastante bien, pero ignorantes en cuanto a los conocimientos y a la comprensi—n de nuestra moderna vida civilizada. Sin embargo, aqu’ se presentaba un panorama distinto... Anastasia daba la impresi—n de ser una persona que, no s—lo comprend’a perfectamente nuestra forma de vida, sino que adem‡s, parec’a tener otros conocimientos pero no estaba muy claro para m’ de quŽ conocimientos se trataba. Hablaba con gran soltura acerca de nuestra sociedad. La conoc’a.

Nos adentramos en las profundidades del bosque unos cinco kil—metros y nos detuvimos a descansar. Ella se quit— la chaqueta, el platok 28 y la falda larga, y lo meti— todo en el hueco de un ‡rbol. Se qued— solamente con un vestido corto y ligero. Yo no cab’a en mi asombro... me quedŽ maravillado de lo que vi. Si creyera en los milagros dir’a que se dio ante mis ojos una metamorfosis.

Ante m’ apareci— una mujer muy joven, de cabellos largos y dorados, de una figura perfecta. Su belleza era extraordinaria, hasta el punto de que era dif’cil imaginar a alguien que pudiese competir con ella en los m‡s prestigiosos concursos de belleza del mundo, y m‡s, si a su belleza f’sica se sumaran sus evidentes atributos intelectuales, de los que me cerciorŽ m‡s tarde. Todo en ella era enigm‡ticamente atrayente y cautivador.

27Los Lýkovs – una familia de viejos creyentes, que vivi— aislada en la taiga del Altay durante m‡s de cuarenta a–os. Ver nota desarrollada en el ep’logo.
28 Platok – Pa–oleta o pa–uelo grande que usan muchas mujeres rusas. Antiguamente, todas las mujeres rusas se cubr’an la cabeza con un platok. Actualmente s—lo lo hacen las mujeres mayores.

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ÀQuiz‡s est‡s cansado? pregunt— ella... ÀQuieres descansar?

Nos sentamos sobre la hierba, por lo que pude apreciar su rostro desde m‡s cerca. No llevaba ningœn tipo de maquillaje y sus facciones eran perfectas. De tez impecable, nada t’pica de las caras curtidas por el aire fr’o de estas regiones rec—nditas de Siberia. Ojos grandes y c‡lidos, de color gris-celeste. Los labios formaban una delicada sonrisa. Llevaba puesto un vestidito corto y ligero que parec’a m‡s bien un camis—n de dormir..., pero el fr’o no parec’a inmutarla, aunque la temperatura era de 12 a 15 grados.

Sent’ un poco de hambre y saquŽ de mi mochila unos bocadillos y una botella con buen co–ac. Le ofrec’ a Anastasia, pero ella, por algœn motivo, no quiso beber ni probar bocado alguno. Mientras yo com’a, Anastasia reposaba sobre la hierba con los ojos dichosamente cerrados, como entreg‡ndose a los rayos del sol para que la acariciasen. Los rayos solares se reflejaban en las palmas de sus manos abiertas produciendo una luz dorada. As’ tumbada, semidesnuda se la ve’a tan hermosa.

Mientras la observaba, me preguntaba: ÀCon quŽ prop—sito las mujeres de todas las Žpocas se empe–an hasta la saciedad en mostrar sus pechos, sus piernas o ambas cosas, poniŽndose escotes y minifaldas? ÀAcaso no es para llamar la atenci—n de los hombres... como diciendo: ÒMiren lo hermosa que soy, abierta y accesible...Ó? ÀQuŽ se supone que har‡ el hombre, entonces? ÀOponerle resistencia a sus pasiones carnales y de esa manera despreciar a la mujer con su indiferencia, o demostrarles su interŽs y romper as’ uno de los mandamientos de Dios?...

Cuando terminŽ de comer la interpelŽ... ÀAnastasia, no te da miedo andar por la taiga sola? No hay nada que yo tenga que temer aqu’.

Interesante, Ày c—mo te defender’as si te encontraras con dos o tres fortachones, ge—logos o cazadores?

No me respondi—, s—lo sonri—.
Yo pensŽ: ÒÀC—mo es posible que esta bell’sima joven, incre’blemente atractiva no

tenga miedo de nada ni de nadie?Ó
Lo que sucedi— a continuaci—n, todav’a hoy, me hace sentirme inc—modo... La tomŽ

por los hombros y la acerquŽ hacia m’. Ella no opuso mayor resistencia, aunque en su cuerpo el‡stico se notaba una fuerza considerable. Sin embargo, no pude hacer nada con ella. Lo œltimo que recuerdo antes de perder el conocimiento fueron unas palabras pronunciadas por ella: ÒNo lo hagas, tranquilizateÓ. Y aœn antes de eso, recuerdo que un enorme miedo se apoder— de m’. P‡nico no sŽ de quŽ, como ocurre en la infancia cuando te encuentras completamente solo en la casa y sientes miedo de algo.

Cuando recobrŽ la consciencia, ella se encontraba de rodillas, inclinada sobre m’, con una mano en mi pecho y con la otra hac’a se–ales a alguien por encima de nosotros y a los lados. Sonre’a, pero no era a m’, sino, al parecer, a alguien que de modo invisible nos rodeaba o estaba por encima de nosotros. Anastasia parec’a tratar de comunicarle a su amigo invisible, con sus gestos, que no le estaba pasando nada malo. DespuŽs me mir— a los ojos con cari–o y tranquilidad:

C‡lmate, Vladimir, ya pas— todo. ÀPero quŽ fue eso? –preguntŽ.

La Armon’a no acept— tu actitud hacia m’, no acept— el deseo que se despert— en ti. Tœ mismo comprender‡s todo esto m‡s adelante.

ÀQuŽ tiene que ver la tal Armon’a con todo esto? ÁEres tœ y s—lo tœ quien opuso resistencia!

Yo tampoco lo aceptŽ. Ha sido desagradable para m’. Me sentŽ y acerquŽ mi mochila.

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ÁÀSer‡ posible?! ÁElla no lo acept—, es desagradable para ella...! ÁAs’ sois las mujeres! ÁHacŽis todo lo posible para seducirnos! Nos ense–‡is las piernas, los pechos, and‡is en tacones. No est‡is c—modas con tacones, Ápero os los ponŽis! Os pavone‡is frente a nosotros con todos vuestros encantos, pero cuando la cosa pasa a mayores... ÒAh, no, eso no me interesa. Yo no soy as’...Ó Entonces Àpara quŽ os and‡is pavoneando? ÁHip—critas! Soy empresario y he visto a muchas mujeres de todo tipo. Todas querŽis lo mismo, s—lo que os hacŽis de rogar de formas diferentes. Tœ, por ejemplo, Àpara quŽ te has quitado la ropa? No es que haga tanto calor, Àno? Y encima vas y te callas, y te tumbas en la hierba con esa sonrisita...

La ropa me incomoda, Vladimir. Me la pongo cuando salgo del bosque y voy a donde hay gente, para tener un aspecto como todos. Me acostŽ s—lo para relajarme bajo el solecito y no incomodarte mientras com’as.

As’ que no quer’as incomodarme, Àeh?... Pues lo hiciste.
Perd—name, por favor, Vladimir, tienes raz—n en que cada mujer quiere llamar la

atenci—n de los hombres, pero no solamente hacia sus piernas y pechos. Lo que queremos es no dejar pasar al œnico hombre que puede ver algo en nosotras que sea m‡s que eso.

ÁPero es que por aqu’ no ha pasado nadie! Y quŽ es ese algo m‡s que hay que ver si son las piernas las que est‡n en primer plano... de verdad que las mujeres sois muy il—gicas.

S’, lamentablemente, as’ ocurre en la vida a veces... ÀTe parece si nos vamos ya, Vladimir? ÀHas terminado de comer? ÀEst‡s descansado?

Por un instante me pas— por la mente si valdr’a la pena continuar el viaje con tal filos—fica salvaje. Pero le contestŽ:

Est‡ bien, vamos.

3
ÀFiera o Ser Humano?

Continuamos nuestro camino hacia la casa de Anastasia. A pesar de todo, dej— su ropa en el hueco del ‡rbol qued‡ndose con el vestidillo corto y ligero. Las galoshas29 las meti— all’ tambiŽn. Cogi— mi bolsa, ofreciŽndose a llevarla. Caminaba descalza delante de m’, con un asombroso paso ligero y gracioso, balanceando la bolsa sin esfuerzo.

êbamos hablando todo el rato. Era interesante hablar con ella sobre cualquier tema. Interesante, quiz‡s, porque sus opiniones acerca de todo eran algo extra–as.

A veces, Anastasia daba una vuelta sobre s’ misma mientras camin‡bamos. Volv’a la cara hacia m’, hablaba, re’a y caminaba as’ marcha atr‡s durante un rato, entusiasm‡ndose con la conversaci—n sin tan siquiera mirar por d—nde pisaba. Es incomprensible, Àc—mo no tropez— ni una vez, ni se pinch— el pie descalzo con el nudo de alguna rama seca? No hab’a ninguna senda visible en nuestro camino, pero tampoco encontr‡bamos los obst‡culos habituales de la taiga.

29Galoshas: ver nota del cap’tulo 1.

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A veces, segœn caminaba, rozaba o pasaba la mano con rapidez por una hojilla o ramita de algœn matorral, o –inclin‡ndose sin mirar– cog’a alguna hierbita y... se la com’a.

ÒIgual que una fierecillaÓ ―pensŽ yo.

Cuando hab’a bayas a mano, Anastasia me alargaba algunas y yo tambiŽn las com’a mientras caminaba. No se la ve’a muy musculosa. En general, Anastasia es de complexi—n media, ni delgada ni gorda. Tiene un cuerpo el‡stico, bien alimentado, y muy bonito. Sin embargo, por lo que vi, es bastante fuerte y no est‡ nada mal de reflejos.

En una ocasi—n que tropecŽ y empecŽ a caer alargando los brazos hacia adelante, Anastasia se volvi—, r‡pida como un rayo, puso la mano que ten’a libre debajo de m’ y ca’ con el pecho sobre la palma de su mano con los dedos bien abiertos. No lleguŽ a tocar el suelo con los brazos. Ella aguant— mi cuerpo con una sola mano y, sin dejar de hablar, lo enderez— sin esfuerzo alguno. Cuando recuperŽ el equilibrio con la ayuda de su mano, continuamos camino como si nada hubiera pasado. Por algœn motivo, me vino a la mente la pistola de gas que llevaba en mi bolsa.

As’, conversando como ’bamos, no me di cuenta de la cantidad de camino que hab’amos recorrido. Cuando sœbitamente, Anastasia se par—, puso mi bolso debajo de un ‡rbol y me inform— con alegr’a:

―ÁAqu’ estamos en casa!

MirŽ a mi alrededor. Era un peque–o y ordenado claro de bosque, con flores entre los majestuosos cedros, pero no hab’a ninguna construcci—n en absoluto. Ni tan siquiera una choza. ÁLiteralmente nada! ÁNo vi ni siquiera un primitivo refugio eventual para la noche! Pero ella se regocijaba como si hubiŽramos llegado a una vivienda de lo m‡s confortable.

―ÀY d—nde est‡ la casa? ÀC—mo duermes, comes, te resguardas de la lluvia...?

―Esta es mi casa, Vladimir. Aqu’ est‡ todo.
Una vaga sensaci—n de alarma empez— a apoderarse de m’.

―ÀD—nde est‡ ese todo? Dame una tetera para poder, por lo menos, hervir agua en el fuego, o dame un hacha.

―No tengo yo tetera ni hacha, Vladimir... y ser’a mejor no encender una hoguera... ―Pero ÀquŽ dices? ÀC—mo que no tienes ninguna tetera? A m’ se me ha acabado el agua. ÀNo lo viste, que incluso tirŽ la botella, cuando terminŽ de comer? Ahora me queda s—lo un par de tragos de co–ac. Hasta el r’o o la aldea hay un d’a entero de

camino, y yo ya estoy cansado y tengo sed. ÀDe d—nde sacas el agua? ÀCon quŽ bebes? Viendo mi p‡nico, Anastasia empez— a turbarse un poco. Me tom— en seguida de la

mano y me llev— a travŽs del clarito hacia el bosque, diciŽndome por el camino:
―Te pido que no te preocupes, Vladimir, por favor, no te apesadumbres. Yo me ocuparŽ de todo. Descansar‡s, dormir‡s bien. Yo lo harŽ todo. No tendr‡s fr’o. ÀTienes

sed? Ahora te darŽ de beber.
S—lo a diez o quince metros del claro tras las matas, ante nosotros apareci— un

peque–o lago de la taiga. Anastasia r‡pidamente sac— un poco de agua con sus manos que acerc— a mi boca.

―Aqu’ est‡ el agua. Bebe, por favor.
―Pero tœ quŽ, Àte has vuelto loca? ÀC—mo se puede beber agua directamente de una

charca del bosque? Si tœ has visto que yo bebo agua borzhomi30. En el barco, incluso para ba–arnos, pasamos el agua del r’o a travŽs de un filtro especial, la cloramos y la ozonizamos.

30Borzhomi – un tipo de agua mineral de las monta–as del C‡ucaso en Georgia muy popular, famosa por sus propiedades.

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―Esto no es una charca, Vladimir. El agua aqu’ es pura y viva. ÁEs buena! No est‡ medio matada como la que tenŽis vosotros. Esta agua se puede beber, es como la leche de la madre. Mira.

Anastasia se llev— las manos a la boca y bebi— el agua. Se me escap—:
―Anastasia, Àeres una fiera?

―ÀPor quŽ una ÒfieraÓ? ÀPorque mi lecho no es igual que el tuyo? ÀPorque no tengo coche ni aparatos de todo tipo?

―Porque vives como una fiera en el bosque, no tienes nada y, segœn parece, eso te gusta.

―S’, me gusta vivir aqu’. ―ÀVes?, tœ misma lo confirmas.

―ÀTœ consideras, Vladimir, que el ser humano se distingue de todo lo viviente en la Tierra por la peculiaridad de poseer objetos creados artificialmente?

―ÁSi! Y m‡s exactamente, por su civilizado modo de vida.

―ÀTœ consideras que tu modo de vida es m‡s civilizado? S’, claro, as’ lo crees. Pero no soy una fiera Vladimir. ÁSoy un Ser Humano!

4

ÀQuienes son?

Posteriormente, despuŽs de pasar tres d’as con Anastasia y observando c—mo esta extra–a mujer joven vive sola en plena taiga siberiana, lleguŽ a comprender algo de su manera de vivir y me surgieron algunas preguntas respecto a la nuestra.

Una de estas preguntas me sigue intranquilizando hasta el d’a de hoy. ÀEs nuestro sistema educativo y de crianza de los ni–os suficiente para comprender la esencia de la existencia? ÀEs adecuado para que cada persona pueda establecer las prioridades de su vida correctamente? ÀEst‡ este sistema de educaci—n ayudando o impidiendo la comprensi—n de la esencia y el prop—sito del Hombre?

Hemos creado un vasto sistema educativo. Es en base a este sistema que ense–amos a nuestros hijos y unos a otros. En la guarder’a, la escuela, la universidad, los estudios de postgrado... Es este sistema el que nos permite inventar cosas, volar al Espacio C—smico. Nuestra vida cotidiana gira en torno a este sistema. Nos esforzamos en conseguir la felicidad a travŽs de Žl. Tratamos de conocer el Cosmos y el ‡tomo, as’ como todo tipo de fen—menos an—malos. Nos encanta discutirlos y describirlos en historias sensacionales tanto en la prensa popular como en publicaciones cient’ficas.

Pero hay un fen—meno que, no se sabe por quŽ, tratamos con todo nuestro empe–o de evitar. ÁCon mucho empe–o! Da la impresi—n de que tenemos miedo de hablar sobre ello. Y tenemos miedo, digo yo, porque esto podr’a derribar con facilidad nuestros sistemas de ense–anza universalmente admitidos y nuestras conclusiones cient’ficas, y porque adem‡s cuestiona el fundamento de nuestra vida. Nos esforzamos por aparentar que este fen—meno no existe. ÁPero s’ que existe! Y seguir‡ existiendo por m‡s que le volvamos la espalda o lo evitemos.

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ÀNo es hora de prestarle m‡s atenci—n, y quiz‡s, con el esfuerzo colectivo de todas nuestras mentes humanas juntas encontrar respuesta a la siguiente pregunta?: ÀPor quŽ los grandes maestros, las personas que han dado lugar a las doctrinas religiosas, a las diferentes doctrinas que sigue la mayor parte de la humanidad, o al menos lo intenta, por quŽ todos, sin excepci—n, antes de crear sus doctrinas, se hac’an anacoretas, se aislaban –en la mayor’a de los casos– en el bosque? No en alguna sœper-academia, atenci—n a esto, sino precisamente Áen el bosque!

ÀPor quŽ MoisŽs, del Antiguo Testamento, se fue mucho tiempo al bosque en la monta–a antes de volver y presentar al mundo el conocimiento expuesto en las tablas de piedra?

ÀPor quŽ Jesucristo se aislaba hasta de sus disc’pulos en el desierto, en las monta–as, y en el bosque?

ÀPor quŽ un hombre llamado Siddhartha Gautama, que vivi— en la India a mitad del siglo sexto A.C., se aisl— en el bosque durante siete a–os; tras lo cual, sali— del bosque este anacoreta, ya preparado para presentar a la gente su doctrina? Doctrina, que hasta hoy d’a, miles de a–os despuŽs, agita a multitud de mentes humanas. Y construye la gente grandes templos y llaman a la doctrina budismo. Y al propio hombre llamaron posteriormente Buda.

ÀPor quŽ antepasados nuestros, no tan antiguos, como Serafim de Sarov31 o Sergio de Radoneje32, reconocidos ahora como personalidades hist—ricas, tambiŽn se fueron al bosque para ser anacoretas y en un corto espacio de tiempo concibieron una sabidur’a de tal profundidad que, en busca de su consejo, viajaron por caminos intransitables los zares?

En los sitios de sus respectivos aislamientos se edificaron monasterios y majestuosos templos. As’, por ejemplo, el monasterio de Laura de la Trinidad-San-Sergio33, en la ciudad de Sergiev Posad, de la provincia de Moscœ, sigue atrayendo a muchedumbres hasta el d’a de hoy. Y todo comenz— a partir de un solo anacoreta del bosque.

ÀPor quŽ? ÀQuŽ o quiŽn ayudaba a esta gente a concebir la sabidur’a, les dio los conocimientos, les acerc— a la comprensi—n de la esencia de la existencia? ÀC—mo viv’an, quŽ hac’an, quŽ pensaban cuando se aislaban en el bosque?

Estas preguntas empezaron a surgirme algœn tiempo despuŽs de mi contacto con Anastasia... Y entonces empecŽ a leer todo lo que pude encontrar sobre los anacoretas. Pero al d’a de hoy, no he encontrado una respuesta. Por algœn motivo, en ningœn lado se describe quŽ pasaba con ellos all’.

Las respuestas, creo, han de ser buscadas con un esfuerzo colectivo. Por mi parte, procurarŽ describir los acontecimientos que tuvieron lugar durante aquellos tres d’as de mi estancia en el bosque de la taiga siberiana, y mis impresiones tras mis

31 Serafim de Sarov (1753- 1833) – uno de los santos m‡s estimados de la iglesia ortodoxa. Durante quince a–os (desde 1794) vivi— en una caba–a aislada, construida a la orilla del r’o Sorovka, en el bosque de Sarov, situado al norte de la provincia de Tambov y al sur de la de Nizhni-Novgorod en el centro de Rusia. Pose’a el don de profec’a y curaci—n de gente. Es fundador de un convento de mujeres en Diveyevo, que sigue existiendo hoy d’a.

32 Sergio de Radonege (1314- 1392) – considerado como santo entre los ortodoxos rusos. En 1334 abandon— la ciudad y construy— en pleno bosque una capilla y una caba–a. Pas— tres a–os en plena soledad. Fue consejero de pr’ncipes y nobles, pero tambiŽn del pueblo. La poblaci—n de la Žpoca en que vivi— hab’a sido destruida por la invasi—n de los t‡rtaros (1237-40) y por guerras fratricidas. Fue el restaurador de la unidad nacional. Hizo muchas Òperegrinaciones de pazÓ yendo a pie de unas ciudades a otras para reconciliar a los pr’ncipes enemigos. Fund— muchos monasterios.

33Laura de la Trinidad-San-Sergio: monasterio fundado por Sergio de Radonege en 1340. Mientras vivi— su fundador tuvo una gran influencia sobre la vida de todo el pa’s y vino a ser la Òcasa madreÓ de otros cien monasterios. Declarada Òreserva de arte nacional.Ó

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conversaciones con Anastasia, con la esperanza de que alguien podr‡ llegar a captar la esencia de este fen—meno y sacar‡ algunas conclusiones sobre nuestro modo de vida.

Por ahora, de todo lo que he visto y o’do, s—lo una cosa es indiscutible para m’: la gente que vive en el bosque como ermita–a, incluso Anastasia, ve todo lo que sucede en nuestra vida desde un ‡ngulo diferente de como lo vemos nosotros. Algunas de las ideas de Anastasia difieren 180 grados de las admitidas comœnmente. ÀQuiŽn est‡ m‡s cerca de la verdad? ÀQuiŽn lo tiene que juzgar?

Mi tarea es solamente exponer lo que he visto y o’do. Y dar as’ la oportunidad a los dem‡s de encontrar una respuesta.

Anastasia vive en el bosque completamente sola, no tiene ninguna vivienda, casi no lleva ropa y no reserva provisiones. Ella es descendiente de personas que han estado viviendo aqu’ desde hace miles de a–os y fueron representantes como de otra civilizaci—n diferente. Ella y sus semejantes han sobrevivido hasta nuestros d’as, gracias, segœn mi parecer, a una muy sabia decisi—n. Muy probablemente, la œnica posible para preservarse: cuando se mezclan entre nosotros, procuran no distinguirse en nada de la apariencia de la gente corriente. Y en los lugares donde habitan se fusionan con la naturaleza. Estos lugares son dif’ciles de descubrir. De hecho, la presencia del hombre en estos sitios, tan s—lo se puede notar porque est‡ todo como m‡s cuidado, m‡s bonito, como en el claro de bosque de Anastasia en la taiga, por ejemplo.

Anastasia naci— aqu’ y es parte integrante de la naturaleza. A diferencia de los otros grandes anacoretas conocidos por nosotros, ella no se aisl— en el bosque s—lo por un cierto tiempo, como ellos hicieron. Ella naci— en la taiga y solamente visita nuestro mundo en periodos breves. En base a esto, parece haber una explicaci—n muy sencilla para aquel fen—meno –a primera vista m’stico– que ocurri— cuando me sobrevino aquel fuerte miedo y perd’ la consciencia intentando hacerme con Anastasia. As’ como el hombre domestica a un gato, un perro, un elefante, un tigre, un ‡guila... aqu’ todo lo que le rodea est‡ domesticado. Y este todo es incapaz de permitir que le pase algo malo a ella. Anastasia contaba que cuando ella naci— y ten’a menos de un a–o, su madre pod’a dejarla sola en la hierba.

―ÀY no te mor’as de hambre? ―preguntaba yo.
La anacoreta de la taiga me mir— al principio con asombro, pero despuŽs contest—:

―Los problemas de alimentaci—n no deben existir para el Hombre. Hay que alimentarse como se respira, sin prestarle atenci—n, sin distraer el pensamiento de lo principal. El Creador encarg— a otros esta tarea, para que el Hombre pudiera vivir, como Hombre, cumpliendo su propio prop—sito.

Ella chasque— los dedos y a su lado se apareci— una ardillita, que salt— a su mano. Anastasia llev— el hociquito de la fierecilla a su boca y la ardillita le pas— de su boca el coraz—n de un pi–—n de cedro ya pelado. Esto no me pareci— algo fuera de lo normal. RecordŽ que en el Academgorodok de Novosibirsk34, muchas ardillas, acostumbradas a la gente, mendigan el cebo a los paseantes y hasta se enfadan si no les obsequian con algo... Y aqu’ simplemente estaba observando el proceso inverso. Pero aqu’ es la taiga. Entonces, yo dije:

―En nuestro mundo, el mundo normal, todo est‡ organizado de otra manera. Tœ, Anastasia, intenta chasquear los dedos delante de un quiosco privado. Hasta puedes tocar el tambor, nadie te dar‡ nada. Y tœ dices que el Creador lo solucion— todo.

34Academgorodok ("el pueblo acadŽmico") de Novosibirsk: es el centro cient’fico de Siberia con varios institutos cient’ficos de nivel mundial. Los cient’ficos viven y trabajan aqu’. TambiŽn se considera como una curiosidad de la ciudad de Novosibirsk por su bosque œnico, donde habitan junto a la gente, muchas especies de aves incluidas en el libro rojo.

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―ÀY quiŽn tiene la culpa de que el Hombre decidiera cambiar la creaci—n de Dios? Intenta entenderlo tœ mismo. ÀEs para mejor? ÀPara peor?

Este es el di‡logo que tuve con Anastasia sobre la cuesti—n de la alimentaci—n. Su posici—n es sencilla: va contra natura malgastar el tiempo en pensar en nimiedades tales como la comida, y ella no piensa en esto. ÀY resulta que en nuestro mundo civilizado, s’ hay que pensar en ello?

Nosotros conocemos por libros, reportajes de prensa y programas de la tele, numerosos ejemplos de infantes que habiendo accidentalmente quedado atrapados en plena naturaleza salvaje, han sido alimentados por lobos. Pero aqu’ es otra cosa: generaciones de gente han vivido permanentemente aqu’ en la taiga y sus relaciones con el mundo de los animales son distintas a las nuestras. Yo le preguntŽ a Anastasia:

―ÀPor quŽ no tienes fr’o cuando yo tengo que estar aqu’ con la cazadora puesta?

―Porque el organismo de la gente que se abriga con ropa y busca amparo del calor y del fr’o, lo que hace es que va perdiendo gradualmente la capacidad de adaptarse a los cambios del medio ambiente ―contest— ella― y yo no perd’ esta capacidad del organismo humano, por eso no tengo tanta necesidad de ropa.

5
El dormitorio del bosque

Yo no llevaba ningœn equipo apropiado para pasar la noche en el bosque salvaje. Anastasia me acost— en una cueva-osera. Cansado como estaba, tras la dura caminata, me quedŽ dormido r‡pida y profundamente. Cuando despertŽ ten’a una sensaci—n de suprema felicidad y confort, como si estuviera acostado en una cama c—moda y magn’fica.

La osera, o la cueva, era espaciosa y estaba cubierta de diminutas ramitas de cedro esponjosas y hierba seca, que inundaban el ambiente de un agradable aroma. Al desperezarme y estirar los brazos, rocŽ con una mano una piel ÒlanudaÓ y enseguida interpretŽ que Anastasia, de alguna manera, ten’a algo de cazadora. Me arrimŽ al pellejo, pegando la espalda a su calorcito y decid’ dormir un poco m‡s.

Anastasia estaba de pie a la entrada del dormitorio de la taiga y cuando not— que me hab’a despertado, enseguida dijo:

―Que este d’a te llegue lleno de bendiciones, Vladimir. Rec’belo tœ tambiŽn con tu bondad. Pero por favor, no te asustes.

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DespuŽs ella dio unas palmadas y el "pellejo"... con espanto comprend’ que no era un "pellejo". De la osera, con cuidado, empez— a salir un oso.

Al recibir una palmada de aprobaci—n de Anastasia, el oso lami— su mano y anduvo torpemente hacia fuera del claro. Result— que ella hab’a puesto hierba del sue–o en mi cabecera e hizo que el oso se tumbara a mi lado para que no tuviera fr’o. Ella misma durmi— acurrucada fuera, en la entrada.

―Pero... Àc—mo se te ha ocurrido hacerme esto, Anastasia? ÁEl oso pod’a haberme desgarrado hasta matarme o aplastarme!

―No es Žl, es ella. Es una osa. Y es imposible que pudiera hacerte da–o ―contest— Anastasia―. Es muy obediente. Le encanta que le mande tareas y cumplirlas. Ni se ha movido en toda la noche. Nada m‡s peg— su hocico a mis piernas y se qued— quietecita sintiŽndose completamente feliz. S—lo se estremec’a un poco cuando desparramabas tus manos en sue–os y le dabas en la espalda.

6
La ma–ana de Anastasia.

Anastasia se acuesta al anochecer en alguno de los abrigos hechos por los moradores del bosque, m‡s a menudo en la osera. Cuando hace buen tiempo, puede dormir directamente en la hierba. Lo primero que hace cuando se despierta es celebrar con jœbilo la salida del sol, los nuevos reto–os que aparecen en las ramas, los nuevos brotes que emergen de la tierra. Los toca con sus manos, los acaricia, a veces los asiste un poco. DespuŽs se acerca corriendo a los ‡rboles peque–os y da una sacudida en el tronco. La copa del ‡rbol empieza a temblar y cae sobre ella algo parecido a polen o roc’o. DespuŽs se tumba en la hierba y durante unos cinco minutos, se estira y se retuerce dichosamente. Todo su cuerpo se cubre de lo que pareciera una crema hœmeda. Tomando carrerilla, salta a su peque–o lago, all’ chapotea y se zambulle. ÁEs una magn’fica buceadora!

Su relaci—n con el mundo animal que la rodea es similar a la que tiene la gente con sus animales domŽsticos. Muchos de ellos la observan mientras realiza su actividad matutina. No se le acercan, pero s—lo tiene ella que dirigir su mirada hacia alguno y llamarlo con un gesto apenas perceptible para que el dichoso animal salga a toda prisa y vuele a sus pies.

Yo vi c—mo ella por la ma–ana hac’a travesuras jugando con una loba como si fuera con un perro domŽstico. Anastasia dio a la loba una palmada en el cogote y se puso a correr impetuosamente. La loba se ech— a correr tras ella y cuando ya estaba por alcanzarla, Anastasia de repente dio un salto en el aire, salt— sobre el tronco de un ‡rbol e, impuls‡ndose con los pies, vol— en direcci—n opuesta. La loba no pudo parar y se pas— el ‡rbol corriendo, dio la vuelta y ech— a correr tras la carcajeante Anastasia.

Anastasia no piensa en absoluto en el tema de la alimentaci—n o la ropa. Normalmente va desnuda o semidesnuda. Se sustenta con los pi–ones de cedro, as’ como con diversas hierbas, bayas y setas. Las setas las come s—lo secas. Ella nunca recoge las setas ni los pi–ones, no guarda provisi—n o vitualla alguna, ni para el invierno. De todo esto se

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ocupan la gran cantidad de ardillas que habitan en estos parajes. No hay nada sorprendente en el hecho de que las ardillas guarden provisiones para el invierno, as’ lo hacen en todas partes siguiendo su instinto natural. Lo que me sorprendi— fue otra cosa: al chasquido de sus dedos, todas las ardillas que estŽn cerca compiten por saltar a la mano alargada de Anastasia y darle el fruto del cedro, ya pelado. Y cuando Anastasia da una palmada en su rodilla flexionada, las ardillas emiten un cierto sonido, como llamando, avisando a las otras, y empiezan a traer y apilar ante ella en la hierba setas secas y otros v’veres. Y lo hacen, segœn me pareci—, con mucho gusto. Yo pensŽ que ella las amaestraba, pero Anastasia me dijo que sus acciones son m‡s bien instintivas y que la madre-ardillita ense–a a sus peque–os con su propio ejemplo.

―Puede que antes, alguno de mis lejanos antepasados las amaestrara, pero lo m‡s probable es que Žsta sea simplemente su prop—sito. Hacia el invierno cada ardillita hace acopio de varias veces m‡s v’veres de los que ella misma puede comer.

A mi pregunta: ―ÀC—mo es que no te hielas en invierno sin la ropa apropiada? Anastasia me contest— con la pregunta: ―ÀAcaso en vuestro mundo no hay ejemplos de la posibilidad que tiene el Hombre de soportar las nevadas sin usar ropa? Y yo me acordŽ de un libro de Porfiry Ivanov35, que describ’a c—mo iba con calzoncillos y descalzo en cualquier nevada. En este libro tambiŽn se describ’a c—mo los fascistas, deseando poner a prueba el aguante de este extraordinario hombre ruso, vert’an agua fr’a sobre Žl con veinte grados bajo cero de temperatura en el ambiente y lo montaban en una motocicleta, desnudo.

En su tierna infancia, adem‡s de la leche de su madre, Anastasia pudo tomar leche de diferentes animales. Ellas la dejaban arrimarse a sus pezones libremente. No hace ningœn ritual de la comida, nunca se sienta especialmente para comer, sino que puede coger una baya o algœn reto–o sobre la marcha y continœa haciendo sus cosas sin distraerse.

Al final de mi estancia de tres d’as en la taiga, ya no pod’a tratarla como en nuestro primer encuentro. DespuŽs de todo lo que vi y o’ de su boca, Anastasia se transform— para m’ en algœn tipo de criatura peculiar. No un animal, claro, porque su intelecto es muy alto, y tiene una memoria... Tiene tal memoria, que simplemente nunca olvida nada de lo que alguna vez ha visto u o’do. A veces parec’a que sus capacidades estaban fuera de los l’mites de la comprensi—n de una persona ordinaria. Y precisamente, esta actitud m’a de no poder tratarla como a un ser normal la aflig’a mucho y la apesadumbraba.

A diferencia de otra gente conocida por nosotros con capacidades extraordinarias, que se envuelve en una aureola de misterio y exclusividad, ella se esforzaba todo el tiempo por explicar y revelar el mecanismo de sus capacidades para demostrar que, ni en ella ni en el mecanismo, hay nada de sobrenatural para el ser humano; que ella es humana: una mujer. Todo el rato me ped’a que tomara conciencia de esto. Entonces, yo intentaba

Porfiri KornŽyevich Ivanov (1898-1983) creador del sistema sanativa, uno de los m‡s eficientes del siglo XX. El mŽtodo consiste en el contacto con los "tres elementos de la naturaleza" –la tierra, el aire y el agua– a travŽs del ba–o en el agua dos veces al d’a con cualquier clima, andadura descalzo sobre el roc’o y la nieve, pr‡cticamente completa renuncia a llevar ropa con cualquier clima. A sus 35 a–os, estando en el œltimo estadio de la enfermedad de c‡ncer, desesperado, sali— al fr’o y verti— agua sobre s’ mismo durante unos d’as, deseando helarse y resfriarse. Pero el c‡ncer empez— a remitir. ƒl escribe sus pensamientos de aquel tiempo: "Pero Àc—mo puede ser que nos escondamos de aquello en la naturaleza que nos da salud?". Su sistema de templaci—n, que practica ahora mucha gente, est‡ resumido en las 12 sencillas reglas de conducta expuestas en su libro ÒDetka" ("Nene") cuya idea principal es que el Hombre es hijo de la naturaleza nene detkaÓ tal como llamaba Porfiry, cari–osamente, a cada persona). ƒl dec’a: "El hecho es que es imposible conseguir algo de la naturaleza, tampoco salud, teniendo malos sentimientos. La naturaleza se abre, ayuda y se conf’a en el Hombre con emociones positivas y sentimientos puros".

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tomar conciencia de ello, esforz‡ndome por encontrar una explicaci—n a lo extraordinario.

El cerebro de una persona en nuestra civilizaci—n est‡ b‡sicamente ocupado en encontrar la manera de tener una vida confortable, obtener alimentos y satisfacer sus instintos sexuales. Anastasia no gasta el tiempo en esto en absoluto. En cuanto a la gente que se encuentra en la situaci—n de los Lýkovs36, tambiŽn est‡n forzados a preocuparse todo el tiempo por el sustento y acondicionamiento de su morada. La naturaleza no les ayuda en el mismo grado que a Anastasia. Las tribus de todo tipo, que viven a una gran distancia de la civilizaci—n, tampoco tienen un contacto as’. Anastasia explica esto diciendo que sus pensamientos no son suficientemente puros y la naturaleza, el mundo animal, lo percibe.

7
El Rayito de Anastasia.

De las capacidades de Anastasia, la que me parec’a m‡s extraordinaria y m’stica, cuando estuve en el bosque, era su capacidad de ver a larga distancia, a las personas y a las situaciones que les suceden a Žstas. Puede que otros ermita–os tuvieran la misma habilidad.

Esto lo hac’a por medio de un rayo invisible. Afirmaba que todo el mundo posee este rayo, pero al ignorar que lo tienen, no pueden utilizarlo.

―El Hombre no ha inventado todav’a nada que no exista en la naturaleza. La tecnolog’a que sustenta la televisi—n, es solamente una m’sera sombra de las posibilidades de este rayito.

Al ser el rayo invisible, yo no cre’a en Žl, a pesar de que ella intentaba reiteradamente demostrar y explicar su funcionamiento y encontrar argumentos y explicaciones comprensibles. Hasta que una vez...

―Dime, Vladimir, ÀquŽ crees tœ que son las enso–aciones? ÀHay mucha gente capaz de so–ar despierta?

―Si, creo que mucha gente puede so–ar despierta. Una enso–aci—n es cuando alguien se imagina a s’ mismo en un futuro deseado.

―Bien. ÀEntonces no niegas que el Hombre tiene la capacidad de modelar su futuro, de visualizar diferentes situaciones concretas?

―No lo niego.
―ÀY quŽ es intuici—n?

―Intuici—n... es probablemente una sensaci—n que te sugiere c—mo tienes que actuar ante una situaci—n, aunque previamente no hayas analizado quŽ puede pasar ni por quŽ.

―Entonces, Àno niegas que en cada persona existe algo, adem‡s del razonamiento anal’tico normal, que le ayuda a determinar su propio comportamiento y el de los otros?

―Supongo que s’. No lo niego.
―ÁPerfecto! ÁBien! ―exclam— Anastasia― ÁAhora el sue–o! ÀUn sue–o, quŽ es?

Los sue–os que casi toda la gente ve cuando duerme.
―Un sue–o es... No sŽ realmente quŽ es. Un sue–o es simplemente un sue–o.

36 Ver nota en cap’tulo 2.

23 2

―Bueno, bueno. Que sea simplemente un sue–o. Entonces, no niegas que existe Àverdad? Tœ y otra gente sabŽis que una persona en estado de sue–o, cuando su cuerpo est‡ casi fuera del control de una parte de su conciencia, puede ver personas y todo tipo de acontecimientos.

―Bueno, creo que nadie va a negar eso.
―ÀY tambiŽn en un sue–o puede la gente comunicarse, tener conversaciones,

empatizar? ―S’, pueden.

―ÀY tœ crees que una persona puede dirigir su sue–o, hacer venir im‡genes y eventos que desea ver? ÀComo por la televisi—n normal y corriente por ejemplo?

―No creo que eso le funcione a nadie. El sue–o, de alguna manera, viene por s’ mismo.

―Te equivocas, el Hombre puede controlarlo todo. De hecho, chelovek est‡ designado para dirigirlo todo. El rayito del que te hablo est‡ compuesto de la informaci—n que una persona posee, de su imaginaci—n, su intuici—n, sus sentimientos del alma, y como consecuencia, de las visiones parecidas a cuando duermes, conscientemente dirigidas por la voluntad de la persona.

―Pero Àc—mo es posible controlar un sue–o en el sue–o?

―No en el sue–o. En la realidad. Como programado con antelaci—n y con exactitud absoluta. Vosotros s—lo tenŽis esas visiones cuando dorm’s y adem‡s de forma ca—tica. El ser humano ha perdido la mayor parte de sus capacidades de dirigir los fen—menos de la Naturaleza y a s’ mismo. Por eso, ha determinado que el sue–o es solamente un producto innecesario de su cerebro cansado. Y en realidad, casi toda la gente en la Tierra... ÀQuieres que ahora mismo intente ayudarte a ver algo a distancia?

―Vale, intŽntalo.
―Tœmbate en la hierba y rel‡jate, para que el cuerpo no use mucha energ’a. Es

necesario que te sientas c—modo. ÀNo te molesta nada? Ahora piensa en la persona que mejor conoces, en tu mujer, por ejemplo. AcuŽrdate de sus costumbres, su modo de andar, su ropa, piensa d—nde puede estar ella en este momento y visual’zalo todo con tu imaginaci—n.

Me acordŽ de mi mujer, sabiendo que en ese momento podr’a estar en nuestra casa de campo. Me imaginŽ la casa, algunas cosas, el mobiliario. Mucho me vino a la memoria y detalladamente, pero no v’ nada. Se lo dije a Anastasia, y ella contest—:

―Es que no est‡s logrando relajarte completamente, tiene que ser como si fueras a dormirte. Voy a ayudarte. Cierra los ojos. Extiende bien los brazos en diferentes direcciones.

DespuŽs sent’ un roce de sus dedos en los m’os y empecŽ a sumirme en un estado de somnolencia...

...Mi mujer estaba en la cocina de la casa de campo. Encima de su bata habitual ten’a puesta la chaqueta de punto. O sea, que hac’a fresco en la casa. Otra vez complicaciones con el sistema de calefacci—n.

Mi mujer estaba haciendo cafŽ en la cocina de gas. Y tambiŽn algo en la cacerolilla del perro. Ten’a la cara ce–uda y disgustada, se mov’a con desgana. De pronto, levant— la cabeza, se acerc— a la ventana a paso ligero, mir— la lluvia y sonri—. El cafŽ se hab’a salido, ella agarr— el cazo con el cafŽ ya empezando a verterse, sin fruncir el ce–o por esto ni irritarse, como hubiera hecho normalmente. Se quit— la chaqueta...

Me despertŽ.

―ÀY quŽ? ÀHas visto algo? ―pregunt— Anastasia.
―S’, lo he visto. Pero Àes posible que s—lo fuera un sue–o normal? ―ÀC—mo que normal? ÁSi tœ planeabas verla precisamente a ella!

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―S’, lo planeaba. Y la vi. Pero Àd—nde est‡ la prueba de que ella verdaderamente estaba all’ en la cocina justo en el momento que la v’ en el sue–o?

―Guarda en la memoria el d’a y la hora, Vladimir, si te quieres cerciorar. Cuando regreses a casa, le preguntas. ÀY no notaste nada m‡s fuera de lo habitual?

―Nada.

―ÀAcaso no viste la sonrisa en la cara de tu mujer, cuando se acerc— a la ventana? Ella sonri— y no se irrit— por el cafŽ derramado.

―S’, me di cuenta. Seguramente, vio algo bueno desde la ventana que le regocij—. ―Lo que vio por la ventana fue solamente lluvia. La lluvia que nunca le ha gustado. ―Entonces, Àpor quŽ sonre’a?
―Es que yo tambiŽn mirŽ a tu mujer con mi rayito y le di calor.

― Entonces, tu rayito le dio calor. ÀY el m’o quŽ? ÀEst‡ fr’o?
―Tœ mirabas solamente por curiosidad, sin poner ningœn sentimiento.
―ÀEntonces tu rayito puede calentar a alguien a distancia?
―Puede.
―ÀY quŽ m‡s puede hacer?
―Obtener o traspasar cierta informaci—n. Mejorar el humor y, en parte, se pueden

expulsar las enfermedades de la persona con el rayito. Y mucho m‡s. Depende de la energ’a que uno tiene, de la fuerza de los sentimientos, la voluntad y el deseo.

―Y el futuro, Àlo puedes ver?
―ÁPor supuesto!
―ÀY el pasado?
―El futuro y el pasado es casi lo mismo. La distinci—n est‡ solamente en los detalles

exteriores. Lo esencial siempre est‡ invariable.
―Pero Àc—mo? ÀQuŽ es lo que puede ser invariable?
―Por ejemplo, hace mil a–os la gente llevaba otra ropa. Usaban utensilios distintos en

la vida cotidiana. Pero esto no es lo principal. En aquellos tiempos, igual que ahora, la gente ten’a los mismos sentimientos. Los sentimientos no dependen del tiempo.

―Miedo, alegr’a, amor. Imagina a Yaroslav el Sabio37, a Ivan El Terrible38 o a un fara—n. Todos pod’an amar a su mujer exactamente con los mismos sentimientos que tœ o cualquier otro hoy en d’a.

―Es interesante. Pero hay algo que no se entiende. ÀAfirmas que cada persona puede tener un rayo como el tuyo?

―Por supuesto que s’. Todav’a hoy, a las personas les quedan sentimientos e intuiciones; tienen la capacidad de so–ar despiertos, de suponer, de modelar ciertas situaciones y de tener sue–os cuando duermen, pero la cuesti—n es que todo esto ocurre de una forma ca—tica y no dirigida.

―ÀPuede que haya que entrenarse de alguna manera? ÀElaborar ciertos ejercicios? ―Puede ayudar el hacer cierto entrenamiento. Pero Àsabes, Vladimir?, hay una

condici—n indispensable para que el rayito se someta a la voluntad... ―ÀQuŽ otra condici—n m‡s?

―Es completamente indispensable mantener la pureza de los pensamientos. Y en cuanto a la potencia del rayo, Žsta depende de la fuerza de los sentimientos luminosos.

―ÁYa estamos! Cuando parec’a que todo empezaba a aclararse... Pero, ÀquŽ tiene que ver aqu’ la pureza de los pensamientos? ÀQuŽ tienen que ver los sentimientos luminosos?

37 Yaroslav el Sabio: En ruso: Yaroslav Mudry; (978-1054). Un Gran Pr’ncipe de Kiev que logr— imponer una cierta unidad entre los beligerantes principados, consolid— las fronteras y estableci— uniones din‡sticas con ciertos pa’ses de Europa.
38 Ivan el Terrible: en ruso: Ivan IV, Ivan Grozny, (1530-1584). El primer Gran Pr’ncipe Ruso que se proclam— a s’ mismo Zar de todas las Rusias.

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―Ellos son la energ’a del rayito.
―Ya est‡, Anastasia. Esto as’ ya no es interesante. DespuŽs a–adir‡s otra cosa m‡s... ―Lo esencial ya lo he dicho.
―Decirlo lo has dicho, pero hay demasiadas condiciones. Vamos a hablar de otro

tema. Algo m‡s sencillo...

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Durante todo el d’a, Anastasia est‡ sumida en reflexiones, modelando toda clase de situaciones que suceden en nuestra vida pasada, presente y futura.

Anastasia tiene una memoria colosal. Ella se acuerda de multitud de personas que ha visto en sus visiones o a travŽs de su rayito, y de sus emociones interiores. Como una actriz genial, puede imitar su modo de andar y hablar, puede pensar como ellos. Ella concentra en s’ misma la experiencia vital de multitud de personas del pasado y del presente. Y aprovecha toda esta experiencia para modelar el futuro y ayudar a los otros. Lo hace a larga distancia por medio del rayo invisible, y aquellos a quienes ella presenta su ayuda a modo de una inspiraci—n o una soluci—n, o a los que cura, ni siquiera sospechan que ella les est‡ ayudando.

Fue m‡s tarde que pude averiguar, que tales rayos invisibles, pero de distintos grados de potencia, son emanados por todas las personas. El acadŽmico Akimov los fotografi— con aparatos especiales y public— las fotograf’as de estos rayos en 1996 en el nœmero de mayo de la revista Chudesa i prikliuchenia (Maravillas y Aventuras). Por desgracia no podemos usar estos rayos como ella. El tŽrmino cient’fico que denomina un fen—meno semejante a este rayo se llama campos de torsi—n39.

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La concepci—n del mundo de Anastasia es singular e interesante.
―ÀQuŽ es Dios, Anastasia? ÀExiste? Y si es as’, Àpor quŽ nadie Le ha visto?
―Dios es la Raz—n o Inteligencia interplanetaria. No se encuentra en una masa œnica.

La mitad de ƒl permanece en la parte inmaterial del Universo. Es un complejo de todas las energ’as. Su otra mitad est‡ dispersada en part’culas por la Tierra, cada ser humano porta una. Las fuerzas oscuras aspiran a bloquear estas part’culas.

―ÀQuŽ le espera a nuestra sociedad a tu juicio?
―La perspectiva es una toma de conciencia de lo pernicioso del camino tecnocr‡tico

del desarrollo y una vuelta hacia los or’genes.

39

Campos de torsi—n: En el a–o 1913, el cient’fico francŽs Ely Kartan supuso que el mundo est‡ dirigido, no s—lo por la fuerza de la gravedad y el electromagnetismo, sino tambiŽn por una tercera fuerza, a la que los cient’ficos llamaron el campo de torsi—n o de informaci—n, ya que es en este campo donde se guarda todo lo que ha existido, existe y existir‡. Su existencia fue comprobada matem‡ticamente. El centro cient’fico-tŽcnico de las tecnolog’as no tradicionales dirigido por el acadŽmico Anatoliy EvguŽnyevich Aqu’mov (1938-2007), empez— a investigar en los a–os 80 el campo bioenergŽtico y la energo estructura del ser humano. Shipov G. I., entre 1993 y 1996, realiz— una gran aportaci—n al desarrollo de la teor’a f’sica al descubrir siete estadios de la materia. Anteriormente, fueron descritos cuatro estados: s—lido, l’quido, gaseoso y plasma. Shipov, con ayuda de las ecuaciones geometrizadas de Einstein, describi— tres estados m‡s: vac’o, campos de torsi—n y ÒLa Nada AbsolutaÓ, a partir de la cual se originan todos los dem‡s estados. En la interpretaci—n de Shipov y Aqu’mov, los campos de torsi—n no poseen la energ’a, a diferencia de los campos f’sicos, pero trasladan la informaci—n y esta informaci—n est‡ presente en todos los puntos del espacio-tiempo a la vez. La velocidad de vuelo de la se–al de torsi—n es miles de millones de veces m‡s alta que la velocidad de la luz y puede alcanzar la luna instant‡neamente, mientras que una onda de radio alcanzar’a la luna en 10 minutos.

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―ÀMe quieres decir que todos nuestros cient’ficos son unos seres atrasados que nos llevan a un callej—n sin salida?

―Quiero decir, que por medio de ellos se acelera el proceso con el cual os est‡is acercando a la comprensi—n de que vais por un camino err—neo.

―ÀY quŽ? ÀTodas las m‡quinas y las edificaciones que construimos son en vano? ―S’.
―ÀNo es aburrido para ti vivir aqu’ sola, Anastasia? ÀSin televisi—n ni telŽfono?

―ÁQuŽ cosas m‡s primitivas has nombrado! Esto lo ha tenido el Hombre desde el principio, s—lo que en un estado m‡s perfecto. Y yo las tengo tambiŽn.

―ÀTienes televisor y telŽfono?
―ÀPero quŽ es un televisor? Es un aparato, por medio del cual se lleva alguna

informaci—n a la casi atrofiada imaginaci—n humana, se superponen las im‡genes y se montan argumentos. Yo puedo por medio de mi imaginaci—n dibujar todo tipo de argumentos, cualquier clase de im‡genes, desarrollar las situaciones m‡s incre’bles, y adem‡s participar en ellas yo misma, es decir, influir en la trama. Ay, seguramente me he expresado de manera incomprensible, Àverdad?

―ÀY el telŽfono?

―Un Hombre puede hablar con otro sin ayuda del telŽfono. Para esto s—lo se necesita la voluntad y el deseo de ambos y una imaginaci—n desarrollada.

8
Concierto en la taiga.

Le propuse que se viniera a Moscœ y saliera por televisi—n.
Imag’nate, Anastasia, con tu belleza, podr’as f‡cilmente ser una top model de nivel

mundial.
En ese momento me di cuenta de que las cosas terrenales no le son ajenas y como a

cualquier mujer, le agrada sentirse guapa. Anastasia se ech— a re’r.
ÀLa m‡s-m‡s bella? ÀSi? precis— ella y empez— a hacer teatro como una ni–a,

andando por el claro como una modelo por la pasarela.
Me dieron ganas de re’r al verla imitar a una modelo, poniendo una pierna delante de

otra y mostrando atav’os imaginarios. Me puse a aplaudir e incorpor‡ndome al juego, anunciŽ:

ÁY ahora, estimado pœblico, atenci—n! Ante ustedes la insuperable gimnasta e incomparablemente bella, Anastasia!

Esta presentaci—n la regocij— aœn m‡s. Ella sali— corriendo al centro del claro y dio un incre’ble salto mortal. Primero adelante, despuŽs atr‡s, uno hacia la derecha, otro a la izquierda. DespuŽs salt— muy alto, asiŽndose con una mano a la rama de un ‡rbol y tras balancearse dos veces, se pas— a otro ‡rbol. DespuŽs de haber concluido la actuaci—n con otro salto mortal m‡s, empez— a hacer reverencias coquetamente ante mis aplausos. DespuŽs, sali— corriendo del claro y se escondi— detr‡s de un frondoso matorral. Sonriendo, Anastasia se asomaba desde all’ como si estuviera detr‡s de bastidores, esperando con impaciencia la siguiente presentaci—n. Me acordŽ de un v’deo con una grabaci—n de mis canciones favoritas interpretadas por cantantes populares. De vez en

27 2

cuando por las noches lo ve’a en mi camarote. Al recordar esta cinta, sin pensar si Anastasia podr’a interpretar siquiera algo, anunciŽ:

Estimado pœblico, ahora ante ustedes, las mejores estrellas del pop del momento que interpretar‡n sus mayores Žxitos. ÁAtenci—n, por favor!

ÁOh, c—mo me equivoquŽ al dudar de sus habilidades! Lo que ocurri— a continuaci—n fue algo que nunca podr’a haber imaginado. Apenas hab’a dado un paso desde detr‡s de sus improvisados bastidores, cuando Anastasia comenz— a cantar con la voz de Alla Pugachova40. No, no era simplemente una parodia de la gran cantante o una imitaci—n de su voz, sino que Anastasia cantaba sin ningœn esfuerzo, transmitiendo vivamente, tambiŽn las emociones.

Sin embargo, lo m‡s sorprendente no era esto. Anastasia acentuaba ciertas palabras a–adiendo algo de s’ misma, aport‡ndole matices complementarios, y la canci—n de Alla Pugachova, cuya ejecuci—n parec’a antes imposible de superar, suscitaba ahora toda una gama de sentimientos adicionales, iluminando las im‡genes m‡s v’vidamente.

Por ejemplo, en la siguiente canci—n magn’ficamente interpretada en su totalidad:

Lienzos en su casa gris, era una vez un pintor, Žl amaba a una actriz, ella amaba la flor.

Su casa entonces vendi—, vendi— los cuadros y el lienzo, con el dinero compr—
de flores todo un ocŽano...

Anastasia puso un acento especial en la palabra ÒlienzoÓ. Ella grit— esta palabra con asombro y espanto. Precisamente el ÒlienzoÓ, lo m‡s preciado que pueda tener un pintor, sin lo cual, ya no puede crear, y sin embargo, Žl lo entrega por su amada. DespuŽs, cuando cantaba las palabras El tren a lo lejos se la llev—, Anastasia caracteriz— al artista enamorado, siguiendo con la mirada el tren que se alejaba y se llevaba para siempre a su amada. Vivific— el dolor de su coraz—n, su desolaci—n y su perplejidad.

Maravillado como estaba con todo lo que hab’a visto y o’do, ni pude aplaudir al final de la canci—n. Anastasia, despuŽs de hacer una reverencia esper— los aplausos durante un rato, y al no o’rlos, empez— una nueva canci—n con m‡s empe–o aœn. Interpret— todas mis canciones favoritas en el orden en que las ten’a grabadas en la cinta de v’deo. Y cada canci—n, que yo hab’a escuchado tantas veces antes, sonaba ahora, interpretada por ella, m‡s v’vida y llena de contenido.

DespuŽs de ejecutar la œltima canci—n todav’a sin o’r los aplausos, Anastasia se dirigi— hacia sus ÒbastidoresÓ. Al haberme dejado estupefacto, me quedŽ sentado y callado todav’a un rato m‡s, sintiŽndome bajo un efecto ins—lito. DespuŽs me levantŽ de un salto, me puse a aplaudir y gritŽ:

ÁMagn’fico, Anastasia! ÁBis! ÁBravo! ÁTodos los ejecutantes al escenario! Anastasia sali— con cuidado e hizo una reverencia. Yo todav’a gritaba: ÁBis! ÁBravo! aplaudiendo y zapateando.
Ella tambiŽn se alegr—. Se puso a aplaudir y grit—:

ÀBis significa m‡s?

40Alla Bor’sovna Pugachova (1949- ...) Una de las cantantes rusas de los escenarios y la pantalla m‡s populares del siglo xx, ganadora de premios nacionales e internacionales. Conocida como Òuna leyenda nacional rusaÓ ha hecho muchas giras por el extranjero incluido Canad‡ y AmŽrica. Su Compa–’a Art’stica Alla se desarroll— a partir de su Teatro de Canci—n Alla Pugachova que ella dirigi— desde 1988.

28 2

ÁS’! ÁM‡s! ÁY m‡s! ÁY m‡s!.. ÁLo haces magn’fico, Anastasia! ÁMejor que ellos mismos! ÁIncluso mejor que nuestras estrellas del pop!

Me callŽ y empecŽ a mirar atentamente a Anastasia. PensŽ quŽ polifacŽtica deb’a de ser su alma si hab’a podido a–adir a la interpretaci—n de estas canciones, que ya parec’a perfecta, tantos matices nuevos, hermosos y vivos. Ella tambiŽn se hab’a quedado quieta y me miraba silenciosa e interrogante. Entonces le preguntŽ:

Anastasia, Àtienes alguna canci—n propia? ÀPodr’as interpretar algo tuyo, algo que no haya o’do antes?

Podr’a, pero mi canci—n no tiene palabras. ÀCrees que te podr’a gustar?
Canta, por favor, tu canci—n.
Est‡ bien.
Y ella empez— a cantar su singular canci—n. Anastasia primero lanz— un grito como de

reciŽn nacida. DespuŽs su voz comenz— a sonar suavemente, con ternura y cari–o. Ella estaba bajo un ‡rbol, con las manos estrechadas contra su pecho y la cabeza inclinada, como si arrullara a un bebŽ y lo acariciara suavemente con su voz, diciŽndole algo con ternura. Esta voz silenciosa, admirablemente pura, hizo que todo alrededor de repente se silenciara: incluso los p‡jaros, y el sonido de las chicharras en la hierba. DespuŽs, era como si ella se regocijara al despertarse el ni–o y su voz dejaba o’r su jœbilo. Notas incre’blemente agudas ya planeaban sobre la tierra, ya despegaban a la altura del infinito. La voz de Anastasia, primero imploraba, despuŽs entraba a la lucha, y una vez m‡s, acariciaba al ni–o y regalaba gozo a todo a su alrededor.

Esta sensaci—n de gozo se introdujo en m’ tambiŽn. Y cuando ella hubo terminado su canci—n, gritŽ con alegr’a:

ÁY ahora muy estimadas se–oras, se–ores y camaradas, el œnico e incomparable nœmero de la mejor domadora del mundo! La m‡s sagaz, atrevida y fascinadora, capaz de amansar a cualquier carn’voro. ÁMiren y palpiten!

Anastasia hasta lanz— un chillido de entusiasmo, salt—, empez— a dar palmadas r’tmicamente, grit— algo y dio un silbido. Algo inimaginable comenz— en el claro del bosque.

Primero apareci— la loba que salt— de las matas y se par— al borde del claro, mirando a todos lados sin entender nada. A los ‡rboles cercanos al claro, saltando de rama en rama, llegaban raudas las ardillas. Dos ‡guilas volaban bajo, haciendo c’rculos, y entre las matas se mov’an algunas fierecillas. Se oy— el chasquido de ramas secas. AbriŽndose camino por entre las matas que aplastaba a su paso, entr— corriendo al claro un enorme oso y se qued— clavado cerca de Anastasia. La loba comenz— a gru–irle con desaprobaci—n, quiz‡s, porque el oso se acerc— demasiado a Anastasia sin recibir invitaci—n para ello.

Anastasia se acerc— corriendo al oso, jovialmente acarici— su hocico, le cogi— por las patas delanteras y lo puso en posici—n vertical. A juzgar por el hecho de que no parec’a que ella estuviera haciendo un enorme esfuerzo f’sico, el oso deb’a de estar haciŽndolo por s’ mismo, obedeciendo sus —rdenes en tanto en cuanto las comprend’a. Permanec’a quieto, esforz‡ndose por entender quŽ quer’an de Žl. Anastasia tom— carrerilla, dio un salto a gran altura, se agarr— a la espesa melena del oso, hizo el pino, y baj— de un salto dando una vuelta en el aire. DespuŽs agarr— al oso por la pata, empez— a inclinarse trayŽndose al oso consigo, dando la impresi—n de que ella lo pasaba por encima de sus hombros. Este truco ser’a imposible, si el oso no lo estuviera haciendo Žl mismo. Anastasia solamente le dirig’a. El oso, al principio, empezaba a caerse sobre Anastasia, pero en el œltimo momento se apoyaba con su pata contra la tierra y hac’a, seguramente, todo lo posible para no causarle da–o a su due–a o amiga. La loba se pon’a cada vez

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m‡s nerviosa, ya no estaba parada, sino que corr’a de un lado para otro, disgustada, gru–endo.

Al borde del claro aparecieron algunos lobos m‡s, y cuando Anastasia estaba de nuevo ÒlanzandoÓ al oso por encima de s’, intentando hacerle adem‡s dar una voltereta, el oso se desplom— de lado y se qued— inm—vil.

Y ya, poniŽndose completamente nerviosa y ense–ando los dientes rabiosamente, la loba dio un salto hacia el oso. Con la rapidez de un rel‡mpago Anastasia apareci— en el camino de la loba, y Žsta, comenzando a frenar con las cuatro patas, dio una voltereta y se golpe— contra los pies de Anastasia, la cual inmediatamente puso una mano en el cogote de la loba obedientemente pegada a la tierra. Con la otra mano empez— a hacer se–ales igual que hizo cuando yo quise abrazarla sin su consentimiento.

Alrededor de nosotros el bosque se alborotaba. Pero no como amenazado, sino con excitaci—n. La agitaci—n se dej— sentir tambiŽn en las grandes y peque–as fieras saltando, corriendo y ocult‡ndose. Anastasia empez— a quitar la agitaci—n. Primero acarici— a la loba, le dio unas palmadas en el cogote y la hizo marchar d‡ndole una palmada como a un perro domŽstico. El oso permanec’a tumbado de lado en una postura poco c—moda, como un espantap‡jaros ca’do. Quiz‡s esperaba a ver quŽ m‡s se requer’a de Žl. Anastasia se le acerc—, le hizo levantarse, le acarici— su hocico y le hizo abandonar el claro de la misma manera que a la loba. Enrojecida, alegre, Anastasia se acerc— corriendo y se sent— a mi lado. Inspir— aire profundamente y espir— despacio. NotŽ que su respiraci—n en seguida se hizo regular, como si no hubiera hecho esos ejercicios incre’bles.

Ellos no entienden de actuaciones de teatro, y no hay necesidad de que lo comprendan, esto no es completamente bueno observ— Anastasia y me pregunt—:

Bueno, Àc—mo estuve? ÀPodr’a colocarme en algœn trabajo en vuestro mundo? Lo haces magn’ficamente, Anastasia, pero todo esto ya lo tenemos, nuestros domadores de circo tambiŽn hacen muchos trucos incre’bles con los animales, no podr’as abrirte camino a travŽs de la barrera burocr‡tica, un mont—n de convencionalismos, y chanchullos de todo tipo para colocarte. No tienes ninguna

experiencia en esto.
La forma en que seguimos jugando a continuaci—n consist’a en analizar las distintas

posibilidades sobre d—nde podr’a conseguir Anastasia un empleo en nuestro mundo y c—mo podr’a vencer las formalidades que surgieran. Pero no era f‡cil encontrar alguna posibilidad por no tener Anastasia certificado de educaci—n ni empadronamiento. Y las historias sobre sus or’genes no las iba a creer nadie, por m‡s extraordinaras que fueran sus habilidades. PoniŽndose m‡s seria, Anastasia dijo:

Sin duda, quisiera visitar alguna de las ciudades una vez m‡s, probablemente, Moscœ, para ver hasta quŽ punto soy justa en la modelaci—n de ciertas situaciones de vuestra vida. Por ejemplo, para m’ no est‡ completamente claro de quŽ modo las fuerzas oscuras consiguen embaucar a las mujeres hasta tal punto que, sin ser ni siquiera conscientes de ello, atraen a los hombres con los atractivos de su cuerpo y con ello mismo impiden que los hombres puedan hacer una elecci—n verdadera, cercana a su alma. Y despuŽs, ellas mismas sufren las consecuencias, ya que no pueden crear una familia verdadera porque...

Y una vez m‡s, ella entr— en razonamientos asombrosos de los que te exigen una toma de conciencia, acerca del sexo, la familia y la crianza de los ni–os, y no pude sino pensar: ÒLo m‡s incre’ble de todo lo que he visto y o’do es su habilidad para hablar acerca de nuestro estilo de vida, y de conocerlo con detalles tan exactosÓ.

30 3

9
ÀQuiŽn enciende una nueva estrella?

En la segunda noche, temiendo que Anastasia me metiera su osa otra vez para calentarme o maquinara alguna otra cosa, me neguŽ rotundamente a acostarme, si ella no se acostaba a mi lado. PensŽ que si estaba a mi lado no maquinar’a nada. Y dije:

Me invitaste, supuestamente, como huŽsped a tu casa. Yo pensaba que aqu’ habr’a, al menos, algunas construcciones, pero ni siquiera me dejas encender una hoguera y encima, me metes bestias por la noche. Si no tienes una casa normal, entonces Àpara que invitas a la gente?

Est‡ bien, Vladimir, no te preocupes por favor, y no tengas miedo. No te ocurrir‡ nada malo. Si lo deseas, me acostarŽ a tu lado y te darŽ calor.

Esta vez la cueva-osera estaba sembrada con aœn m‡s ramitas de cedro, y hab’a aœn m‡s hierba seca puesta con esmero, cubriendo el suelo, las paredes tambiŽn estaban cubiertas de ramitas clavadas.

Me desvest’. Puse los pantalones y el jersey bajo mi cabeza. Me acostŽ, cubriŽndome con la cazadora. Las ramitas de cedro desprend’an ese aroma que, segœn la literatura cient’fica de divulgaci—n, descontamina el aire, aunque en la taig‡, el aire de por s’ es puro y f‡cil de respirar. La hierba seca y las flores a–ad’an algo m‡s... un aroma inusualmente delicado.

Anastasia cumpli— su palabra y se acost— a mi lado. Sent’ que la fragancia de su cuerpo exced’a todos los olores. Era m‡s grato que el m‡s delicado de los perfumes que yo hubiera podido respirar alguna vez del cuerpo de una mujer. Pero ahora, ni se me pasaba por la mente poseerla. DespuŽs de aquel intento de hacerlo en el camino hacia el clarito de bosque de Anastasia, el miedo que se apoder— de m’ entonces, y la pŽrdida de conciencia, no me surgieron m‡s deseos lascivos, ni tan siquiera cuando la ve’a desnuda.

Mientras estaba acostado, so–aba con el hijo que mi mujer nunca me dio. Y pensŽ: ÒÁQuŽ bueno ser’a si me naciera un hijo de Anastasia! Ella es tan sana, tan resistente y bella. Entonces, el ni–o tambiŽn ser’a sano. Se parecer’a a m’. Bueno, a ella tambiŽn, pero m‡s a m’. Se har‡ una persona fuerte e inteligente. Va a saber mucho. Llegar‡ a ser una persona de talento y felizÓ.

ImaginŽ a mi hijo siendo un bebŽ, pegado a los pezones de su pecho e involuntariamente puse la mano sobre el el‡stico y caluroso pecho de Anastasia. Inmediatamente, un temblor recorri— todo mi cuerpo y al momento se disip—, pero no era de miedo, sino excepcionalmente agradable. No retirŽ la mano, simplemente esperaba, conteniendo la respiraci—n, a ver quŽ ocurr’a a continuaci—n. Y entonces sent’ c—mo sobre la m’a, descendi— la suave palma de su mano: ella no me apartaba.

31 3

Me incorporŽ un poco y empecŽ a mirar el hermoso rostro de Anastasia. La blanca noche norte–a41 lo hac’a aœn m‡s atractivo. Era imposible despegar la mirada. Sus cari–osos ojos de color gris-celeste me miraban a m’.

No pude refrenarme, me inclinŽ y apenas con un roce, r‡pido y delicado, besŽ sus labios entreabiertos. De nuevo, por el cuerpo me recorri— un temblor agradable. El aroma de su aliento envolv’a mi rostro. Sus labios no pronunciaron, como la vez pasada: ÒNo lo hagas, tranquil’zateÓ, y no hab’a miedo en absoluto. Los pensamientos de un hijo no me abandonaban. Y cuando Anastasia me abraz— tiernamente, me pas— la mano por el cabello y se hizo hacia a m’ con todo su cuerpo... Ásent’ algo indescriptible...!

S—lo al despertarme por la ma–ana pude tomar conciencia de que nunca antes en toda mi vida hab’a experimentado una sensaci—n tan magn’fica de admiraci—n y satisfacci—n tan dichosas. Otra cosa que me extra–— fue que despuŽs de pasar la noche con una mujer, siempre viene una sensaci—n de cansancio f’sico, sin embargo, aqu’ todo era diferente. Y tambiŽn ten’a la sensaci—n de alguna gran creaci—n. La satisfacci—n no era solamente f’sica, sino que era una satisfacci—n algo incomprensible, desconocida antes para m’, extraordinariamente bonita y alegre. Incluso cruz— por mi mente la idea de que, s—lo por una sensaci—n as’, vale la pena vivir.

ÀY por quŽ no hab’a experimentado antes nada parecido a esto? Aunque hab’a habido diferentes mujeres: bellas, queridas, experimentadas en el amor...

Anastasia era una chiquilla. Una muchacha sensible y cari–osa. Pero adem‡s de esto, hab’a algo en ella que no era propio de ninguna de las mujeres que yo hab’a conocido. ÀQuŽ era?

ÀY d—nde se hab’a metido ahora? Me acerquŽ a la entrada de la confortable cueva- osera, me asomŽ y mirŽ al claro.

El claro se hallaba en un nivel un poco m‡s bajo que la morada nocturna, situada en una elevaci—n. Lo cubr’a una capa de niebla matutina de medio metro. En esta niebla, Anastasia daba vueltas con las manos extendidas haciendo que una peque–a nubecilla de niebla se elevara a su alrededor. Y cuando Žsta la envolv’a por entero, Anastasia daba un salto con ligereza y volaba por encima de la capa de niebla extendiendo los pies en un spaccato42 como una bailarina, se posaba en otro sitio, y de nuevo, girando y riŽndose, formaba una nueva nubecilla a su alrededor, a travŽs de la cual penetraban los rayos del sol naciente, acarici‡ndola. Era una escena encantadora y fascinante y movido por la gran emoci—n que me embargaba gritŽ:

ÁAnastasiaaa! ÁBuenos d’as, hermosa hada forestal Anastasiaaa!
Buenos d’as, Vladimir grit— ella, respondiendo con alegr’a.
ÁMe siento tan bien, tan estupendamente ahora! ÀPor quŽ es esto? gritŽ con

todas mis fuerzas.
Anastasia levant— las manos al encuentro del sol, se ech— a re’r con su atrayente risa

feliz, y me grit— a m’ y a alguien m‡s en lo alto, como cantando:
ÁDe todas las criaturas en el Universo, s—lo al Hombre le es dado sentir algo as’!

>>ÁS—lo al hombre y a la mujer que sinceramente desearon tener un hijo el uno del otro!

>>ÁS—lo el Ser Humano que siente algo as’, enciende una estrella en el cielo! >>ÁS—lo el Ser Humaaanooo que aspira a la creaci—n.

41

Las noches blancas – son las noches norte–as claras, cuando el crepœsculo vespertino se

encuentra con el matutino y dura toda la noche crepuscular, sin llegar a la oscuridad. Se pueden ver en

ambos hemisferios, por encima de los 60o de latitud.

42
quedando los pies lo m‡s distante posible entre s’.

Spaccato: en ballet o gimnasia, salto con las piernas totalmente abiertas y estiradas en el aire,

32 3

>>ÁGraaacias a tiii! Y volviŽndose s—lo a m’, r‡pidamente a–adi—:
S—lo al Ser Humano que aspira a la creaci—n y no a la satisfacci—n de sus

necesidades carnales.
Ella se ech— a re’r alegremente otra vez, dio un gran salto, se estir— en un spaccato,

como si se echara a volar por encima de la niebla. DespuŽs se me acerc— corriendo, se sent— a mi lado, a la entrada de la morada nocturna, y empez— a peinar sus cabellos dorados con los dedos, levant‡ndolos de abajo a arriba.

ÀEntonces no consideras el sexo como algo pecaminoso? preguntŽ. Anastasia se qued— inm—vil.
Me mir— con asombro y respondi—:

ÀAcaso fue esto sexo como el que en tu mundo se entiende por esta palabra? Y si no, entonces ÀquŽ es m‡s pecaminoso: entregarse para que venga al mundo un ser humano o abstenerse y no dejarle nacer? ÁA un verdadero ser humano!

Me quedŽ pensativo. Efectivamente, no era posible llamar ÒsexoÓ a la intimidad de la noche con Anastasia. As’ es que entonces, ÀquŽ fue lo que pas— por la noche? ÀQuŽ palabra ser’a apropiada aqu’? Y otra vez preguntŽ:

ÀY por quŽ antes no me ha ocurrido nada semejante, y me atrever’a a decir que tampoco a otros?

Lo que ocurre, Vladimir, es que las fuerzas oscuras aspiran a desarrollar en el hombre bajas pasiones carnales para no dejarle sentir la bienaventuranza regalada por Dios. Ellos inculcan, por todas las v’as posibles, que la satisfacci—n es algo que se puede obtener f‡cilmente pensando s—lo en la satisfacci—n carnal. Y precisamente con ello, desv’an al Hombre de la verdad. Las pobres mujeres enga–adas, que ignoran esto, pasan toda la vida aceptando s—lo sufrimientos, y buscando la bienaventuranza perdida. Pero la buscan en el sitio err—neo. Ninguna mujer podr‡ impedir al hombre la fornicaci—n si ella misma se permite entregarse a Žl por la sola satisfacci—n de las necesidades carnales. Si ocurre esto, entonces su vida en comœn no ser‡ feliz.

Su vida en comœn es una ilusi—n de uni—n, una mentira, un enga–o aceptado por las convenciones sociales. Puesto que la mujer misma en seguida se convierte en fornicadora, al margen de que estŽ casada con ese hombre o no.

ÁOh, cu‡ntas leyes y convencionalismos ha inventado la humanidad esforz‡ndose por consolidar esta falsa uni—n artificialmente! Leyes tanto religiosas como seglares. Todo en vano. Todo lo que han provocado estas normas es hacer que la gente haga un paripŽ de acuerdo con ellas y simplemente finja que esa uni—n existe. Pero los pensamientos interiores de una persona permanecen siempre inalterables y no est‡n sujetos a nada ni a nadie.

Jesucristo vio esto, e intentando contrarrestarlo dijo: ÒAquel que mira a la mujer con concupiscencia, ya ha cometido adulterio con ella en su coraz—n43Ó.

DespuŽs vosotros, en un pasado reciente, os esforzabais por estigmatizar al que abandonaba a su familia. Pero nada en ningœn tiempo, en ninguna situaci—n, ha podido detener el deseo del Hombre de buscar esa bienaventuranza sentida intuitivamente: la gran satisfacci—n. Y de buscarla contumazmente.

La uni—n falsa es temible. ÁLos ni–os! ÀEntiendes, Vladimir? ÁLos ni–os! Ellos sienten la mentira, la falsedad de tal uni—n. Y ponen en duda todo lo dicho por sus padres. Los ni–os, en su subconsciente, perciben el embuste ya durante el momento de su concepci—n. Y se sienten mal por ello.

Pero es que... dime, ÀquiŽn, quŽ persona, va a querer venir al mundo como consecuencia, s—lo, de placeres carnales? Todos y cada uno quisiŽramos ser creados

43Mateo 5: 28.

33 3

en un gran arrebato de amor, en la misma aspiraci—n a la creaci—n, pero no venir al mundo s—lo como consecuencia de los placeres carnales.

Quienes entran en una falsa uni—n, van luego a buscar la satisfacci—n verdadera a escondidas el uno del otro. Van a tratar de poseer un cuerpo nuevo cada vez, o usar‡n s—lo sus propios cuerpos de forma rutinaria y abocada al fracaso, sintiendo, de forma intuitiva, que la bienaventuranza de la uni—n verdadera est‡ cada vez m‡s y m‡s lejos de ellos.

Anastasia, espera. ÀDe veras, tan irremediablemente condenados est‡n el hombre y la mujer, si la primera vez, todo lo que pas— entre ellos, fue simplemente sexo? ÀAcaso no hay retorno, no hay posibilidad de subsanar la situaci—n?

Hay posibilidad. Ahora, yo sŽ quŽ hacer. Pero Àd—nde, quŽ tŽrminos encontrar para poder expresarlo con palabras? Yo estoy buscando todo el tiempo, esas palabras. En el pasado he buscado, y en el futuro. No las he encontrado. Quiz‡s estŽn muy cerca, y de un momento a otro, se aparecer‡n; nuevas palabras nacer‡n, capaces de hacerse o’r por la raz—n y el coraz—n. Nuevas palabras que hablen de la verdad ancestral de los or’genes.

Pero no te preocupes mucho, Anastasia. Dilo de momento con las palabras que hay, poco m‡s o menos. ÀQuŽ m‡s puede necesitarse para la satisfacci—n verdadera, aparte de dos cuerpos?

ÁConciencia! Una mutua aspiraci—n a la creaci—n, sinceridad y pureza en esta aspiraci—n.

ÀC—mo sabes todo esto, Anastasia?

No soy la œnica que lo sabe. Los maestros iluminados trataron de explicar la esencia de esto a la gente: Veles, Krishna, Rama, Shiva44, Cristo, Mahomed, Buda.

ÀPero tœ quŽ? ÀHas le’do sobre toda esta gente? ÀD—nde? ÀCu‡ndo?
No he le’do sobre ellos, yo simplemente sŽ lo que dec’an, lo que pensaban, lo que

quer’an conseguir.
ÀEntonces el sexo por el sexo, segœn tu parecer, es malo?
Muy malo. Desv’a al Hombre de la verdad. Destruye las familias. Se malgasta una

enorme cantidad de energ’a.
Entonces, Àpor quŽ se publican tantas revistas de toda suerte con mujeres

desnudas en posturas er—ticas y se proyectan tantas pel’culas con erotismo y sexo? Y todo esto goza de much’sima popularidad. La demanda engendra la oferta. ÀEs que pretendes decir que nuestra humanidad es completamente tonta?

La humanidad no es tonta, pero el mecanismo de las fuerzas oscuras que eclipsa la espiritualidad y despierta las bajas pasiones de la concupiscencia es un mecanismo muy fuerte. Este trae muchas desgracias y sufrimientos a la gente. Funciona a travŽs de las mujeres, utilizando su belleza. La belleza, cuyo prop—sito es engendrar y mantener en el hombre el esp’ritu de un poeta, un artista, un creador. Sin embargo, la mujer misma tiene que ser pura para esto. Si no hay suficiente pureza, se presenta la tentativa de atraer al hombre con los encantos de la carne. Con la belleza externa de una vasija vac’a. As’ le enga–an a Žl, e inevitablemente, sufren en ellas mismas las consecuencias de este enga–o toda la vida.

44Veles —en la tradici—n eslavo-rusa: el dios de la sabidur’a y la Naturaleza, uno de la Triglav (Trinidad) y la encarnaci—n del Dios Creador Rod en la tierra. Krishna: una encarnaci—n terrena del dios Vishnu, una de las divinidades de la Trimurti (las tres personalidades de Dios en la tradici—n hindœ), responsable del mantenimiento del mundo. Rama: un dios-rey y otra encarnaci—n terr‡quea de Vishnu (en la tradici—n hindœ). Shiva: otra de las divinidades de las Trimurti junto con Vishnu y Brama. Mientras que Brama es considerado el creador del mundo, a Shiva se le atribuye la responsabilidad de destruirlo al final de cada ciclo c—smico.

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ÀY quŽ ocurre entonces? ÀA travŽs de milenios de existencia no ha podido la humanidad vencer este mecanismo de las fuerzas oscuras? Eso significar’a que este mecanismo es m‡s fuerte que el ser humano ÀLa humanidad no lo ha podido vencer, a pesar de los llamamientos de los espirituales o iluminados, como tœ dices? Entonces, Àes simplemente imposible vencerlo, y quiz‡s no es necesario?

Es necesario. ÁEs absolutamente necesario! ÀY quiŽn lo puede hacer?

ÁLas mujeres! Las mujeres que hayan podido comprender la verdad y su prop—sito. Entonces los hombres cambiar‡n tambiŽn.

Pues no, Anastasia, es poco probable. A un hombre normal siempre le van a excitar las bonitas piernas de las mujeres, sus pechos... Especialmente cuando te encuentras en una comisi—n de servicio o est‡s de vacaciones lejos de tu compa–era. As’ funcionan las cosas. Y eso no lo podr‡ cambiar nadie, no podr‡ ser de otra manera.

Pero si yo lo he hecho contigo.
ÀQue has hecho?
Ahora ya no podr‡s practicar ese sexo pernicioso.

Un terrible pensamiento, como un calambre, me atraves— y empez— a expulsar el magn’fico sentimiento nacido por la noche.

ÀQue has hecho quŽ, Anastasia? Ahora yo... ÀAhora yo quŽ? ÀImpotente?
Al contrario, ahora tœ te has convertido en un verdadero hombre. S—lo que el sexo habitual te va a resultar repugnante. No te podr‡ dar lo que ya has experimentado, y eso que viviste anoche es s—lo posible en el caso de que desees tener un hijo, y la mujer

desee lo mismo de ti. Que te ame.

ÀQue me ame? Pero con esas condiciones... ÁEso s—lo puede pasar unas pocas veces en toda una vida...!

Te aseguro, Vladimir, que con esas veces es suficiente para ser feliz toda la vida. Lo comprender‡s... Lo sentir‡s m‡s tarde... La gente entra en relaciones una y otra vez s—lo a travŽs de la carne. Ignoran que nadie podr‡ concebir una satisfacci—n verdadera usando s—lo su cuerpo. Un hombre y una mujer unidos en todos los planos de existencia, en un arrebato de luminosa inspiraci—n, aspirando fervorosamente a la creaci—n de su hijo, experimentan una gran satisfacci—n. Solamente al Hombre dio el Creador la oportunidad de concebir algo as’. No es Žsta una satisfacci—n ef’mera, no. Nunca podr’a compararse con la gratificaci—n carnal... ÁTodos los planos de la existencia, que guardan los sentimientos de esa satisfacci—n verdadera durante mucho tiempo, os aportar‡n felicidad a ti y a tu mujer! ÁUna mujer capaz de dar a luz a una creaci—n a imagen y semejanza de Dios!

Anastasia alarg— su mano hacia mi lado e intent— acercarse. Me apartŽ r‡pidamente de ella de un salto, hacia el rinc—n de la cueva y gritŽ:

ÁM‡s te vale que te apartes de la salida!
Ella se puso en pie. Sal’ de la cueva y me retirŽ unos pasos de ella.

Me has arrebatado, muy posiblemente, el principal placer en la vida. Todo el mundo trata de conseguirlo, todos piensan en ello, s—lo que no todos lo expresan abiertamente.

Esos placeres, Vladimir, son una ilusi—n. Te ayudŽ a librarte de esa terrible, perniciosa y pecaminosa inclinaci—n.

Ilusi—n o no, no importa, es un placer reconocido por todo el mundo. Ni se te ocurra salvarme de otros apetitos ÒperniciososÓ, como tœ los consideras. ÁA ver si cuando salga de aqu’ no voy a poder ni relacionarme con mujeres, ni brindar, ni picar

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algo entre copas, ni fumar! Esto no es algo a lo que la mayor’a de la gente estŽ acostumbrada en la vida normal.

ÀY quŽ hay de bueno en beber, fumar, en la perniciosa digesti—n desprovista de sentido de la gran cantidad de carne de animales, habiendo tanta abundancia de excelentes vegetales creados especialmente para la alimentaci—n del Hombre?

Pues anda tœ y te alimentas de tus vegetales si eso te gusta. Y no interfieras en lo m’o. Para muchos de nosotros es un placer fumar, beber, sentarnos a una buena mesa. As’ es nuestra costumbre, Àentiendes? ÁAs’ es!

Pero todo lo que has nombrado es malo y pernicioso.
ÀMalo? ÀPernicioso? Si me vienen huŽspedes a una fiesta, se sientan a la mesa, y

les digo: ÒAqu’ tenŽis unas nuececillas para roer, tomad alguna manzanita, bebed agŸita y no fumŽisÓ, eso s’ ser’a malo.

ÀEs eso acaso lo principal cuando te reœnes con amigos? ÀSentarse a la mesa de inmediato, beber, comer y fumar?

Lo principal o no, da igual. Es que Žsa es la costumbre en todo el mundo y es aceptado por toda la gente. En algunos pa’ses existen incluso platos tradicionales para las celebraciones importantes, como el pavo asado, por ejemplo.

No toda la gente, ni siquiera en vuestro mundo, est‡ aceptando eso. ―Vale, no todos, pero es que yo vivo entre los normales.

―ÀPor quŽ consideras a los que te rodean como los m‡s normales? ―Porque son la mayor’a.
―Eso es un argumento insuficiente.
―Para ti es insuficiente, porque no hay manera de que tœ lo comprendas.

El enfado con Anastasia se me empez— a pasar. Me acordŽ de que hab’a o’do hablar de ciertos medicamentos y de los mŽdicos-sex—logos y pensŽ: ÒSi ella me ha causado algœn perjuicio, los mŽdicos podr‡n subsanar la situaci—nÓ, y le dije:

―Est‡ bien, Anastasia, hagamos las paces, ya no estoy enfadado contigo. Te doy las gracias por la maravillosa noche, pero no quieras tœ librarme de m‡s costumbres m’as por tu propia iniciativa. Y el asunto del sexo lo subsanarŽ con ayuda de nuestros mŽdicos y medicamentos modernos. Vamos a nadar.

Me dirig’ al lago, admirando el bosque en la ma–ana. Y justo cuando empezaba a recuperar mi buen humor, Átoma!, caminando ella detr‡s de m’, va y me dice:

―Ni medicamentos ni mŽdicos te ayudar‡n ahora. Para volver a poner todo como estaba, tendr‡n que borrar de tu memoria lo sucedido y lo que sentiste.

Me parŽ petrificado.
―Entonces vuelve tœ a dejarlo todo como estaba. ―Yo tampoco puedo.

Otra vez, un arrebato de furia y al mismo tiempo un sentimiento de miedo se apoderaron de m’.

―ÁTœ!... ÁPero quŽ cara tienes! Te entrometes y estropeas mi vida. Entonces ÀquŽ?, Àpuedes hacer tus truquitos sucios muy bien, pero de repararlos, nada de nada?

―Yo no hac’a ningœn truco sucio. Tœ has deseado tanto tener un hijo. Pero han pasado muchos a–os y no lo tienes. Y ninguna mujer de tu vida te lo dar’a ya. Yo tambiŽn deseŽ un hijo contigo, y tambiŽn un ni–o. Y yo s’ puedo... As’ es que Àpor quŽ te inquieta de antemano que te vayas a sentir mal? Puede que todav’a lo comprendas... No tengas miedo de m’, por favor, Vladimir, yo no me meto en tu mentalidad en absoluto. Esto ha ocurrido por s’ solo, has recibido lo que quer’as.

>>Y tambiŽn desear’a much’simo liberarte de, al menos, un pecado mortal. ―ÀY cu‡l es Žse?
―La soberbia.

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―Eres extra–a. Tu filosof’a y modo de vida son inhumanos. ―ÀQuŽ hay tan inhumano en m’ que te espanta?

―Vives sola en el bosque, te relacionas con las plantas y los animales. Nosotros no tenemos a nadie que viva as’, ni parecido siquiera.

―ÀC—mo, Vladimir? ÀPor quŽ? ―empez— a hablar Anastasia con emoci—n―. ÀY los dachniks45? Ellos tambiŽn se relacionan con las plantas y los animales, s—lo que, de momento, no de forma consciente. Pero ellos entender‡n m‡s tarde. Muchos ya han empezado a entender.

―ÁVenga ya! ÀAhora ella es una d‡chnik? ÀY quŽ me dices de ese rayo tuyo? Dices que no lees libros, pero es que sabes mucho. Esto debe de ser algœn tipo de misticismo.

―TratarŽ de explicarte todo, Vladimir. S—lo, que no de inmediato. Me estoy esforzando, pero no puedo encontrar las palabras adecuadas, las palabras comprensibles. CrŽelo, por favor. Todo lo que hago es inherente al ser humano. Es algo que le fue dado desde el principio. En los tiempos de sus or’genes primigenios. Y todos y cada uno de vosotros podr’ais hacer lo mismo. Y a pesar de todo, la gente va a volver a los or’genes. Ser‡ un proceso gradual que empezar‡ aqu’ cuando las fuerzas luminosas obtengan su victoria.

―ÀY tu concierto? Cantabas con todo tipo de voces, representabas a todos mis cantantes favoritos, y adem‡s en el mismo orden en que aparecen en mi cinta de v’deo.

―As’ sucedi—, Vladimir. En una ocasi—n vi esa cinta. Luego te contarŽ c—mo ocurri—. ―ÀY eso quŽ? ÀNo me dir‡s que pudiste memorizar de una sola vez la letra y mœsica

de todas las canciones?
―Las recordŽ. ÀQuŽ tiene eso de dif’cil o de m’stico? ÁAy, quŽ he dicho, quŽ he

dejado ver! ÁTe has asustado de m’! ÀSerŽ torpe y precipitada? Abuelo me llam— as’ una vez. Yo pensaba que Žl lo hab’a dicho cari–osamente. Pero quiz‡s es verdad que soy precipitada. Por favor... Vladimir...

Anastasia hablaba con una emoci—n muy humana, y quiz‡s por esto, el miedo que ella me estaba provocando casi pas—. La idea de mi hijo ocupaba todos mis sentimientos.

―Vale, ya no tengo miedo... Pero procura ser m‡s contenida. ÀVes? Tu abuelo tambiŽn te lo dec’a.

―S’. Y el abuelo... ÁVaya! Y aqu’ estoy yo habla que te habla todo el tiempo... Es que deseo tanto cont‡rtelo todo. Soy una cotorra, Àverdad? Pero me esforzarŽ. Voy a esforzarme, de verdad, en ser m‡s contenida. ProcurarŽ decir s—lo lo comprensible.

―ÀAs’ es que, entonces, dar‡s a luz pronto, Anastasia?
―ÁPor supuesto! S—lo que ser‡ a destiempo.
―ÀC—mo a destiempo?
―Lo ideal es que fuera en verano, cuando la naturaleza ayuda a criar?

―ÀPor quŽ has tomado esta decisi—n, entonces, si es tan arriesgado para ti y para el ni–o?

―No te preocupes, Vladimir, por lo menos nuestro hijo va a vivir.
―ÀY tœ?
―Yo intentarŽ aguantar hasta la primavera tambiŽn, y m‡s adelante todo se regular‡.

Anastasia dijo esto sin sombra de tristeza ni miedo por su vida, despuŽs cogi— carrerilla y salt— a las aguas del peque–o lago. Miles de gotas de agua, brillantes por el sol, salieron disparadas como fuegos artificiales, y descendieron al puro y liso cristal del lago. Unos treinta segundos m‡s tarde, su cuerpo empez— a aparecer en la superficie

45Dachniks: Personas que pasan su tiempo libre, fines de semana y vacaciones –de verano especialmente– cultivando sus peque–os trocitos de tierra en las afueras de pueblos y ciudades – dachas– y viviendo en sus peque–as casas de campo. Ver ampliaci—n en las Notas Extendidas al final del libro.

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lentamente. Se tumbaba en el agua, extendiendo bien las manos con las palmas hacia arriba y sonre’a.

Yo estaba en la orilla, la miraba y pensaba: ÒÀOir‡ la ardilla el chasquido de sus dedos cuando ella estŽ tumbada con el bebŽ en uno de sus abrigos? ÀLa ayudar‡ alguno de sus cuadrœpedos amigos? ÀLe bastar‡ el calor de su cuerpo para calentar al ni–o?Ó.

―Si mi cuerpo se enfriara y el ni–o no tuviera nada que comer, empezar’a a llorar ―dijo Anastasia quedamente al salir del agua―, su grito de descontento puede despertar a la Naturaleza previa a la primavera, o parte de ella, y entonces todo ir‡ bien. Ellos le criar‡n.

―ÀLe’as mis pensamientos?
―No, supuse que estabas pensando en ello. Si es natural.

―Anastasia, me dijiste que en los terrenos vecinos viven tus parientes. ÀPodr’an ayudarte ellos?

―Est‡n muy ocupados, y no se les puede distraer de sus asuntos.
―ÀCon quŽ est‡n ocupados? ÀY quŽ haces tœ durante d’as enteros, Anastasia, si

pr‡cticamente, la naturaleza que te rodea te sirve por completo?
―Me mantengo ocupada... Y procuro ayudar a la gente de vuestro mundo, a quienes

llam‡is dachniks u horticultores.

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Sus queridos dachniks46.

Anastasia me hablaba mucho y apasionadamente, acerca de las posibilidades que se le puede abrir a la gente que se comunica con las plantas. En general, los dos temas de los que Anastasia habla con una emoci—n particular entusiasm‡ndose y con un verdadero enamoramiento, dir’a yo, son la crianza de los ni–os y los dachniks. Si yo contara aqu’ todo lo que ella dice sobre los dachniks, la importancia que les da, entonces poco menos que tendr’amos que estar arrodillados ante ellos. Imag’nense: ella considera que no s—lo nos han salvado a todos del hambre, sino que adem‡s siembran bondad en las almas, y educan a la sociedad del futuro... No podr’a enumerarlo todo. Ser’a necesario otro libro aparte. Y no es que s—lo lo diga, sino que intenta demostrarlo todo dando argumentos:

―La cosa es que esa sociedad donde tœ vives puede comprender muchas cosas hoy d’a a travŽs del contacto con las plantas cultivadas en las dachas. S’, te estoy hablando precisamente de las dachas, donde conoces cada plantita de tu terreno, y no de los vastos y despersonalizados campos de cultivo, por donde se arrastran monstruosas y obtusas m‡quinas. La gente se encuentra mejor trabajando en las dachas. A muchos, esto les ha prolongado la vida. Se hacen m‡s bondadosos. Y precisamente son los dachniks los que pueden contribuir a que la sociedad tome conciencia de lo pernicioso del camino tecnocr‡tico.

―Anastasia, al margen de que esto sea as’ o no, ÀquŽ tienes tœ que ver con esto? ÀEn quŽ consiste tu ayuda?

46Dachnik – ver nota en el cap’tulo 9.

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Ella me cogi— de la mano llev‡ndome a la hierba. Nos tumbamos boca arriba, con las palmas de las manos tambiŽn hacia arriba.

―Cierra los ojos, rel‡jate e intenta imaginar aquello que te voy a ir diciendo. Ahora encontrarŽ a alguien con mi rayito, verŽ en la distancia a alguna de las personas a las que llam‡is dachniks.

Estuvo callada un rato, despuŽs empez— a hablar quedamente:

―Una mujer de edad avanzada desenvuelve una gasa donde est‡n remojadas unas semillas de pepino. Las semillas ya germinaron mucho, se ven peque–os brotes. Ella coge una semilla en la mano... Ya est‡. Le suger’ que no hay que remojar las semillas as’: los brotes se deforman a la hora de plantarlos, y tampoco les conviene del todo este tipo de agua para su alimentaci—n, ya que har‡ que la semilla se enferme. Cree que ella misma se dio cuenta de esto, y en parte es as’, yo s—lo le ayudŽ un poquito a caer en ello. Ahora ella compartir‡ su idea comunic‡ndole esto a otra gente. Se ha hecho una peque–a tarea.

Anastasia contaba que ella modela en su conciencia todas las situaciones posibles de trabajo, de ocio y de interacci—n de la gente tanto entre s’, como con las plantas. Cuando la situaci—n modelada por ella se acerca a la realidad lo m‡s posible, se establece un contacto en el que ella puede ver a la persona, sentir de quŽ est‡ enferma, quŽ siente. Es como que Anastasia penetra en la imagen de esta persona y comparte sus conocimientos con ella. Anastasia dec’a que las plantas reaccionan al Hombre y pueden amarle u odiarle, e influir en su salud positiva o negativamente.

―Y precisamente aqu’ es donde tengo mucho trabajo. Me ocupo de las parcelas de las dachas. Los dachniks acuden a sus terrenitos, a sus plantaciones, como si de sus hijos se tratara, pero, por desgracia, sus relaciones son solamente intuitivas. Todav’a no est‡n reforzadas con la claridad de la conciencia del verdadero prop—sito de esta conexi—n.

―Todo, pero todo, en la Tierra, cada hierbecita, cada bichillo, ha sido creado para el Hombre, tiene su propia y espec’fica tarea predesignada, para servirle. La gran variedad de plantas medicinales confirma esto. Pero el Hombre de vuestro mundo sabe muy poco como para poder aprovechar la posibilidad que le ha sido dada para su propio beneficio. Para aprovecharla en su totalidad.

Ped’ a Anastasia que me diera algœn ejemplo concreto para demostrar la utilidad de esa comunicaci—n consciente. Algo que se pudiera ver y comprobar en la pr‡ctica y pudiera ser sometido a investigaci—n cient’fica. Anastasia se qued— pensando durante un momento, despuŽs, de repente, se puso toda radiante y exclam—:

―ÁLos dachniks, mis queridos dachniks! Ellos lo probar‡n todo, lo demostrar‡n y dar‡n mucho trabajo a vuestra ciencia. ÀC—mo no me di cuenta, c—mo no lo comprend’ antes?

Alguna idea reciŽn nacida despert— en ella una tempestuosa alegr’a.

En general, ni una sola vez v’ a Anastasia triste. Ella puede estar seria, pensativa y concentrada, pero m‡s a menudo, alegre por algo. Esta vez ella se alegraba tempestuosamente. Se levant— de un salto, comenz— a dar palmas, y me pareci— que el bosque se hizo m‡s claro, que empez— a removerse, respondiŽndole con el susurro de las copas de los ‡rboles y con los trinos de los p‡jaros. Ella comenz— a girar, como en una danza. DespuŽs, toda irradiada, se sent— de nuevo a mi lado y dijo:

―ÁAhora creer‡n! Y ser‡n ellos, mis amados dachniks. Ellos os lo explicar‡n y demostrar‡n todo.

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Intentando devolver su atenci—n lo m‡s deprisa posible a la conversaci—n interrumpida, observŽ:

―Puede que no sea as’ necesariamente. Tœ declaras que cada bichillo ha sido creado para el bien del Hombre, pero Àc—mo se va a creer eso la gente que ve asqueada c—mo las cucarachas corretean por las mesas de las cocinas? ÀQuŽ? ÀTambiŽn Žsas han sido creadas para nuestro beneficio?

―Las cucarachas ―contest— Anastasia― corretean s—lo sobre la mesa sucia para recoger los restos de part’culas de comida, a veces invisibles, que est‡n pudriŽndose, para transformarlos y apilarlos como desperdicios ya innocuos, en un lugar retirado. Si resulta que hay muchas, trae a casa una ranita. Y las que est‡n de m‡s, enseguida se ir‡n.

Lo que a continuaci—n propone Anastasia hacer a los dachniks, probablemente, est‡ en contradicci—n con la ciencia sobre el cultivo de plantas y, sin duda, contradice las pr‡cticas comunes en cuanto a las reglas de plantaci—n y cultivo de las diferentes variedades de vegetales en los huertos. Sin embargo, sus afirmaciones son tan grandiosas, que creo que vale la pena que todos los que tienen la posibilidad, lo pongan a prueba, aunque no sea en toda la superficie de su parcela, sino en una peque–a parte, ya que de esto no se puede esperar nada negativo, solamente algo bueno. Adem‡s, mucho de lo dicho por ella ya ha sido confirmado con sus experimentos por el doctor en ciencias biol—gicas Mijail Pr—jorov47.

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De los consejos de Anastasia La semilla es el mŽdico

Anastasia afirmaba:
Cada semilla plantada por vosotros contiene en s’ una enorme cantidad de informaci—n

del Universo. Esta informaci—n no puede compararse ni en cantidad ni en exactitud con la que encierra algo hecho por la mano del Hombre48. Con ayuda de esta informaci—n, la semilla conoce el momento en el que ha de despertar a la vida con una exactitud de fracciones de segundos, conoce cu‡ndo germinar, quŽ sustancias tomar de la tierra, c—mo aprovechar la irradiaci—n de los cuerpos c—smicos: el Sol, la Luna, las estrellas; en quŽ debe convertirse, quŽ frutos dar. Los frutos tienen el prop—sito de abastecer vitalmente al Hombre. Estos pueden resistir o luchar contra cualquier enfermedad del organismo del Hombre, de forma efectiva y con m‡s poder que cualquier medicamento hecho por su mano, que haya existido o exista jam‡s. Pero para que esto suceda, la semilla tiene que conocer el estado de la persona, para poder aportar al fruto, en el proceso de su maduraci—n, la proporci—n necesaria de sustancias para la curaci—n de esa persona concreta, de su enfermedad, si ya existe, o de su propensi—n a ella.

Para que la semilla de un pepino, de un tomate o de cualquier otra planta criada en la huerta, tenga tal informaci—n, es necesario hacer lo siguiente:

47Mijail Nikol‡evich Pr—jorov: Doctor en Biolog’a y director de un programa ecol—gico para una empresa privada en Moscœ. Autor de numerosos estudios sobre la interacci—n de las personas y las plantas, Žl habla sobre Òla influencia directa de los seres humanos en el crecimiento y desarrollo de las plantas y, en ciertas situaciones, en la salud y comportamiento de los animalesÓ.

48 Hombre: con mayœsculas cada vez que traducimos la palabra rusa ÒchelovekÓ, de gŽnero comœn, que se refiere al ser humano: hombre y/o mujer, para distinguirla de ÒhombreÓ con minœscula, referido al gŽnero masculino. Ver notas ampliadas al final del libro.

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Antes de sembrarlas hay que colocar en la boca una o varias semillitas y mantenerlas bajo la lengua no menos de nueve minutos.

DespuŽs, hay que colocarlas entre las dos palmas de las manos y mantenerlas as’ unos treinta segundos. Al mantener las semillas entre las palmas, es necesario estar descalzos sobre el terrenito donde se va a plantar.

Abre las palmas de las manos y cuidadosamente, acerca a tu boca la semilla que est‡s sosteniendo. Espira el aire desde tus pulmones hacia la semilla. CaliŽntala con el aliento tuyo y esta semillita conocer‡ todo lo que hay en ti.

Luego, es necesario mantener las manos abiertas durante otros treinta segundos todav’a, presentando la semilla a los cuerpos celestes. Y ella determinar‡ el instante de su nacimiento. ÁTodos los planetas la ayudar‡n en ello! Y regalar‡n a los brotecillos la luz necesaria para ti.

Luego ya puedes plantar la semilla en la tierra. En ningœn caso hay que regarla enseguida, para que no se pierda con el agua tu saliva y la informaci—n que envuelve por completo a la semilla, y que ha de ser absorbida por Žsta. S—lo al expirar el tercer d’a despuŽs de la plantaci—n, se puede regar.

Se debe plantar en los d’as m‡s favorables para cada legumbre (la gente ya sabe esto, por el calendario lunar). En ausencia de riego, la siembra prematura no es tan de temer como la siembra tard’a.

No se deben arrancar todas las hierbas adventicias que salgan al lado del brote que naci— de tu semilla. Al menos una de cada especie debe quedar en su sitio. Las hierbas adventicias tambiŽn se pueden recortar...

Segœn Anastasia, la semilla es as’ capaz de integrar toda la informaci—n sobre la persona y entonces, durante el desarrollo de su fruto, recoger‡ al m‡ximo del Universo y de la Tierra, la mezcla —ptima de energ’as necesarias para esta persona concreta. No se debe quitar todas las hierbas adventicias porque Žstas tambiŽn tienen su prop—sito49. Algunas sirven para proteger a la planta de enfermedades, y otras le brindan una informaci—n complementaria. Durante el tiempo de cultivo, es vital comunicarse con la planta: al menos una vez en su periodo de crecimiento hay que acercarse a ella y tocarla. Es deseable hacerlo durante la luna llena.

Anastasia afirmaba que los frutos cultivados, desde la semilla, de esta manera y consumidos por la persona que los ha criado, son capaces de curar a esta persona de absolutamente cualquier enfermedad de la carne, frenar considerablemente el envejecimiento del organismo, librarle de sus h‡bitos nocivos, aumentar en muchas veces sus facultades mentales, y darle tranquilidad a su alma. Los frutos tendr‡n una influencia m‡s efectiva si se consumen en los tres primeros d’as de ser cosechados, no m‡s tarde.

Las acciones arriba indicadas hay que realizarlas con diferentes tipos de cultivos que se planten en la parcela.

No es necesario sembrar de esta manera todo el bancal de pepinos, tomates, etc., es suficiente con unas cuantas matas de cada tipo.

Los frutos cultivados del modo indicado van a distinguirse de entre los dem‡s de la misma variedad, no s—lo en el sabor. Si se sometieran a un an‡lisis se comprobar’a que se distinguen tambiŽn en cuanto a la proporci—n de las sustancias que contiene.

Cuando se siembran plantones, es imprescindible remover un poco la tierra del hoyo excavado con las manos y con los dedos de los pies descalzos, y tambiŽn escupir en el hoyo. A la pregunta, por quŽ con los pies, Anastasia explic— que a travŽs del sudor de los pies, se expulsan del cuerpo sustancias (quiz‡s toxinas) que contienen informaci—n sobre las enfermedades del organismo. Esta informaci—n ser‡ asimilada por los

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plantones. Ellos la transmitir‡n a los frutos que ser‡n capaces de luchar contra esas afecciones. Anastasia recomendaba andar por la parcela descalzo de vez en cuando.

A mi pregunta ÒÀQuŽ especies es necesario cultivar?Ó, Anastasia contest—:
La variedad que hay en la mayor’a de las huertas es suficiente: frambuesas, grosellas, grosellero espinoso, pepinos, tomates, fresas silvestres, algœn manzanito de cualquier tipo. Un guindo o un cerezo vendr‡n muy bien, tambiŽn flores. La cantidad de cultivos

o el ‡rea de siembra, no tienen gran importancia.
Al grupo de los indispensables, sin los cuales es dif’cil imaginar un completo micro-

clima energŽtico en la parcela, pertenece el girasol (al menos uno). Debe haber necesariamente tambiŽn un ‡rea de uno y medio a dos metros cuadrados de cereales como centeno o trigo. Y necesariamente hay que dejar una isleta de no menos de dos metros cuadrados para las distintas hierbas silvestres, que no se planten, sino que crezcan espont‡neamente. Y si no ha dejado hierbas creciendo libremente en su terreno hay que traer una capa original de suelo del bosque y recuperar esa isleta mediante esta capa.

Le preguntŽ a Anastasia si hab’a necesidad de plantar en la parcela estos ÒindispensablesÓ, si ya creciera la hierba de forma salvaje no muy lejos de all’, detr‡s de la cerca, por ejemplo, y recib’ la siguiente respuesta:

No s—lo la variedad de plantas es importante, sino tambiŽn el modo en que se plantan y la comunicaci—n directa con ellas, precisamente a travŽs de lo cual se impregnan de informaci—n. Te he explicado una forma de plantar, Žsa es la principal. Lo importante es saturar el trocito de la naturaleza que te rodea con tu informaci—n. S—lo entonces, el efecto curativo y simplemente el apoyo vital para tu organismo, ser‡ sensiblemente m‡s alto que el que recibes de cualquier otro fruto. En la naturaleza salvaje, tal como la llam‡is, –aunque ella no es salvaje, simplemente es desconocida por vosotros–, hay multitud de plantas con cuya ayuda se pueden curar absolutamente todas las enfermedades que existen. Adem‡s, ellas fueron precisamente creadas con este fin. Pero el hombre ha perdido, o casi, la habilidad de identificarlas.

Le contŽ a Anastasia que tenemos muchas farmacias especializadas que venden hierbas medicinales y que tambiŽn tenemos, tanto mŽdicos como curanderos, que curan profesionalmente con hierbas, a lo que ella respondi—:

Hay un mŽdico-jefe: tu organismo. ƒl fue dotado desde el principio con la capacidad de saber quŽ hierba es necesario emplear y cu‡ndo. Y en general, c—mo alimentarse, c—mo respirar. ƒl es capaz de prevenir la enfermedad aun antes de que se manifieste exteriormente. Y nadie m‡s podr‡ sustituir a tu organismo, puesto que Žl es tu mŽdico particular y te fue dado personalmente a ti por Dios, s—lo y directamente a ti. Te estoy contando c—mo darle la posibilidad de actuar en tu beneficio.
Al establecer esta relaci—n con las plantas de tu parcela, ellas van a curarte y cuidarte. De hecho, te har‡n el diagn—stico exacto y preparar‡n un medicamento especial, que ser‡ particularmente eficaz para ti.

A quiŽn pican las abejas.

―En cada parcela es necesario tener al menos una familia de abejas.
Le comentŽ que es rara la gente que puede comunicarse con las abejas. Los hay que con este fin se preparan en escuelas especializadas pero ni siquiera ellos tienen siempre

Žxito en su oficio. Pero ella respondi—:

42 4

―Mucho de lo que hacŽis para dar apoyo vital a una familia de abejas, se convierte en un obst‡culo para ellas. En los œltimos milenios s—lo dos personas en la Tierra han podido acercarse un poco a la comprensi—n de este mecanismo vivo œnico.

―ÀQuiŽnes son?
―Son dos monjes que est‡n canonizados. Puedes leer sobre ellos en vuestros libros,

que se encuentran en los archivos de los monasterios.
―ÀEs que acaso lees literatura eclesi‡stica, Anastasia? ÀD—nde? ÀCu‡ndo? si no

tienes ni un libro?
―Yo utilizo un medio m‡s perfecto para obtener la informaci—n.

―ÀCu‡l? Otra vez dices cosas incomprensibles, Àno me prometiste que nada de cosas m’sticas o fant‡sticas?

―Te hablarŽ de ello, puedo intentar ense–arte. Ahora no lo entender‡s, pero es algo sencillo y natural.

―Vale, bien. Entonces Àc—mo tienen que mantenerse las abejas en las parcelas? ―Simplemente hay que hacer un nido para ellas igual al que tienen en condiciones naturales y ya est‡. Todo lo que hay que hacer despuŽs es recoger la parte de miel, cera

y otras sustancias tan beneficiosas para el Hombre que las abejitas hayan producido. ―Anastasia, esto no es nada f‡cil. ÀQuiŽn va a saber c—mo es exactamente este nido natural? Otra cosa ser’a que tœ contaras c—mo hacerlo con los materiales de que

disponemos, entonces ser’a posible construirlo.
―Vale ―se ech— a re’r ella―, entonces deber‡s esperar un poco. Tengo que modelar

esto, digo... mirar quŽ es lo que la gente actual puede tener all’ a mano, tal como tœ dices.

―Y d—nde ponerlo para que no estropee la vista ―a–ad’.
―IntentarŽ eso tambiŽn.
Ella se tumb— en la hierba, como lo hac’a cada vez que modelaba sus –o mejor dicho,

nuestras– situaciones vitales, pero esta vez empecŽ a observarla atentamente.
Anastasia estaba tumbada en la hierba, con los brazos bien extendidos en direcciones opuestas, y con las palmas hac’a arriba. Los dedos de las manos un poco flexionados, y las puntas, m‡s exactamente las puntas de los cuatro dedos de cada mano, tambiŽn dirigidas con las yemas hacia arriba. Al principio, los dedos se mov’an un poquito, despuŽs, dejaron de moverse. Los ojos cerrados. Todo el cuerpo relajado. La cara, al principio, tambiŽn estaba relajada, despuŽs le recorri— un reflejo apenas perceptible de

algœn sentimiento o sensaci—n.
M‡s tarde ella explic— lo f‡cil y accesible que es ver a distancia para cualquier

persona, criada de un cierto modo.
Y acerca de la colmena de abejas, Anastasia comunic— lo siguiente:
―Hay que ahuecar un tronco. Se puede, o bien coger un tronco con un agujero y

vaciarlo para agrandar la cavidad, o usando tablas de ‡rboles foli‡ceos. El grueso de las tablas de no menos de 6 cm, el volumen interior de no menos de 40 x 40 cm, la longitud de no menos de 1'20 m. A los angulitos de las junturas interiores hay que adaptar unos listoncillos triangulares, para que los rincones queden redondeados. Estos listoncitos se pueden pegar ligeramente ya que, posteriormente, las abejas los fijar‡n de por s’. Uno de los dos extremos se puede tapar hermŽticamente con una tabla igual de gruesa que las dem‡s, el otro extremo ha de llevar una tabla que se pueda abrir. Para ello se ajustar‡ la tabla de tal modo que Žsta se encaje en la apertura, usando hierba o un trapito para que compacte. En el caso de hacerlo con un trapito, Žste tiene que cubrir toda la superficie de la parte interior de la tabla-tapa. A todo lo largo de una de las uniones de dos tablas, hacer unas ranuras de 1,5 cm de alto aproximadamente. Las ranuras, o la ranura œnica, no deben llegar hasta la tabla-tapa. Deben quedar a 30 cm. La

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colmena se puede colocar en alguna parte de la parcela en estacas a no menos de 20-25 cm de altura sobre la tierra. Y con las ranuras hacia el sur.

Es aœn mejor colocarla bajo el techo de la casa. Entonces, las personas no van a obstaculizar la salida de las abejas de su colmena, ni ellas les causar‡n ningœn disgusto. Tiene que ser colocada horizontalmente con un ‡ngulo de inclinaci—n de unos 20 — 30 grados. La parte que se abre tiene que encontrarse m‡s abajo. TambiŽn se puede colocar la colmena en el desv‡n, pero s—lo en el caso de que haya una buena ventilaci—n.

Lo mejor es fijarla en la parte sur de la casa, bajo el alero, o en el mismo tejado. S—lo hay que prever la posibilidad de acceso a la colmena para poder substraer una parte de las celdas llenas de miel.

La colmena debe situarse en una plataforma y encima de la misma tiene que haber un tejadillo para proteger del exceso de sol. Hacia el invierno se la puede proteger del fr’o.

Le se–alŽ a Anastasia que una colmena as’ ser’a bastante pesada, y un toldo y una plataforma pueden estropear la estŽtica de la casa. ÀQuŽ hacer entonces? Ella me mir— con un poco de asombro, y despuŽs dijo:

―La esencia consiste en que las acciones de vuestros apicultores no son del todo justas. El abuelo me ha hablado de esto. Los apicultores de hoy en d’a han inventado muchas construcciones de colmenas diferentes, y todas ellas prevŽn una intervenci—n regular del hombre en el nido de las abejas, como mover los marcos de los panales dentro de la colmena o trasladar las colmenas con las abejas a otro lugar hacia el invierno, y esto es algo que no se puede hacer.

Las abejas construyen sus panales a una distancia rigurosamente determinada, aparte de prever por s’ mismas todo un sistema de ventilaci—n y de defensa contra sus enemigos. Cualquier intervenci—n perturba este sistema. En vez de recoger la miel y criar nuevas abejitas, ellas tienen que enmendar lo infringido sobre su sistema.

En condiciones naturales las abejitas viven en los huecos de los ‡rboles y salvan perfectamente todos los problemas por s’ mismas.

Te he explicado c—mo mantenerlas de la forma m‡s aproximada posible a sus condiciones naturales. La utilidad de su presencia es muy grande. Son ellas precisamente las que con mayor eficacia polinizan todas las plantas, aumentando as’ el rendimiento de la cosecha. Pero vosotros ya debŽis de saber esto bastante bien.

Lo que puede que no sep‡is es que las abejitas, adem‡s de todo esto, abren con sus aguijones esos canales, a travŽs de los cuales, entra en las plantas la informaci—n complementaria reflejada de los planetas, necesaria para ellas y consiguientemente para el Hombre.

―Pero si las abejas pican a la gente. ÀQuŽ tipo de descanso va a tener uno en su dacha, si va a estar con ese miedo continuo?

―Las abejas pican cuando la persona misma las trata agresivamente, las arroja de s’, se asusta o interiormente se vuelve muy irritable, y no necesariamente con las abejas, sino con cualquiera. Ellas lo perciben y no aceptan la irradiaci—n de ningœn tipo de sentimiento oscuro. TambiŽn Žstas pueden picar aquellas partes del cuerpo donde haya una terminaci—n que conecta con algœn —rgano enfermo, donde la envoltura protectora haya sido da–ada, o existan otras alteraciones.

Vosotros sabŽis cu‡n eficazmente las abejas curan la enfermedad que vosotros llam‡is radiculitis, pero esto no es lo œnico que pueden curar, ni mucho menos.

Si te tuviera que hablar de todo, y adem‡s pretendiera demostrarlo, como tœ quieres, tendr’as que pasar aqu’ conmigo no tres d’as, sino muchas semanas. Vosotros tenŽis mucho escrito acerca de las abejas, yo s—lo introduje algunas correcciones en estos conocimientos y crŽeme, por favor, Žstas son esenciales.

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Establecer una colonia de abejas en una colmena as’ es muy f‡cil. Antes de meter un enjambre de abejas, poned un pedacito de cera y unas cuantas flores con nŽctar. No hay que poner ningœn marco ni panales hechos a mano. Posteriormente, cuando haya colonias establecidas en, al menos varias de las parcelas vecinas, las abejas se multiplicar‡n, y cuando se formen m‡s enjambres, ocupar‡n por s’ mismas las colmenas libres.

―ÀY c—mo se les tiene que recoger la miel?
―Hay que abrir la tapa de abajo, quebrar el panal colgante y extraer la miel y el polen

sellados. Pero no hay que ser avaro, es necesario dejar una parte a las abejas para que se alimenten en el invierno. De hecho, ser’a mejor no recoger ninguna miel en absoluto en todo el primer a–o.

ÁBuenos d’as, ma–ana!

Anastasia adapt— su actividad matutina a las condiciones de una parcela de dacha:

―Por la ma–ana, mejor al amanecer, hay que salir descalzo a la parcela, acercarse a las plantas que te apetezca. Puedes tocarlas. No hay que hacerlo como siguiendo un patr—n o hacerlo como un ritual severo que se repite cada d’a, sino movido por las ganas que te surjan espont‡neamente, segœn tu deseo. Y es imprescindible hacerlo antes de lavarse. As’, las plantas van a percibir los olores de las sustancias segregadas por el organismo a travŽs de los poros de la piel durante el sue–o. Si hace buen tiempo y hay cerca un peque–o espacio con hierba –es deseable que lo haya– deber’as tumbarte sobre ella y estirarte unos tres o cuatro minutos. Si haciendo esto se te metiera algœn bichillo en el cuerpo, no hay que espantarlo. Muchos de los bichos destapan los poros en el cuerpo del Hombre y los limpian. Como regla, se taponan aquellos poros por los que salen las toxinas que sacan a la superficie de la piel diversas afecciones internas permitiendo a las personas eliminarlas con el lavado. Si en la parcela hay algœn aljibe, es necesario sumergirse en Žl. Si no lo hay, se puede uno echar el agua por encima. Haciendo esto, hay que estar descalzo, no lejos de los bancales y las plantas, mejor aœn entre los bancales, o por ejemplo, una ma–ana, cerca de las frambuesas, otra ma–ana, de los groselleros, etc. DespuŽs de mojarse, no debe uno secarse enseguida. Hay que lanzar las gotitas de agua sacudiendo las manos y disemin‡ndolas por las plantas de alrededor. Las gotitas de agua de las otras partes del cuerpo tambiŽn hay que recogerlas y esparcirlas sacudiendo las manos. DespuŽs de esto, se pueden hacer los procedimientos habituales de lavado y usar los dispositivos a los cuales est‡is acostumbrados.

Los h‡bitos vespertinos

Por la noche, antes de acostarse, indispensablemente hay que lavarse los pies, usando agua en la cual se a–ade unas cuantas gotitas de jugo de atr’plex o de ortiga. Se pueden a–adir las dos cosas juntas, y no se debe utilizar ni jab—n ni champœ. El agua donde se hayan lavado los pies se tiene que verter en los bancales. Si hay necesidad, se pueden lavar los pies con jab—n despuŽs. Este procedimiento vespertino es importante por dos motivos. A travŽs de la transpiraci—n de los pies salen las toxinas llevando fuera del organismo sus enfermedades interiores, y es necesario lavarlos para limpiar los poros. El jugo de atr’plex y de ortiga va a ayudar en ello. Vertiendo el agua en los bancales,

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est‡is dando informaci—n complementaria a los microorganismos y plantas de vuestro estado de hoy. Esto tambiŽn es muy importante. S—lo recibiendo esta informaci—n, el mundo visible e invisible que os rodea puede elaborar todo lo necesario para un funcionamiento normal de vuestro organismo, escogiendo lo que necesite del Cosmos y de la Tierra.

ƒl mismo te lo preparar‡ todo

TambiŽn me resultaba interesante saber quŽ dir’a ella acerca de la alimentaci—n. Ya que ella misma se alimenta de una forma muy peculiar.

Le preguntŽ:
―Anastasia, segœn tu parecer... ÀC—mo debe alimentarse una persona? ÀQuŽ hay que

comer? ÀCu‡ndo y cu‡ntas veces al d’a? ÀEn quŽ cantidad? A este asunto se le presta mucha atenci—n en nuestro mundo. Abunda toda clase de literatura acerca de esto, recetas para una alimentaci—n sana, consejos para adelgazar, etc.

―Es dif’cil imaginar de otra manera el modo de vida del ser humano en las condiciones del mundo tecn—crata. Las fuerzas oscuras aspiran todo el tiempo a sustituir el mecanismo natural de este mundo, dado al Hombre desde el principio, por su engorroso sistema artificial, que contradice la naturaleza del Hombre.

Le ped’ a Anastasia que hablase m‡s concreta y comprensiblemente, sin sus invenciones filos—ficas, y ella continu—:

―Ver‡s, a tus preguntas de quŽ, cu‡ndo, en quŽ cantidad debe comer el Hombre, nadie podr‡ contestar mejor que el propio organismo de cada persona concreta. La sensaci—n de hambre y de sed fueron dadas especialmente, con el fin de se–alar a cada persona por separado, cu‡ndo tiene que comer. Y Žste, precisamente, ser‡ el momento m‡s propicio para cada uno. El mundo tecn—crata no es capaz de asegurar al individuo la posibilidad de satisfacer la sensaci—n de hambre y de sed en el momento deseado por su organismo. Y entonces empez— a someter al Ser Humano a un patr—n que es la consecuencia misma de esta incapacidad, justific‡ndolo adem‡s con argumentos para defender lo que llaman eficiencia. Imag’nate: una persona se pasa la mitad del d’a sentado casi sin gastar energ’a, y otro realiza un trabajo f’sico o simplemente est‡ corriendo, suda que te suda, y gastando muchas decenas de veces m‡s energ’a, y ambos tienen que comer a la misma hora. El hombre debe emplear la comida en el momento en el que su organismo se lo aconseje, y no puede haber otro consejero. Entiendo que en las condiciones de vuestra vida esto resulta casi irrealizable, pero para la gente que tienen sus huertas al lado de sus viviendas, esta posibilidad existe y hay que aprovecharla renunciando a las orientaciones artificiales que van contra natura.

Lo mismo puedo decir contestando tambiŽn a la otra pregunta tuya de quŽ se debe comer. Aquello que en un momento dado se tiene, por decirlo as’, Òal alcance de la manoÓ. El organismo de por s’ elegir‡ lo que le es necesario. Puedo ofrecerte un consejo no tradicional: si en tu vivienda hay algœn animal, (un gato o un perro), obsŽrvalos atentamente. De vez en cuando ellos escogen de entre la variedad de hierbas, un cierto tipo de hierbecilla y la comen. Es necesario recoger al menos unas cuantas de esas hierbas y a–adirlas a la comida. No hace falta hacerlo diariamente. Es suficiente con una o dos veces por semana. TambiŽn es necesario espigar uno mismo los cereales, trillarlos, molerlos, hacer la harina y cocer el pan. Esto es importante en extremo. La persona que consume un pan as’, aunque s—lo sea una o dos veces al a–o, recibe una reserva de energ’a tal, que es capaz de activar sus fuerzas espirituales interiores, influenciar positivamente su estado f’sico y aportarle paz a su alma. Este pan tambiŽn puede compartirlo con sus parientes y gente cercana. Les va a beneficiar tambiŽn a

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ellos, si lo da con sinceridad y bondad. Es muy provechoso para la salud de cada persona al menos una vez en el verano, durante tres d’as, alimentarse s—lo con aquello que crece en su terreno, complementariamente utilizando el pan, el aceite de girasol y un m’nimo de sal.

Ya contŽ c—mo se alimenta Anastasia. Pues durante su relato, de manera espont‡nea, cogi— una hierbecita, despuŽs otra, y empez— a masticarlas, me ofreci— una a m’ tambiŽn. Decid’ probarla. Su sabor no era una delicia, pero tampoco repulsivo.

Es como si del proceso de alimentaci—n y apoyo vital del organismo de Anastasia se encargara la Naturaleza y estas cosas nunca detienen sus pensamientos, ocupados con otras cuestiones. Entretanto, su salud forma parte de su inigualable belleza exterior. Segœn las afirmaciones de Anastasia, para el organismo de la persona que establece tales relaciones con el mundo vegetal y la tierra de su parcela, aparece la posibilidad de librarse de absolutamente todas las enfermedades.

La enfermedad como tal, es el hecho del alejamiento de chelovek de los mecanismos naturales, que son los que est‡n llamados a ocuparse de su salud y de su apoyo vital. La lucha contra cualquier enfermedad no presenta ningœn problema para estos mecanismos naturales, puesto que, precisamente, en ello consiste la esencia de su existencia. Pero, es que adem‡s, el beneficio que puede obtener el Hombre que establece este intercambio de informaci—n a travŽs de estrecharse con un peque–o trozo de naturaleza, va mucho m‡s all‡ de la simple lucha contra las enfermedades.

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Dormir bajo tu estrella.

Ya he contado c—mo Anastasia se entusiasma hablando de las plantas y la gente que se comunica con ellas. Yo pensaba que, viviendo como vive en la naturaleza, deber’a de haber estudiado bien s—lo la naturaleza, pero resulta que tambiŽn posee la informaci—n sobre el sistema planetario. Es como si ella sintiera los cuerpos celestes. Juzgad por vosotros mismos lo que dice acerca de dormir bajo el cielo estrellado:

Una vez que las plantas han recibido la informaci—n sobre una persona concreta, comienzan un proceso de intercambio de informaci—n con las fuerzas c—smicas, pero ellas son solamente unas intermediarias, que cumplen una funci—n estrechamente dirigida al cuerpo f’sico y tambiŽn a algunos planos del alma. Nunca tocan los complicados procesos, que de entre todo el reino animal y vegetal del planeta, s—lo son inherentes al cerebro humano y a los planos humanos de existencia. Sin embargo, este intercambio de informaci—n que ellas establecen, le permite al ser humano hacer aquello que s—lo Žl o ella puede hacer: beneficiarse del ingenio c—smico, o m‡s exactamente, intercambiar informaci—n con esta Inteligencia. Un procedimiento que no es nada complicado, le permite hacer esto y sentir los efectos beneficiosos de tal intercambio.

Anastasia lo expon’a as’:

—Una noche en que las condiciones del tiempo lo permitan, organ’zate para pasar la noche bajo el cielo estrellado. Es menester poner el lecho no lejos de los arbustos de frambuesas o groselleros, o de las plantaciones de cereales. Tienes que estar solo. Al

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acostarse en el lecho, con la cara hacia el cielo estrellado, no hay que cerrar los ojos enseguida, deambula por los cuerpos c—smicos con la mirada y mentalmente. No te pongas tenso pensando en ellos. El pensamiento tiene que ser ligero y libre.

Primero, intenta pensar en los mismos cuerpos celestes que son visibles a tus ojos, despuŽs puedes so–ar en aquello que atesoras en tu coraz—n, en las personas cercanas a ti, en aquellos a quienes deseas el bien. Ni se te ocurra pensar en este momento en venganza o desear a alguien el mal. El efecto puede resultar desfavorable para ti. Este procedimiento, nada complicado, reavivar‡ algunas de las muchas peque–as cŽlulas durmientes en tu cerebro, la mayor’a de las cuales se quedan sin despertar en todo el periodo de la vida de una persona. Las fuerzas c—smicas estar‡n contigo y te ayudar‡n a conseguir la materializaci—n de los m‡s incre’bles sue–os luminosos, a encontrar paz interior, a establecer relaciones favorables con los seres cercanos, y a acrecentar o a despertar su amor por ti. Es muy provechoso hacer este procedimiento varias veces. Esto tendr‡ efecto solamente si se hace en los sitios de vuestro contacto permanente con el reino vegetal. Y vosotros mismos lo sentirŽis tan pronto como a la ma–ana siguiente. Es particularmente importante hacer tal procedimiento cada vez que sea la v’spera de tu cumplea–os.

Tratar de explicar ahora c—mo funciona este mecanismo ser’a demasiado largo, adem‡s de innecesario. Habr’a parte de las explicaciones que no creer’as, y otras partes no las entender’as. Ser‡ mucho m‡s f‡cil y breve hablar con aquellos que ya lo hayan probado, y hayan experimentado el efecto de este proceso sobre s’ mismos, puesto que la informaci—n recibida y verificada facilitar‡ la percepci—n de la informaci—n subsiguiente.

13
Apoyo y maestro de tu hijo.

Al preguntarle a Anastasia de quŽ modo un trozo de tierra con sus plantaciones –aun habiendo sido plantadas de ese modo especial y encontr‡ndose en contacto directo con la persona– podr’a contribuir a la crianza de los ni–os, me esperaba o’r de ella una respuesta as’ como que es necesario inculcar a los ni–os el amor a la naturaleza, o algo similar. Sin embargo, me equivoquŽ. Lo que ella me dijo, me asombr— por la simplicidad del argumento y, al mismo tiempo, por la profundidad de su sentido filos—fico.

—ÁLa naturaleza, la mente del Universo han hecho que cada nuevo ser humano nazca soberano, rey! El reciŽn nacido es semejante a un ‡ngel: puro e inmaculado. Al tener todav’a abierto el sincipucio, recibe un gran torrente de informaci—n del Universo. Las capacidades de cada reciŽn nacido le permiten convertirse en la criatura m‡s sabia del Universo, semejante a Dios. Necesita muy poco tiempo para derramar gracia y felicidad sobre sus padres. El periodo en el que est‡ tomando conciencia de la esencia de lo que constituye el Universo y del sentido de la existencia humana, abarca solamente nueve a–os terrestres. Y todo lo que necesita para esto, ya existe. ònicamente, los padres no deber’an tergiversar la genuina estructura natural del Universo apartando al ni–o de las creaciones m‡s perfectas del mismo. Pero el mundo tecn—crata no les permite a los

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padres hacerlo. ÀQuŽ ve el bebŽ en su primera mirada consciente? Ve el techo, el borde de su cuna, algunas prendas de tela, las paredes..., todo ello atributos y valores del mundo artificial, creados por la sociedad tecn—crata. Y en este mundo se encuentra su madre y sus pechos. ÒPues as’ deben de ser las cosasÓ —concluye―. Sus sonrientes padres le obsequian con objetos que tintinean o chirr’an, los juguetes. ÀPara quŽ? Va a pasar mucho tiempo intentando llegar a entender con quŽ fin estas cosas tintinean y chirr’an. Va a intentar comprenderlo con su mente consciente y su subconsciente. Luego, los mismos padres sonrientes van a atarle con unos trapos que le resultan de lo m‡s inc—modo50. ƒl va a intentar librarse, Ápero en vano! ÁY la œnica manera posible de protestar es el grito! El grito de protesta, la petici—n de ayuda, el grito de indignaci—n. Desde este momento, el ‡ngel y soberano se convierte en un esclavo, un indigente que mendiga.

Uno tras otro, el ni–o es obsequiado con atributos del mundo artificial. Es recompensado con un nuevo juguete, una nueva ropita, como un bien. Y con esto, le inculcan que estos objetos son los m‡s importantes de este mundo al que ha venido. A Žl, el ser m‡s perfecto del Universo, aunque sea peque–o todav’a, le hacen gorgoritos y tratan con condescendencia, con esto mismo, sin querer, le tratan como si fuera un ser imperfecto. Incluso en las instituciones que vosotros consider‡is educativas, le siguen hablando constantemente de los valores de ese mundo artificial. Solamente, hacia la edad de nueve a–os, mencionan, de paso, la existencia de la naturaleza, como si fuera un anexo de lo otro, de lo principal, sobreentendiendo que lo principal es todo lo que ha sido hecho por la mano del Hombre. Y la mayor’a de la gente hasta el fin de sus d’as, no es capaz de tomar conciencia de la verdad. Podr’a decirse que la sencilla pregunta: ÒÀEn quŽ consiste el sentido de la vida?Ó, queda sin resolver.

Y el sentido de la vida hay que encontrarlo en la verdad, la alegr’a y el amor. Un ni–o de nueve a–os, criado por el mundo natural, tiene una comprensi—n mucho m‡s precisa del Universo que las instituciones cient’ficas de vuestro mundo y que muchos de los cient’ficos reconocidos por vuestra sociedad.

―ÁPara, Anastasia! Probablemente te refieres a un conocimiento de la naturaleza, asumiendo que su vida transcurriera de la misma manera que la tuya. Y aqu’ puedo estar de acuerdo contigo. Pero es que el hombre actual est‡ forzado, para bien o para mal – eso es otra cuesti—n– a vivir, precisamente, en nuestro mundo tecn—crata, como tœ lo llamas. El Hombre criado as’ como propones, va a conocer la naturaleza, a sentirla, pero en las otras cosas ser‡ un absoluto profano. Es que... ver‡s, est‡n tambiŽn las ciencias, como las matem‡ticas, la f’sica, la qu’mica, o simplemente, el conocimiento de la vida, de las manifestaciones sociales.

―Para alguien que ha aprendido en su justo momento la esencia del Universo, todo eso es una nimiedad. Si Žl quiere o considera necesario probarse a s’ mismo en el dominio de alguna ciencia, sobresaldr‡ f‡cilmente de entre todos los dem‡s.

―ÀDe d—nde has sacado esto, Anastasia? Me interesa saber.

50 Se refiere a la costumbre rusa de envolver al bebŽ en una tela de algod—n de mas o menos 1x1m, durante los primeros meses de su vida. Se justifica diciendo que un bebŽ est‡ acostumbrado al espacio limitado del vientre de la madre y se siente m‡s c—modo estrechado en el pa–al, o que si no se envuelve, el bebŽ va a tener los pies curvos posteriormente, que envueltos, los bebŽs duermen m‡s tranquilamente porque no se molestan con sus propias manos y pies, ya que todav’a no los controlan, etc. S—lo hace poco tiempo que esta pr‡ctica comœn, ampliamente aconsejada por los mŽdicos, que segu’an las madres por todas partes en Rusia y otros pa’ses, empez— a ponerse en duda.

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―El hombre del mundo tecnocr‡tico no ha inventado todav’a nada que no exista en la naturaleza. Incluso los perfectos mecanismos manufacturados, son solamente una m’sera sombra de lo que existe en la naturaleza.

―Est‡ bien, que sea as’, pero me prometiste explicar c—mo se puede criar a un ni–o y desarrollar sus capacidades en nuestras condiciones. S—lo te pido que hables de ello, de forma que lo pueda entender, dando ejemplos concretos.

―IntentarŽ darte ejemplos concretos, ―contest— Anastasia―. Yo ya he modelado situaciones as’ y he intentado sugerirle a una familia quŽ hay que hacer, s—lo que no hay forma de que ellos se den cuenta del punto clave, y hagan a su ni–o la pregunta adecuada... Estos padres resultaron tener un ni–o excepcionalmente puro y capaz, que podr’a haber tra’do mucho beneficio a los que viven en la Tierra, pero... Estos padres llegan con su ni–o de tres a–os a su parcela de dacha y traen consigo sus juguetes favoritos. Los juguetes artificiales, que desplazan las verdaderas prioridades del Universo. ÁAy, si al menos no hicieran eso! En efecto, al ni–o se le puede entretener y entusiasmar con otra ocupaci—n m‡s interesante que la desprovista de sentido e incluso perjudicial comunicaci—n con los objetos manufacturados.

En primer lugar, pedidle que os ayude, pero hay que hacerlo muy en serio, sin condescendencia alguna, ya que, de hecho, Žl realmente os ayudar‡.

Si est‡is plantando, pedidle que sostenga las semillas que se van a plantar o que rastrille el bancal, o que, de por s’, ponga la semilla en el hoyo preparado. En todo momento, comentadle lo que est‡is haciendo, por ejemplo, as’:

ÒVamos a poner la semilla en la tierra y con la tierra lo cubrimos. Cuando el solecito luzca y caliente la tierra, la semilla sentir‡ el calorcito y empezar‡ a crecer, querr‡ mirar al solecito y asomar‡ de la tierra un brotecito verde, tal como ŽsteÓ. Y con estas palabras, hay que se–alarle alguna hierbecita. ÒSi le gusta, el brotecito va a hacerse cada vez m‡s y m‡s grande y puede convertirse en un ‡rbol, o en algo m‡s peque–o, en una flor. TambiŽn quiero que nos dŽ un sabroso fruto, y tœ lo comer‡s, si te gusta. El brotecillo preparar‡ su fruto para tiÓ.

Cada vez que lleguŽis con el ni–o a vuestro terreno, o cuando despierte por la ma–ana, lo primero que hay que hacer es proponerle mirar si ha asomado ya el brotecito. Cuando ve‡is que el brotecito ya ha aparecido, regocijaos. Si sembr‡is plantones en vez de semillas, tambiŽn hay que explicarle al ni–o lo que est‡is haciendo. Si sembr‡is los plantones de tomates, entonces, que Žl os traiga los tallos uno a uno. Si quebrara alguno sin querer, tomad en las manos el tallito quebrado y decid: ÒCreo que Žste no va a vivir y no nos dar‡ fruto, se ha quebrado, pero con todo y con eso, vamos a probar a plantarloÓ. Y plantad, junto a los otros, al menos un plant—n quebrado.

Al cabo de unos d’as, cuando os acerquŽis otra vez al bancal con vuestro hijo y los tallos de tomates hayan agarrado ya, se–aladle al peque–o tambiŽn el tallito quebrado, que se est‡ marchitando y recordadle al ni–o que Žste se quebr— al plantarlo. Pero al hacer esto, no hablŽis al ni–o en un tono aleccionador. Hay que hablarle como a un igual. En su conocimiento tiene que grabarse que en algunas cosas Žl os supera a vosotros, por ejemplo, en pureza de pensamientos. ƒl es un ‡ngel. Si logr‡is entender esto, posteriormente podrŽis actuar ya intuitivamente, y verdaderamente vuestro hijo llegar‡ a ser esa persona que os har‡ felices a vosotros.

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Cuando vay‡is a dormir bajo el cielo estrellado, llevad con vosotros tambiŽn a vuestro hijo, acostadle a vuestro lado, que mire el cielo estrellado, pero en ningœn caso le expliquŽis ni los nombres de los planetas, ni c—mo vosotros entendŽis su origen y predesignaci—n, puesto que vosotros mismos no lo sabŽis, y los dogmas que existen en vuestro cerebro, solamente van a desviar al ni–o de la verdad. Su subconsciente conoce la verdad, y Žsta, de por s’, pasar‡ a su conciencia. PodŽis comentarle simplemente que os gusta mirar las estrellas luminosas y preguntarle a vuestro hijo quŽ estrella le gusta m‡s de entre todas.

En general, es muy importante saber hacerle al ni–o o a la ni–a las preguntas. Al a–o siguiente, hay que ofrecerle su propio bancal, adornarlo, darle la posibilidad de hacer all’ todo lo que quiera. En ningœn caso hay que obligarle a hacer algo en este bancal, ni corregir lo que haga. Solamente se le puede preguntar de vez en cuando lo que quiere hacer. Se le puede ayudar, pero s—lo despuŽs de haberle pedido permiso para trabajar un poco junto a Žl o ella. Cuando vay‡is a sembrar los cereales, invitadle a que eche algunos granos en el bancal con su manita.

―Bueno ―observŽ todav’a con incredulidad―, puede que de esta manera, el ni–o muestre interŽs por el mundo vegetal, y puede que llegue a ser un buen agr—nomo, pero, de todas formas, Àde d—nde le van a venir los conocimientos en los otros ‡mbitos?

―ÀPero c—mo, de d—nde? No es s—lo una cuesti—n de que va a tener un conocimiento y un sentimiento de quŽ crece y c—mo. Lo principal es que Žl empezar‡ a pensar y a analizar, y en su cerebro se despertar‡n unas peque–as cŽlulas que van a funcionar ya toda su vida. Precisamente Žstas, le van a hacer m‡s inteligente y con m‡s talento que aquellos que tienen estas celulitas dormidas. En cuanto a la vida, a lo que vosotros llam‡is el progreso, esta persona puede resultar insuperable en cualquier campo, y la mayor pureza de sus pensamientos, en comparaci—n con los otros, le har‡ m‡s feliz. El contacto que ha establecido con sus planetas le permitir‡ recibir e intercambiar, constantemente, m‡s y m‡s informaci—n nueva cada vez. Toda esta informaci—n va a ser recibida por su subconsciente y transmitida a la conciencia en forma de m‡s y m‡s pensamientos y descubrimientos nuevos. En apariencia, parecer‡ una persona corriente, pero interiormente... Žste es el tipo de persona a la que vosotros llam‡is Òun genioÓ.

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La escuela del bosque.

―Dime, Anastasia, Àes Žsta la manera en la que tus padres te criaron a ti?

Me contest— tras una breve pausa durante la cual, supongo, estuvo recordando su infancia:

―Casi no me acuerdo de pap‡ y mam‡ en carne y hueso. El abuelo y el bisabuelo me educaron as’, como te he contado ahora, m‡s o menos. Pero, de hecho, es como si yo

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sola pudiera sentir bien la naturaleza y el mundo animal a mi alrededor. Quiz‡s, sin comprender completamente todo su mecanismo, pero eso ya no es lo principal cuando puedes sentirlo. De vez en cuando, el abuelo y el bisabuelo ven’an a m’ y me hac’an preguntas que me ped’an que contestara. En nuestra cultura, la generaci—n mayor trata al bebŽ o al ni–o peque–o como a la divinidad y, a travŽs de las respuestas del ni–o, comprueban su propia pureza.

EmpecŽ a pedirle a Anastasia que recordara alguna pregunta concreta y la respuesta que ella dio. Sonri— y me cont—:

―Un d’a, estaba yo jugando con una culebrilla. Me volv’, y all’ estaban el abuelo y el bisabuelo, a mi lado, sonriendo. En seguida me alegrŽ mucho, porque era interesante estar con ellos. S—lo ellos pueden hacerme preguntas, y su coraz—n palpita al mismo ritmo que el m’o, los animales tienen otros ritmos diferentes. Me acerquŽ corriendo a ellos, el bisabuelo me hizo una reverencia y el abuelo me cogi— en sus rodillas. Yo escuchaba c—mo palpitaba su coraz—n y jugaba con los pelos de su barba examin‡ndolos. Ninguno dec’a una palabra. Est‡bamos all’ juntitos pensando cada uno en lo nuestro, y se estaba tan bien as’. DespuŽs el abuelo me pregunt—:

―Dime, Anastasia, Àpor quŽ aqu’ y aqu’ me crece el pelo ―se–alando su cabeza y su barba― y aqu’ y aqu’ no me crece? ―se–alando su frente y su nariz.

ToquŽ su frente y su nariz, pero la respuesta no me nac’a, y no pod’a hablar irreflexivamente, ten’a que entenderlo por m’ misma antes que nada.

La siguiente vez que vinieron, el abuelo dijo de nuevo:

―Bueno, todav’a sigo pensando, por quŽ aqu’ me crece el pelo, y aqu’ no ―y otra vez se–al— su frente y su nariz.

El bisabuelo me miraba atenta y seriamente. Entonces pensŽ que quiz‡s, realmente, Žste era un problema serio para el abuelo y le preguntŽ:

―Abuelo, dime, Àquieres de verdad que el pelo te crezca por todas partes, tanto en tu frentecita como en tu naricita?

El bisabuelo se qued— pensativo y abuelo contest—:

―No, no quiero.

―ÁEntonces, por eso no te crece, porque no lo quieres!

ƒl, con aire pensativo, se pregunt—, ya como a s’ mismo, pas‡ndose la mano por la barba:

―ÀY si aqu’ crece, entonces, es porque lo quiero as’?
Y presisamente aqu’ fue donde yo le confirmŽ:
―Claro, abuelo, tœ lo quieres, y yo y aquel que te invent—.
En este momento, el bisabuelo, un poco exaltado, me pregunt—: ―ÀY quiŽn? ÀQuiŽn le invent—?

―Aquel que lo invent— todo ―respond’.
―ÀPero d—nde est‡ Žl? Se–‡lale, ―me pidi— el bisabuelo, haciŽndome una reverencia. Yo no les pude contestar enseguida, pero esta pregunta se qued— conmigo, y empecŽ a

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pensar en ella a menudo.
―ÀY finalmente, les diste una respuesta? ―le preguntŽ a Anastasia.

―ContestŽ, al cabo de un a–o m‡s o menos, y entonces comencŽ a recibir m‡s preguntas, pero hasta que contestŽ aquŽlla, los abuelos estuvieron sin plantearme nuevas cuestiones, y esto me preocupaba mucho.

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Atenci—n a la persona

PreguntŽ a Anastasia quiŽn le hab’a ense–ado a hablar si apenas recordaba a su madre y su padre, y su abuelo y su bisabuelo se comunicaban con ella raramente. Las respuestas que recib’ me dejaron estupefacto y creo que deber’an ser interpretadas por especialistas, por lo que tratarŽ de reproducirlas lo m‡s completa y fielmente posible. El sentido de Žstas empez— a aclararse para m’ poco a poco. Tras mi pregunta, ella precis—:

―ÀTe refieres a la habilitad de poder hablar las diferentes lenguas de la gente? ―ÀQue quieres decir con ÒdiferentesÓ? ÀEs que sabes hablar en diferentes idiomas? ―S’ ―contest—Anastasia.

―ÀTambiŽn en alem‡n, francŽs, inglŽs, japonŽs, chino?
―S’ ―repiti— ella y a–adi—:―. Si lo est‡s viendo, que hablo contigo en tu lengua.

―ÀQuieres decir, en ruso?

―Bueno, eso ser’a generalizar mucho. Yo hablo, o al menos lo intento, con los giros y palabras que, precisamente tœ, usas en tu lenguaje. Esto me resultaba un poco dif’cil al principio porque tœ tienes un vocabulario peque–o, repites mucho los mismos giros, y adem‡s, expresas muy dŽbilmente los sentimientos. Con tal lenguaje, es dif’cil exponer de manera suficientemente exacta todo lo que se quiere.

―Espera, Anastasia, ahora te preguntarŽ algo en lengua extranjera y tœ me contestas. ―Le dije Òbuenos d’asÓ en inglŽs, despuŽs en francŽs. En seguida me contest—.

Por desgracia, no domino las lenguas extranjeras. En la escuela estudiŽ alem‡n, pero me dieron s—lo un aprobado. Me acordŽ de una frase entera en alem‡n, que nos hab’amos empollado bien mis compa–eros de escuela y yo. Se la dije a Anastasia:

―Ich liebe dich, und gib mir deine hand.51
Ella me extendi— la mano y contest— en alem‡n:
―Te doy mi mano.
Qued‡ndome estupefacto, todav’a sin dar crŽdito a mis o’dos, preguntŽ:
―ÀQuieres decir, entonces, que a cada persona se le puede ense–ar todas las lenguas?

51 Te amo, y dame tu mano.

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Intuitivamente, sent’ que deb’a de haber alguna explicaci—n sencilla para este extraordinario fen—meno, y yo ten’a que entenderlo bien para hacerlo llegar a la gente.

―Anastasia, venga cuŽntamelo en mi lenguaje, e intenta hacerlo con ejemplos, y que sea comprensible ―ped’ un poco excitado.

―Est‡ bien, est‡ bien, s—lo tranquil’zate, rel‡jate, porque si no, no lo comprender‡s. Pero primero vamos, voy a ense–arte a escribir en lengua rusa.

―Yo ya sŽ escribir. Tœ cuŽntame lo de la ense–anza de las lenguas extranjeras.

―No simplemente escribir, te ense–arŽ a ser un escritor, con talento. Escribir‡s un libro.

―Es imposible.

―ÁEs posible! Si es muy f‡cil.

Anastasia cogi— una varita y traz— en la tierra todo el alfabeto ruso con los signos de puntuaci—n, y me pregunt— cuantas letras hab’a all’.

―Treinta y tres ―contestŽ.
―Ya ves, hay muy pocas letras. ÀLlamar’as a esto que he trazado aqu’ un libro?

―No ―contestŽ―, es un alfabeto normal y nada m‡s. Son simplemente las letras normales y corrientes.

―Pero es que todos los libros en la lengua rusa se componen de estas letras normales y corrientes, —observ— Anastasia.— ÀEst‡s de acuerdo con esto? ÀEntiendes quŽ f‡cil es todo?

―S’, pero en los libros est‡n dispuestas de otra manera.

―Es cierto, todos los libros se componen de multitud de combinaciones de estas letras, la persona las coloca autom‡ticamente, gui‡ndose por los sentimientos. De ah’ se deduce que primero nacen los sentimientos, dibujados con su imaginaci—n, y no la combinaci—n de las letras y los sonidos. A quien lo lee le surgen, poco m‡s o menos, los mismos sentimientos y se le quedan en la memoria por mucho tiempo. ÀPuedes recordar im‡genes o situaciones de libros que has le’do?

―Puedo, ―contestŽ tras pensar un momento.

Por algœn motivo, recordŽ HŽroe de nuestro tiempo, de LŽrmontov52, y empecŽ a cont‡rselo a Anastasia. Ella me cort—:

―Ya ves, puedes describir a los personajes del libro y contar lo que sent’an, a pesar de haber transcurrido no poco tiempo desde que lo le’ste. Y si ahora te pidiera que dijeras en quŽ orden est‡n colocadas las treinta y tres letras en ese libro, quŽ combinaciones se han construido con ellas, Àpodr’as reproducirlo?

―No, es imposible.

―En verdad es muy dif’cil. Entonces, los sentimientos de una persona se pasaron a otra por medio de toda clase de combinaciones de treinta y tres letras. Tœ miraste estas combinaciones y las olvidaste en seguida, pero los sentimientos y las im‡genes se grabaron para quedarse en la memoria por mucho tiempo...Y as’ resulta que si uno

52 Mijail Yœryevich LŽrmontov (1814 – 1841): poeta y escritor ruso del siglo XIX. Su novela HŽroe de nuestro tiempo est‡ incluida en el nœmero de obras literarias de lectura obligatoria en la escuela de ense–anza general b‡sica.

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vincula los sentimientos del alma directamente con estos signos, sin pensar en convencionalismo alguno, el alma har‡ que estos signos se organicen y combinen de tal forma que el que lo lea posteriormente, sentir‡ el alma de aquel que lo escribi—. Y si en el alma de aquel que lo escribi—...

―Espera, Anastasia. Expl’camelo de forma m‡s sencilla, m‡s comprensible y concreta, y muŽstrame c—mo se ense–an las lenguas por medio de algœn ejemplo. Puedes hacerme un escritor m‡s tarde. Y ahora dime quiŽn te ense–— a ti a comprender las diferentes lenguas y c—mo.

―Mi bisabuelo ―contest— Anastasia.
―Dame un ejemplo ―ped’ yo, deseoso de entenderlo todo r‡pidamente.

―Est‡ bien, pero no te preocupes. De todas formas, encontrarŽ la manera de que esto sea comprensible para ti, y si para ti es tan importante, intentarŽ ense–arte tambiŽn todas las lenguas. De hecho es f‡cil.

―Para nosotros esto es absolutamente incre’ble, Anastasia, por eso, trata de explicarlo. Y dime, Àcu‡nto tiempo ser’a necesario para ense–‡rmelo?

―Ella se qued— pensando un momento, mir‡ndome, y despuŽs dijo:

―La memoria la tienes ya mediocre, y luego est‡n tus problemas cotidianos... Se necesitar‡ mucho tiempo para ti.

―ÀCu‡nto? ―no ten’a paciencia para escuchar la respuesta.

―Para una comprensi—n de nivel b‡sico, como Òbuenos d’asÓ, Òhasta luegoÓ, etc., creo que no menos de cuatro, o incluso seis meses ―contest— Anastasia.

―Ya est‡, Anastasia, cuenta c—mo lo hac’a tu bisabuelo.

―ƒl jugaba conmigo.

―ÀC—mo jugaba? ÁCuenta!

―Entonces tranquil’zate, vamos, rel‡jate. Para nada puedo entender por quŽ te pones tan nervioso.

Y ella continu— con tranquilidad:

―El bisabuelo jugaba conmigo, como si bromeara. Cuando Žl ven’a a m’, solo, sin el abuelo, siempre se acercaba, hac’a una profunda reverencia, me tend’a su mano, yo la m’a. Primero, me estrechaba la mano, despuŽs apoyaba una rodilla en el suelo, me besaba la mano y dec’a: ÒBuenos d’as, AnastasiaÓ.

Una vez que vino, todo lo hizo como siempre, sus ojos, como siempre, me miraban con cari–o, pero sus labios dijeron algœn tipo de abracadabra. Le mirŽ con asombro, cuando Žl ya me empez— a decir otra cosa completamente incoherente. No me resist’ y le preguntŽ:

―Abuelito, Àte has olvidado quŽ se debe decir?

―Lo he olvidado, ―contest— el bisabuelo.

DespuŽs, el bisabuelo se alej— de m’ unos pasos, pens— en algo, y otra vez se acerc—, me tendi— la mano, yo le di la m’a. ƒl apoy— su rodilla y me bes— la mano. Con su mirada cari–osa, movi— los labios, pero, esta vez, no dijo nada en absoluto. Hasta me asustŽ. Y entones fue cuando le soplŽ:

―Buenosd’as,Anastasia —dije.

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―Correcto ―confirm— el bisabuelo y sonri—.

Y yo entend’ que esto era un juego y jug‡bamos as’, a menudo. Al principio era f‡cil, despuŽs el juego se iba complicando cada vez m‡s, aunque tambiŽn se hac’a m‡s interesante. Este juego se empieza a la edad de tres a–os y se termina a los once, cuando la persona como que se examina y el examen consiste en que, mirando atentamente al interlocutor, esta persona pueda comprenderle sin palabras, cualquiera que sea la lengua en la que el interlocutor se exprese. Tal di‡logo es mucho m‡s perfecto que el hablado, y es m‡s veloz, m‡s pleno. Vosotros lo llam‡is transmisi—n de pensamientos a distancia. Lo consider‡is algo extraordinario, como un fen—meno de la esfera de lo fant‡stico, cuando es simplemente una actitud atenta a la persona, una imaginaci—n desarrollada y buena memoria. Detr‡s de esto se encierra, no solamente una manera m‡s perfecta de intercambio de informaci—n, sino tambiŽn el conocimiento del alma humana, del mundo vegetal y animal, de todo el Universo en general.

―Pero Anastasia, ÀquŽ tienen que ver las plantaciones que crecen en la huerta con todo esto? ÀQuŽ importancia tienen ellas aqu’?

―ÀC—mo que quŽ tienen que ver? Simult‡neamente, el ni–o est‡ conociendo el mundo de las plantas como la part’cula del mecanismo del Universo y entra en contacto con sus planetas. Con su ayuda y la ayuda de sus padres, r‡pidamente, muy r‡pidamente, concibe la verdad e intensivamente se desarrolla en el dominio de vuestras ciencias: psicolog’a, filosof’a, ciencias naturales. Pero, si al realizar este juego de los idiomas se utiliza como ejemplo alguna cosa manufacturada del mundo artificial, el ni–o se embrollar‡. No le van a ayudar las fuerzas de la naturaleza, del Cosmos.

―Ya te lo dec’a, Anastasia: el ni–o al fin y al cabo puede llegar a ser un agr—nomo. Pero en los otros campos, Àde d—nde le surgir‡n los conocimientos?

Pero Anastasia empez— a afirmar que la persona criada de esta manera tendr‡ la capacidad de adquirir conocimientos de manera r‡pida en cualquier ‡mbito de nuestras ciencias.

16
ÀUn platillo volante? Nada extraordinario

Entonces le ped’ que, como ejemplo de su afirmaci—n, me mostrara sus propios conocimientos en el ‡mbito tecnol—gico.

―ÀQuŽ es lo que quieres de m’, que te cuente c—mo funcionan los diversos mecanismos de vuestro mundo?

―Bueno, que hables acerca de algo como... lo que nuestros mayores cient’ficos estŽn apenas rozando. A ver... por ejemplo... Àpor quŽ no haces algœn gran descubrimiento cient’fico?

―Si eso es lo que estoy haciendo para ti todo el tiempo.
―Pero no tienes que hacerlo para m’, sino para el mundo cient’fico, para que ellos lo

reconozcan como un descubrimiento. ÀPor quŽ no haces un descubrimiento que 56 5

demuestre tus habilidades en alguno de estos campos: tecnol—gico, naves espaciales, ‡tomos, combustible para autom—viles... ya que dices que todo esto es tan sencillo?

―En comparaci—n con lo que te estoy intentando explicar, estos campos que mencionas son algo, Àc—mo dec’rtelo en vuestro lenguaje para que entiendas la diferencia? ÀDe la edad de piedra, quiz‡s?

―Entonces, perfecto. Si segœn tœ, eso es primitivo, m‡s comprensible ser‡. Demostrar‡s que tienes raz—n y confirmar‡s que tu inteligencia es m‡s elevada que la m’a. Dime, por ejemplo, Àconsideras que nuestros aviones y naves espaciales son mecanismos perfectos?

―No. Son bastante primitivos y son la prueba de lo primitivo del camino tecn—crata de desarrollo.

Tal contestaci—n me puso en guardia, porque comprend’ que, o bien ella realmente sabe much’simo m‡s de lo que se puede imaginar con una conciencia normal y corriente, o bien sus juicios no son m‡s que los juicios de una loca. Y continuŽ con mi interrogatorio:

―ÀQuŽ tienen de primitivos nuestros cohetes y aviones?
Anastasia me contest— tras una pausa, como para permitirme tomar conciencia de lo

que iba a decirme.
―El movimiento de todos vuestros mecanismos, absolutamente todos, se basa en la

energ’a de explosi—n. Al desconocer fuentes de energ’a m‡s perfectas y naturales, vosotros est‡is usando esta forma, tan primitiva y engorrosa, con un empe–o incre’ble. Y ni siquiera las consecuencias funestas de su uso os detienen. No s—lo vuestros aviones y cohetes tienen una risible autonom’a de vuelo y se elevan sobre la Tierra m’nimamente en escala del Universo, sino que adem‡s, este mŽtodo ya casi ha llegado a sus l’mites, por as’ decirlo. ÁPero si es rid’culo! La materia que se est‡ explotando o quemando empuja una construcci—n paquidŽrmica a la que llam‡is nave espacial. Adem‡s, la mayor parte de esta nave est‡ dedicada, precisamente, con los problemas de propulsi—n.

―ÀY quŽ otro principio de locomoci—n en el aire puede haber?
―Pues, como el del platillo volante, por ejemplo ―contest— Anastasia. ―ÁÀQuŽ?! ÀSabes algo sobre platillos volantes y su principio de locomoci—n? ―Claro que s’. Este principio es muy sencillo y racional.
A m’, hasta se me sec— la garganta y empecŽ a meterle prisa:
―Cuenta, Anastasia, r‡pido y de forma clara.

―Est‡ bien, pero no te exaltes porque si te exaltas, ser‡ m‡s dif’cil para ti comprenderlo. El principio de la locomoci—n del platillo volante est‡ basado en la energ’a producida por la generaci—n del vac’o.

―ÀC—mo? Habla m‡s claro.
―Tienes un vocabulario dŽbil, al que me tengo que limitar para que puedas

comprenderlo todo.
―Ahora te a–ado algunas palabras m‡s ―dije yo a bocajarro poniŽndome nervioso―

tarro, tapadera, pastilla, aire... ―y empecŽ a nombrar r‡pidamente todas las palabras que se me vinieron a la cabeza en aquel momento, soltando hasta palabrotas.

Anastasia me cort—:
―No es necesario, conozco todas las palabras con las cuales puedes expresarte, pero

hay tambiŽn otras, y en general, hay otro mŽtodo de traspasar la informaci—n, con la ayuda del cual podr’a explic‡rtelo todo en un minuto, mientras que ahora vamos a necesitar, probablemente, unas dos horas. Es mucho. Yo quisiera hablarte de lo otro, de lo m‡s significativo.

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―No, Anastasia. CuŽntame lo del platillo, su principio de locomoci—n y los portadores de energ’a. Hasta que no lo comprenda, no voy a escuchar nada m‡s.

―Est‡ bien ―continu— ella―. Explosi—n, es cuando una materia dura se convierte r‡pidamente, bajo cierta influencia, en gas o cuando, durante alguna reacci—n, dos materias gaseosas se convierten en otras m‡s ligeras. Todos entienden esto, por supuesto.

―S’ ―contestŽ―, la p—lvora, si la enciendes, se convierte en humo, y la gasolina, en gas.

―S’, eso m‡s o menos. Pero si tœ o vosotros tuvierais los pensamientos m‡s puros y por tanto, los conocimientos de los mecanismos de la naturaleza, ya hace tiempo que podr’ais haber tomado conciencia de que si existe una materia que puede expandirse considerablemente en un instante, es decir, explotar, pasando a otro estado, entonces, tiene que existir tambiŽn el proceso inverso. En la naturaleza, este proceso se da en los microorganismos vivos que convierten sustancias gaseosas en s—lidas. De hecho, todas las plantas lo hacen, s—lo que a diferente velocidad y grado de dureza y resistencia de lo que crean. Mira a tu alrededor, y ver‡s que, en efecto, ellas beben los jugos de la tierra y respiran el aire, y a partir de ello producen un cuerpo s—lido y resistente, como la madera, por ejemplo, o m‡s s—lido y duro aœn, la c‡scara de nuez o el hueso de ciruela. Pero esos microorganismos que te digo, invisibles a nuestros ojos, hacen esto mismo a una velocidad fant‡stica, aliment‡ndose s—lo de aire. Y precisamente estos mismos microorganismos son los propulsores del platillo volante. Son semejantes a una micro cŽlula del cerebro. S—lo que su acci—n es de muy limitado alcance. Su œnica funci—n es la propulsi—n. Sin embargo, la realizan a la perfecci—n y pueden acelerar la marcha del platillo volante hasta una dŽcimo novena parte de la velocidad de pensamiento del habitante medio actual de la Tierra.

Estos microorganismos est‡n situados en el interior de las dobles paredes del platillo volante, en la parte superior del mismo. La distancia entre las paredes es aproximadamente de tres cent’metros. La superficie exterior de las paredes superior e inferior del platillo es porosa, con agujeritos microsc—picos. A travŽs de estos agujeritos los microorganismos absorben el aire, creando as’ el vac’o delante del platillo. Los hilos de aire empiezan a coagularse aœn antes de su contacto con el platillo, y una vez pasados a travŽs de estos microorganismos, se convierten en unas esferas diminutas. DespuŽs, estas esferas van abland‡ndose y consecuentemente se agrandan hasta aproximadamente medio cent’metro de di‡metro, y bajan rodando entre las paredes hasta la parte inferior del platillo, donde otra vez se descomponen en una sustancia gaseosa. Se pueden comer, si se hace a tiempo, antes de su descomposici—n.

―Y las propias paredes del platillo volante, Àde quŽ est‡n hechas? ―Se cultivan.
―ÁÀC—mo es eso?!

―ÀY por quŽ te sorprendes en lugar de pensarlo un poco? Mucha gente cultiva en diferentes tipos de recipientes un hongo, que hace que el agua en la que se coloca cobre un agradable sabor, un poco ‡cido. Esta seta adopta la forma del recipiente en el que se encuentra. Por cierto, que esta seta, es muy parecida al platillo volante, e incluso crea una doble pared a su alrededor, tambiŽn. Si en su agua a–adiŽramos un microorganismo m‡s, se endurecer’a, pero este, as’ llamado, microorganismo se podr’a producir, o m‡s exactamente, se podr’a engendrar con la fuerza del cerebro, es decir, con la voluntad, imagin‡ndolo vivamente.

―ÀTœ puedes hacerlo?
―S’, pero no ser’a suficiente s—lo con mis esfuerzos. Se requiere la acci—n de varias

decenas de personas que posean la misma habilidad y hay que hacerlo, durante un a–o. 58 5

―ÀY hay en nuestra Tierra todo lo necesario para hacer, o cultivar, como tœ dices, este platillo volante y los microorganismos?

―Por supuesto que s’. En la Tierra hay de todo lo que hay en el Universo.
―ÀY c—mo colocar los microorganismos dentro de las paredes del platillo, si son tan

peque–os, que no se pueden ver?
―Una vez que la pared superior est‡ cultivada, Žsta, por s’ misma, los atraer‡ y

almacenar‡ en enormes cantidades, igual que los panales atraen a las abejas. Sin embargo, este proceso requiere tambiŽn de los esfuerzos volitivos de varias decenas de personas. Pero no vale la pena detallar m‡s todo esto, porque vosotros, de todas formas, no vais a poder cultivarlo por la ausencia entre vosotros, de momento, de las personas con la voluntad, el intelecto y los conocimientos necesarios.

―ÀY tœ, acaso, no puedes ayudar de alguna manera? ―Puedo.
―Entonces hazlo.
―Ya lo he hecho.

―ÀQuŽ has hecho? ―preguntŽ sin entenderlo.
―Te contŽ c—mo hay que criar a los ni–os. Y te contarŽ m‡s acerca de esto. Tœ lo

contar‡s a la gente. Muchos tomar‡n conciencia de ello y sus hijos, criados de esa manera, van a poseer el intelecto, los conocimientos y la voluntad que permiten hacer, no s—lo un primitivo platillo volante, sino cosas sensiblemente m‡s grandes...

―Anastasia, Àde d—nde sabes todo esto acerca del platillo volante? ÀNo me digas que tambiŽn a travŽs de tu comunicaci—n con las plantas?

―Ellos han aterrizado aqu’, y yo..., Àc—mo dec’rtelo?, digamos que les estuve ayudando a reparar su nave.

―ÀSon ellos mucho m‡s inteligentes que nosotros?

―Ni mucho menos, les falta mucho para igualarse al Hombre. Tienen miedo de Žl, no se acercan a la gente, aunque son muy curiosos. Al principio, ellos ten’an miedo de m’. Me apuntaban con sus paralizadores mentales. Se esforzaban en mostrarse amenazadores. Trataban de asustarme, de sorprenderme. Con mucho trabajo logrŽ tranquilizarlos y convencerles de que s—lo pretend’a tratarlos con cari–o.

―ÀY c—mo es que no son m‡s inteligentes, cuando hacen algo que el ser humano todav’a no puede?

―ÀQuŽ hay de sorprendente en eso? Las abejitas tambiŽn hacen construcciones incre’bles a partir de materiales naturales, con todo un sistema de ventilaci—n y calefacci—n; pero esto no significa que sean superiores al Hombre en su inteligencia. No hay nada ni nadie m‡s fuerte que el Hombre en todo el Universo, excepto Dios.

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El cerebro: un superordenador

La posibilidad de construir un platillo volante me interes— enormemente. Incluso si consideramos solamente el principio de propulsi—n que me explic— Anastasia, y s—lo como una hip—tesis, es, de hecho, nueva. Pero el platillo volante es un mecanismo complicado y para nosotros, los terr’colas, no es un art’culo de primera necesidad.

Por esta raz—n, quise o’r algo que se pudiera comprender de forma inmediata. Y que ese ÒalgoÓ no requiriera ningœn tipo de investigaci—n por parte de las mentes cient’ficas, sino que pudiera ser llevado a la pr‡ctica enseguida, en nuestra vida diaria, y ser œtil

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para toda la gente. EmpecŽ a pedirle a Anastasia que encontrara una soluci—n para algœn problema candente al que nuestra sociedad se estŽ enfrentando hoy en d’a. Ella accedi—, pero pregunt—:

―Pero, especifica este problema al menos un poco. ÀC—mo puedo solucionarlo sin saber lo que quieres?

EmpecŽ a pensar cu‡l es el asunto m‡s candente al que nos enfrentamos hoy en d’a, y me vino a la mente un problema con las siguientes condiciones:

―Ver‡s, Anastasia, nuestras ciudades principales se enfrentan actualmente a un problema acuciante: la poluci—n medioambiental. El aire all’ est‡ tan mal que es dif’cil respirarlo.

―Pero, si sois vosotros mismos los que est‡is contaminando.
―Est‡ claro que somos nosotros mismos. Sigue escuchando lo que te quiero decir, y

por favor, no filosofes con la idea de que somos nosotros los que tenemos que ser m‡s puros, tener m‡s ‡rboles, etcŽtera. Considera lo que hay, lo que son las cosas hoy en d’a, y encuentra una soluci—n... como por ejemplo, que el aire en las ciudades se haga un cincuenta por ciento m‡s limpio sin que ello suponga ningœn gasto del tesoro pœblico, es decir, del Estado. Y que lo que encuentres sea la m‡s racional de todas las variantes imaginables, se pueda poner en pr‡ctica enseguida, y sea comprensible para m’ y todos los dem‡s.

―Lo intentarŽ ahora mismo ―contest— Anastasia―. ÀHas enumerado todas las condiciones?

IntentŽ complicar m‡s la tarea, por si acaso su inteligencia y habilidades resultaban en verdad muy superiores a lo que nuestra capacidad de razonamiento puede admitir hoy d’a. Por eso a–ad’:

―Y que lo que inventes, reporte beneficio tambiŽn.
―ÀA quiŽn?
―A m’, y tambiŽn al pa’s. Tœ vives en el territorio de Rusia, as’ es que, a toda Rusia. ―ÀEst‡s hablando de dinero?
―S’.
―ÀDe mucho dinero?

―Beneficio, Anastasia, es decir, dinero, nunca es mucho. Pero yo necesito lo suficiente para cubrir esta expedici—n y que quede bastante para la siguiente, y para Rusia...

Me quedŽ pensando... ÀY si pudiera motivar a Anastasia tambiŽn con beneficios materiales de nuestra civilizaci—n? Y le preguntŽ:

―ÀY tœ, no quieres algo para ti?
―Yo lo tengo todo —contest— ella.
Y de repente se me ocurri— una idea con la que, pensŽ, pod’a ganar su interŽs.

―Mira, Anastasia, considera una condici—n m‡s: que aquello que idees, dŽ tanto dinero, que todos tus queridos dachniks, todos esos horticultores, en todas las partes de Rusia puedan recibir las semillas gratis o con algœn tipo de condiciones muy ventajosas.

―ÁMagn’fico! ―exclam— Anastasia―. ÁQuŽ bien pensado! Si ya lo tienes todo, ahora mismo me pongo a estudiarlo a fondo. ÁC—mo me gusta esto de las semillas! ÀO tienes alguna cosa m‡s?

―No, Anastasia. Con esto es suficiente, de momento.
Sent’ que le inspir— la tarea en s’, y especialmente lo de las semillas gratis para sus

dachniks. Pero entonces yo todav’a estaba convencido de que, incluso con sus habilidades, conseguir solucionar lo de purificar el aire era simplemente imposible, ya que de otra manera, much’simas de nuestras instituciones cient’ficas ya habr’an encontrado una soluci—n hace tiempo.

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Anastasia se tumb— en la hierba enŽrgicamente, y no tranquilamente como lo hac’a siempre, y extendi— los brazos. Los dedos doblados, apuntando con las yemas hacia arriba, ahora se mov’an, ahora se quedaban quietos. Las pesta–as de sus ojos cerrados se estremec’an de vez en cuando. Permaneci— as’ unos veinte minutos, despuŽs abri— los ojos, se sent— y dijo:

―Ya lo he determinado. ÁPero quŽ pesadilla es esto! ―ÀQuŽ has determinado? ÀCu‡l es la pesadilla?

―El da–o m‡s grande os lo causan los llamados coches. Hay demasiados en las grandes ciudades, y todos emiten un olor desagradable y sustancias nocivas para el organismo. Lo m‡s terrible es que estas sustancias se mezclan con las part’culas de tierra y polvo, impregn‡ndolo todo. El movimiento de estos coches levanta el polvo impregnado y la gente aspira este amasijo horroroso, que se eleva en el aire y cae despuŽs sobre la hierba y los ‡rboles, y lo cubre todo alrededor. Esto es muy malo, muy da–ino para la salud de la gente y de las plantas.

―Claro que es malo, pero esto ya lo saben todos. La cuesti—n es que nadie puede hacer nada. Hay m‡quinas limpiadoras, pero Žstas no solucionan gran cosa... Entonces, Anastasia, tœ no has descubierto nada. Nada nuevo en absoluto. No has encontrado una soluci—n original para la purificaci—n del aire.

―Pero es que, de momento, s—lo he determinado la causa principal del da–o; ahora voy a analizarlo, a pensar la soluci—n. Necesito concentrarme mucho tiempo. Es posible que incluso hasta una hora, porque nunca antes me he ocupado de problemas as’. Para que no te aburras, pasŽate por el bosque o...

―Tœ ded’cate a pensar, que yo encontrarŽ con quŽ ocuparme.
Y Anastasia se ensimism— de nuevo. Al volver del paseo por el bosque, una hora

despuŽs, me dio la impresi—n al verla, de que no estaba muy satisfecha, y le dije: ―ÀVes, Anastasia?, ni siquiera tu cerebro es capaz de hacer algo con esto. Pero bueno, no te preocupes, muchas de nuestras instituciones cient’ficas ya est‡n trabajando en este problema, y tambiŽn, al igual que tœ, solamente constatan el hecho de la

poluci—n. Ellos tampoco han podido hacer nada todav’a. Ella contest— con un tono un poco de disculpa:

―He examinado, creo, todas las variantes posibles, pero no me sale una reducci—n del cincuenta por ciento con la condici—n de que sea r‡pidamente.

Yo me puse en guardia. Ella hab’a encontrado alguna soluci—n, despuŽs de todo. ―ÀY quŽ porcentaje te ha salido? ―preguntŽ.
Ella suspir—.
―Me falta mucho. Me sali— de un... treinta y cinco a un cuarenta por ciento. ―ÁÀQuŽ?! ―no pude contener una exclamaci—n.

―Un resultado bastante flojo, Àverdad? —pregunt— Anastasia.
Se me sec— la garganta, yo sent’a que ella no pod’a enga–ar, exagerar o aminorar las

cosas. Esforz‡ndome por contener la emoci—n, dije:
―Vamos a cambiar las condiciones de la tarea: que sea un treinta y ocho por ciento.

Cuenta r‡pidamente lo que has encontrado.
―Es necesario que todos estos coches, no s—lo dispersen este polvo abominable, sino

que tambiŽn lo recojan.
―ÀY c—mo se hace eso? ÁHabla m‡s r‡pido!
―ÀQuŽ tienen estos autom—viles delante que sobresale? ÀC—mo se llama eso? ―Parachoques ―le ayudŽ.

―De acuerdo, parachoques. Pues dentro o debajo de Žste, hay que instalar una cajita con agujeritos en la parte superior delantera. TambiŽn tiene que tener agujeritos en la parte de atr‡s, para que el aire pueda salir. Cuando estos coches est‡n en movimiento, el

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aire polvoriento tan perjudicial que se levanta va a penetrar a travŽs de los agujeritos delanteros, se va a limpiar, y saldr‡, ya un veinte por ciento mas limpio, a travŽs de los agujeritos traseros.

―ÀY d—nde est‡ tu cuarenta por ciento?
―De momento, este polvo casi no se recoge de la carretera de ninguna manera. Con

tal mŽtodo, habr‡ cada vez menos polvo, puesto que va a ir quit‡ndose cada d’a y por todas partes. He calculado que en un mes, con ayuda de estas cajitas, si van instaladas en todos los coches, la cantidad del polvo sucio se reduce a un cuarenta por ciento. No se puede reducir m‡s all‡ de este porcentaje de poluci—n, ya que hay otros factores influyendo.

―ÀDe quŽ tama–o son las cajitas, y quŽ deber’an contener? ÀCu‡ntos agujeritos han de tener y quŽ distancia debe haber entre ellos?

―Vladimir, Àte gustar’a quiz‡s que yo las instale tambiŽn personalmente en cada uno de los coches?

Por primera vez vi que ella ten’a sentido del humor y me empecŽ a re’r a carcajadas imagin‡ndome a Anastasia montando sus cajitas en los coches. Ella tambiŽn se ech— a re’r, regocij‡ndose con mi jovialidad, y empez— a girar y girar en su claro del bosque.

En verdad, la idea era realmente sencilla. El resto era, simplemente, una cuesti—n de tecnolog’a. Ya, sin la ayuda de Anastasia, yo empecŽ a imaginar c—mo podr’a ser todo: los edictos de los Alcaldes, las inspecciones de control de los veh’culos, los cambios de filtros viejos por nuevos en las gasolineras, los talones de control, etcŽtera. Una simple normativa nueva, como con los cinturones de seguridad.

Entonces, s—lo hizo falta un plumazo y Ávoil‡! cinturones en todos los coches. Y aqu’ tambiŽn, de un plumazo, otra vez, Ávoil‡!: aire m‡s limpio. Los empresarios van a competir por los pedidos de estas cajitas, habr‡ trabajo para las f‡bricas, y lo que es m‡s importante, al final el aire estar‡ m‡s limpio...

―Espera, me dirig’ otra vez a Anastasia, que daba vueltas como en una danza alegre. ÀQuŽ tienen que contener las cajitas estas?

―En las cajitas... en las cajotas... Piensa un poquito por ti mismo. Es muy f‡cil, contest— ella sin detenerse.

―ÀY de d—nde saldr‡ el dinero que dŽ para m’ y para las semillas de los dachniks? ―preguntŽ otra vez.

Ella se par—.

―Pues, Àc—mo de d—nde? Me has pedido la idea m‡s-m‡s racional, y as’ te la he dado, la m‡s racional. En todas las ciudades grandes del mundo van a utilizar esta idea y pagar‡n a Rusia por ella un porcentaje tal, que bastar‡ para que las semillas sean gratis. Y a ti tambiŽn te van a pagar. S—lo que recibir‡s lo tuyo bajo ciertas condiciones.

En aquel momento no prestŽ atenci—n a sus palabras acerca de las ciertas condiciones, sino que empecŽ a precisar otro asunto:

―Pues, entonces, hay que patentarlo. ÀQuiŽn va a pagar voluntariamente?
―ÀPor quŽ no iban a pagar? Claro que van a pagar. Ahora voy a fijar el interŽs. De cada cajita producida, un dos por ciento para Rusia y una centŽsima del uno por ciento

para ti.
―Pero, Àde quŽ sirve que tœ fijes los porcentajes? Desde luego, Anastasia, que otras

cosas ser‡n tu fuerte, pero lo que es de negocios, no entiendes ni jota. Nadie va a pagar voluntariamente. Es, incluso, con contratos firmados, y no siempre pagan. Si supieras quŽ cantidad de impagos tenemos. Los tribunales de arbitraje est‡n sobrecargados. ÀSabes quŽ es un tribunal de arbitraje?

―Me lo supongo. Pero en este caso van a pagar puntualmente. Aquel que se niegue, se arruinar‡. S—lo los honrados van a prosperar.

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―ÀC—mo es eso de que se van a arruinar? ÀEs que te vas a meter a mafiosa o quŽ? ―No faltaba m‡s que inventar... Vaya ideas se te ocurren... Ellos mismos, o m‡s exactamente, las circunstancias que se formar‡n alrededor de los mentirosos har‡n que

ellos se arruinen.
Y en este momento, se me ocurri—, que teniendo en cuenta que Anastasia no puede

enga–ar, y tal como ella misma dice, los mecanismos de la naturaleza no le permiten equivocarse, entonces ella, antes de hacer estas declaraciones, ten’a que haber procesado en su cerebro una cantidad de informaci—n incre’ble, hacer c‡lculos aritmŽticos colosales, adem‡s de considerar un mont—n de factores psicol—gicos de la gente, que ser‡n part’cipes de su proyecto. Para entendernos, ella, no s—lo hab’a solucionado la dif’cil tarea de la purificaci—n del aire, sino tambiŽn hab’a trazado y analizado un plan de negocio, y todo ello en, aproximadamente, una hora y media. Decid’ precisar algunos detalles y le preguntŽ:

―Dime, Anastasia, Àtuviste que hacer algœn tipo de c‡lculos mentales, antes de comunicar el porcentaje de purificaci—n del aire, y la cantidad de dinero que se va a ingresar por la producci—n de tus cajitas para los coches, por el cambio de filtros, etcŽtera?

―Los c‡lculos se hicieron, al m‡ximo detalle, y no s—lo con la ayuda del cerebro... ―ÁPara! ÁCalla! DŽjame que te cuente lo que se me est‡ ocurriendo: Dime, Àpodr’as competir con alguno de nuestros ordenadores m‡s perfectos, digamos, los japoneses o

los americanos?
―Pero eso no es interesante para m’ ―contest— ella y a–adi—: ―Es que es algo

primitivo, y yo dir’a que humillante. Competir con un ordenador, es igual que... a ver Àcon quŽ te lo podr’a comparar? Ser’a como manos o piernas compitiendo con una pr—tesis, y ni siquiera con una pr—tesis completa, sino con s—lo parte de ella. El ordenador carece de lo principal. Y lo principal son los sentimientos.

EmpecŽ a defender lo contrario, cont‡ndole c—mo en nuestro mundo, hay gente considerada muy inteligente y respetada en la sociedad, que juega al ajedrez con un ordenador. Pero cuando ni Žste, ni otros argumentos, la hab’an convencido, empecŽ a pedirle que accediera a hacerlo para m’ y para otra gente, como prueba de las posibilidades del cerebro humano. Finalmente accedi—, y entonces precisŽ:

―ÀSignifica esto entonces, que puedo anunciar oficialmente que est‡s dispuesta a competir con un superordenador japonŽs en la soluci—n de problemas?

―ÀPor quŽ con un japonŽs? ―pregunt— Anastasia. ―Porque Žstos se consideran los mejores del mundo.

―ÀAh, s’? ÀY por quŽ no con todos a la vez, para que no me pidas otra vez que haga algo tan poco interesante?

―ÁEstupendo!, me regocijŽ. Lo haremos con todos. Pero tienes que formular el problema.

―Est‡ bien ―Anastasia accedi— de mala gana―, pero para empezar, antes de perder el tiempo formulando otro, que solucionen el mismo problema que me has planteado a m’ antes, y que confirmen o refuten mi soluci—n. Si la refutan, que propongan la suya. La vida y la gente nos juzgar‡.

―ÁMagn’fico, Anastasia! ÁBravo! Es muy constructivo. ÀY cu‡nto tiempo crees que hay que darles para solucionar este problema? Pienso que la hora y media que tœ has tardado ser‡ muy poco para ellos.Vamos a darles tres meses.

―Que sean tres meses.
―Propongo que los jueces sean todos aquellos que lo deseen. Si hay muchos jueces,

entonces ninguno podr‡ influir en el resultado en beneficio propio.
―Que sea as’, pero yo quisiera hablar m‡s contigo acerca de la crianza de los ni–os...

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Anastasia consideraba la crianza de los ni–os lo principal y siempre hablaba de esto con placer. Mi idea de competir con el ordenador no le suscit— mucho interŽs. Sin embargo, me alegraba de haber obtenido su consentimiento. Y ahora quiero invitar a las empresas que producen ordenadores modernos, que entren en la competici—n de la soluci—n del problema expuesto m‡s arriba.

Todav’a sent’a que ten’a que precisar algunos puntos con Anastasia: ―ÀY quŽ premio fijaremos para el ganador?
―ÁNo necesito nada para m’! ―contest— ella.
―ÀPor quŽ hablas de ti? ÀEst‡s absolutamente segura de tu victoria? ―Por supuesto. Yo soy Hombre.

―Est‡ bien. ÀQuŽ puedes ofrecer a la empresa que quede primera despuŽs de ti? ―Pues, les aconsejarŽ c—mo perfeccionar su primitivo ordenador.
―ÁHecho!

18
ÒEn Žl era la vida, y la vida era la luz del Hombre...Ó

Evangelio de San Juan

En una ocasi—n, a petici—n m’a, Anastasia me llev— a ver el cedro resonante del que su abuelo y bisabuelo me hab’an hablado. Nos alejamos un poco del claro, y entonces, lo vi. Un ‡rbol, de unos cuarenta metros, se alzaba un poco por encima de los de al lado, pero su distinci—n principal era que su copa resplandec’a, creando una aureola a su alrededor, parecida a aquella que pintan en los iconos alrededor de las caras de los santos. Esta aureola no era algo est‡tico, sino que palpitaba. En el punto m‡s alto se formaba un rayo fino que se dirig’a a la infinidad del cielo.

Este espect‡culo era fascinante y absolutamente encantador.
Por sugerencia de Anastasia, estrechŽ las palmas de las manos contra su tronco y o’

una resonancia o crepitaci—n parecida a la que se puede o’r estando bajo un cable de alta tensi—n, pero m‡s agudo.

―Fui yo la que, casualmente, encontrŽ un modo de devolver su energ’a al Cosmos y despuŽs dispersarla por la Tierra ―comunic— Anastasia―. ÀVes que la corteza est‡ levantada en diferentes sitios? Por ah’ trep— la osa. Me result— bastante dif’cil lograr que me llevara hasta las primeras ramas. Me agarrŽ al pelaje de su cogote y durante todo ese trecho, ella trepaba y rug’a, trepaba y rug’a... Tras alcanzar las ramas m‡s bajas pude llegar hasta la parte m‡s alta del ‡rbol trepando de rama en rama. Estuve sentada all’ dos d’as y ÁquŽ no me pude yo inventar para salvarlo! Y le acariciaba, y gritaba hacia lo alto... Nada ayudaba.

Vinieron el abuelo y el bisabuelo. ÀTe imaginas la escena que se form—? Aqu’ abajo estaban ellos, ri–Žndome y exigiŽndome que bajara. Yo, por otro lado, exigiŽndoles que me dijeran quŽ ten’a que hacer con el cedro, c—mo salvar al cedro resonante, ya que nadie lo iba a cortar. Ellos no me lo dec’an. Pero yo sent’a que lo sab’an. Y el astuto del

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abuelo pretend’a hacerme bajar prometiendo ayudarme a entender quŽ es lo que tengo que hacer con una mujer con la que no consigo entrar en contacto de ninguna manera.

Esta es una mujer a la que realmente quiero ayudar. Antes, el abuelo, lo que hac’a era enfadarse, diciŽndome que pierdo demasiado tiempo con ella y dejo de hacer las otras cosas. Pero es que yo sab’a que Žl no me iba a poder ayudar, ya que el bisabuelo hab’a intentado hacerlo en dos ocasiones, a escondidas del abuelo, y tampoco hab’a podido.

Al cabo de un rato, el abuelo perdi— los nervios por completo, agarr— una rama, se puso a correr alrededor del cedro, azotando el aire con la rama y gritando que yo era la m‡s descerebrada de la familia, que estaba actuando sin ninguna l—gica, que me negaba a aceptar consejos sensatos y que Žl iba a educarme d‡ndome con las varillas en las nalgas. Y azotaba el aire con la rama una y otra vez. ÀEs posible que se le ocurriera una cosa as’? Hasta el bisabuelo se ech— a re’r. Y tambiŽn yo me estaba riendo a carcajadas, cuando quebrŽ sin querer una ramita de la parte m‡s alta del ‡rbol, y de all’ empez— a salir una luminiscencia. O’ entonces la voz de bisabuelo, muy serio, autoritario y suplicante al mismo tiempo:

―No toques nada m‡s, peque–a. Baja con mucho cuidado. Ya lo has hecho todo. Obedec’ y bajŽ. El bisabuelo me abraz— sin decir palabra, Žl mismo estaba temblando y se–al— al cedro, donde cada vez m‡s y m‡s ramitas empezaban a iluminarse. DespuŽs, se form— un rayito que se dirig’a hacia el cielo. Ahora no se quemar‡ el cedro resonante. A travŽs de su rayito devolver‡ todo lo acumulado durante quinientos a–os a la gente y a la Tierra. El bisabuelo explic— que el rayito se hab’a formado, justamente, en ese sitio donde yo hab’a estado gritando hacia arriba y hab’a quebrado sin querer la ramita cuando me estaba riendo. El bisabuelo dijo que si yo hubiera rozado el rayito que sal’a de la ramita quebrada, mi cerebro habr’a estallado, puesto que en este rayito hay demasiada energ’a e informaci—n, y que precisamente as’ hab’an perecido pap‡ y

mam‡...
Anastasia puso sus manos en el vigoroso tronco del cedro resonante salvado por ella,

peg— a Žl la mejilla, se qued— callada durante un tiempo, despuŽs continu— su relato: ―Ellos, pap‡ y mam‡, una vez encontraron un cedro resonante semejante a Žste. Pero mam‡ lo hizo todo de una manera un poco diferente, porque no sab’a... Ella trep— a un ‡rbol vecino del cedro resonante, desde donde pudo alcanzar y coger una de las ramas inferiores del resonante y la quebr—, exponiŽndose as’, sin querer, al rayo que se encendi— desde la ramita rota. La ramita apuntaba hac’a abajo y el rayo se dirigi— hacia

la tierra. Es muy malo, muy perjudicial cuando una energ’a as’ alcanza la tierra... Cuando pap‡ vino, vio este rayito y a mam‡, que se hab’a quedado colgando, con una mano firmemente aferrada todav’a a la rama del cedro vecino, mientras en la otra mano sosten’a la rama quebrada del cedro resonante. Pap‡, sin duda, entendi— todo lo que hab’a pasado. Empez— a trepar al cedro resonante, subi— hasta la parte m‡s alta. El abuelo y el bisabuelo vieron c—mo quebraba las ramitas superiores, pero Žstas no se iluminaban; mientras que m‡s y m‡s ramitas inferiores empezaban a iluminarse. El bisabuelo dijo que pap‡ entendi— que, en poco tiempo m‡s, ya nunca podr’a bajar. Pero ni el rayo que ten’a que dirigirse hacia arriba ni la luminiscencia palpitante aparec’an.

Por el contrario, cada vez se encend’an m‡s rayitos finos apuntando hacia abajo.
El rayo superior apareci— cuando pap‡ quebr— una rama grande dirigida hacia arriba. Y aunque al principio Žsta no reluc’a Žl la dobl— y la dirigi— hacia s’ mismo. Cuando Žsta prendi—, pap‡ todav’a tuvo tiempo de abrir las manos y el rayito de la ramita

enderezada se lanz— hacia el cielo. M‡s tarde, se form— la aureola palpitante.
El bisabuelo dec’a que en los œltimos instantes de su vida, el cerebro de pap‡ pudo recibir un enorme torrente de energ’a y de informaci—n, y que Žl pudo –de algœn modo incre’ble– desocupar su cerebro de toda informaci—n previamente acumulada, y por

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esto logr— ganar el tiempo suficiente para poder abrir las manos y dirigir la ramita hacia arriba antes de que su cerebro estallara.

Anastasia, una vez m‡s, acarici— el cedro con sus manos, peg— a Žl la mejilla y se qued— quieta, sonriendo, escuchando la resonancia del ‡rbol.

―Anastasia, y en cuanto a ese aceite de pi–—n de cedro, Àson sus propiedades curativas m‡s fuertes o m‡s dŽbiles que los trocitos de Cedro Resonante?

―Son iguales. Si los pi–ones se recogen en el momento adecuado y con la actitud adecuada hacia el cedro. Cuando es Žl mismo el que los da.

―ÀTœ sabes c—mo hay que hacerlo? ―S’, lo sŽ.
―ÀMe lo contar‡s?
―De acuerdo. Te lo contarŽ.

19
Ha de cambiar la concepci—n del mundo

Le preguntŽ a Anastasia por la mujer sobre la que ten’a aquel conflicto con su abuelo. Le preguntŽ por quŽ no hab’a podido de ninguna manera entrar en contacto con ella y por quŽ le era necesario hacerlo.

―Ver‡s ―empez— su relato Anastasia―, es muy importante, cuando dos personas unen sus vidas, que tengan una atracci—n espiritual el uno hacia el otro. Por desgracia, en general, todo empieza con lo carnal. Por ejemplo, ves a una muchacha bella y deseas intimidad con ella. A la persona, a su alma, todav’a no la has visto. A menudo, la gente une sus destinos s—lo en base a una atracci—n carnal, la cual pasa r‡pido o se dirige hacia otra persona. ÀQuŽ mantiene a la gente unida entonces?

Encontrar a una persona cercana espiritualmente, con la que se pueda llegar a una verdadera felicidad, no es tan dif’cil, en realidad. Sin embargo, en vuestro mundo tecn—crata existen un mont—n de obst‡culos. La mujer con la que estoy intentando entrar en contacto vive en una ciudad grande, y se traslada regularmente a un mismo lugar, seguramente, a su trabajo. All’ o por el camino, ella siempre ve o se encuentra con un hombre muy cercano a ella en esp’ritu, con quien podr’a ser realmente feliz, y m‡s importante aœn, con quien tendr’a un ni–o capaz de traer mucho bien al mundo. Porque ellos le crear’an con el mismo impulso amoroso que nosotros.

Pero no hay manera de que este hombre pueda hacer el intento de declararse a esta mujer, y en parte, ella misma tiene la culpa de esto. Imag’natelo, Žl est‡ mirando su rostro y ve en ella a la elegida de su alma, y ella, apenas siente la mirada de alguien, r‡pidamente se estira, e intenta, como quien no quiere la cosa, ponerse la faldita un poco m‡s corta, etcŽtera. A Žl, en seguida, le sobrevienen los sentimientos carnales, pero como la conoce muy poco o nada en absoluto, va a buscar a otra mujer que conoce mejor y le es m‡s accesible, impulsado por estos mismos sentimientos carnales.

Yo quiero sugerirle a esta mujer lo que deber’a hacer, pero no puedo abrirme paso hasta ella, su cerebro no se abre para la toma de conciencia de informaci—n ni por un instante. Su cabeza est‡ s—lo y enteramente ocupada con los problemas cotidianos. Imag’nate que una vez la observŽ veinticuatro horas enteras. ÁEs algo tan terrible!. El abuelo se enfad— despuŽs conmigo por no trabajar suficiente con los dachniks y, en general, por dispersarme y por meterme en lo que no me compete.

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Cuando esta mujer se despierta por la ma–ana, su primer pensamiento no es regocijarse con el d’a que comienza, sino c—mo preparar algo de comer. Se disgusta porque le falta alguna cosa de comer, y despuŽs se amarga porque le falta algo que os ponŽis en la cara por las ma–anas: puede que algœn tipo de crema o pintura de cara. Se pasa todo el tiempo pensando c—mo conseguirlo. Siempre va con retraso, y est‡ constantemente corriendo y pensando en c—mo no perder ahora un transporte, ahora el otro.

En el sitio al que llega habitualmente, su cerebro est‡ ya sobrecargado del todo, c—mo explic‡rtelo, su cabeza est‡ llena de todo tipo de tonter’as, segœn a m’ me parece. Por un lado, tiene que poner cara de juiciosa y competente y cumplir con algœn trabajo que se le haya asignado. Mientras tanto, est‡ pensando en alguna de sus amigas o conocidas y se est‡ sintiendo irritada con ella. Al mismo tiempo, est‡ escuchando todo lo que hablan a su alrededor. ÀTe imaginas? As’, d’a tras d’a, d’a tras d’a, como un robot.

De vuelta a casa, cuando la gente la ve, pone cara de mujer casi feliz. Pero en realidad, continuamente est‡ pensando en problemas, en sus pinturas de cara, mira la ropa en las tiendas, sobre todo ropa que ense–e sus seductores encantos, suponiendo que esto traer‡ algœn tipo de milagro, aunque en su caso, las cosas est‡n ocurriendo justo al revŽs. Llega a casa y se pone a limpiar. Cree que est‡ descansando cuando est‡ viendo esa televisi—n suya o se pone a cocinar, y lo peor es que piensa en cosas buenas s—lo por un instante. Incluso cuando se acuesta, vuelve otra vez a pensar en sus preocupaciones diarias y se queda en esa rutina mental.

Si al menos por un minutito en ese d’a se hubiera apartado de sus pensamientos y hubiera pensado en...

―ÁEspera, Anastasia! Mejor explica c—mo la ves a ella, cual deber’a ser su aspecto externo y su ropa, y dime en quŽ deber’a estar pensando en el momento en que este hombre se encuentre a su lado. ÀQuŽ deber’a hacer para que Žl intente declar‡rsele?

Anastasia la describi— con todo lujo de detalles. ReproducirŽ aqu’ lo que me parece m‡s esencial.

―El vestido deber’a llegar un poco por debajo de las rodillas. Deber’a ser verde, sin escote y con un cuellito blanco. Ella deber’a ir casi sin maquillaje, y escuchar con interŽs a la persona con la que se est‡ comunicando.

―ÀY ya est‡? ―observŽ al escuchar la explicaci—n tan sencilla.
―Detr‡s de estas cosas sencillas hay mucho. Para que ella elija precisamente un

vestido as’, se maquille de otra manera y mire a la persona con sincero interŽs, ha de cambiar su concepci—n del mundo.

20 Pecado mortal

—Todav’a necesito hablarte, Vladimir, sobre las condiciones con las cuales ir‡s recibiendo dinero de los bancos, cuando haya mucho dinero en tus cuentas...

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—Adelante, Anastasia, eso es un asunto agradable —contestŽ.
Sin embargo, lo que o’ me hizo explotar... Juzguen ustedes mismos lo que ella

expuso:
—Para sacar dinero de tu cuenta bancaria, tendr‡s que observar las siguientes

condiciones: en primer lugar, tres d’as antes de sacar dinero no debes tomar bebidas alcoh—licas. Cuando llegues al banco, la primera persona responsable53 tendr‡ que verificar, con la ayuda de los dispositivos de los que disponŽis, que has cumplido esta condici—n, y hacerlo en presencia de no menos de dos testigos. Si esta primera condici—n ha sido observada, entonces podr‡s comenzar a realizar la segunda: tendr‡s que acuclillarte, no menos de nueve veces, delante de la persona responsable y de los dos testigos presentes...

Cuando lleguŽ a comprender el sentido de lo que hab’a dicho, o m‡s exactamente, el sinsentido, me levantŽ de un salto y ella tambiŽn se levant—. Yo no daba crŽdito a mis o’dos y precisŽ:

—Primero, me van a hacer la prueba del alcohol, y despuŽs, adem‡s, tengo que acuclillarme delante de los testigos no menos de nueve veces, Àes correcto?

—S’ —contest— Anastasia—, por cada flexi—n te podr‡n dar no m‡s de un mill—n de vuestros rublos54 en su valor de hoy.

Sentimientos de rabia, c—lera y despecho se apoderaron de m’.
—ÀPor quŽ has dicho esto? ÀPor quŽ? Me sent’a tan bien. Te cre’. Estaba empezando

a pensar que ten’as raz—n en muchas cosas, que hab’a l—gica en tus argumentos. Pero tœ... ÁAhora estoy absolutamente seguro de que eres una esquizofrŽnica, una imbŽcil del bosque, una loca! Lo has estropeado todo con lo œltimo que has dicho, que no tiene sentido ni l—gica en absoluto. Y no s—lo yo, cualquier persona normal te lo confirmar‡. ÁJa! ÀQuiz‡s, querr‡s adem‡s, que yo exponga estas condiciones en tu libro?

—S’.
—Pues, absolutamente anormal. ÀY a los bancos quŽ? ÀEscribir‡s las instrucciones o

publicar‡s el decreto?
—No, ellos lo leer‡n en el libro y cada uno va a proceder as’ contigo. De lo contrario,

les espera la ruina.
—ÁÁÁAy, dios!!! ÀY yo llevo tres d’as escuchando a esta criatura? ÀTambiŽn querr‡s,

quizas, que la persona responsable del banco se acuclille conmigo en presencia de los testigos?

—TambiŽn ser’a bueno para Žl igual que para ti. Esto ser’a aœn m‡s provechoso pero a ellos no les puse unas condiciones tan severas como a ti.

—ÀEntonces, s—lo a m’ me colmaste as’ de beneficios? ÀPero tœ te imaginas el hazmerre’r que has hecho de m’? ÁA esto es a lo que puede llegar el amor de una anacoreta anormal! S—lo que no te saldr‡s con la tuya. Ningœn banco estar‡ de acuerdo en atenderme con tales condiciones, por mucho que modeles tus situaciones. Est‡s delirando. ÁAnda y acucl’llate tœ hasta que te hartes, so necia!

—Los bancos estar‡n conformes, e incluso sin tœ saberlo, van a abrir las cuentas. Bien es verdad, que ser‡n s—lo aquellos bancos que quieran trabajar honradamente, y la gente confiar‡ y vendr‡ a ellos —Anastasia se manten’a en sus trece.

La irritaci—n y la c—lera se acumulaban cada vez m‡s y m‡s en m’. No sŽ si me irritaba m‡s conmigo o con Anastasia. ÀSer‡ posible? ÁTanto escucharla y esforzarme por comprender lo que me dec’a, y resulta que no es m‡s que una medio loca! EmpecŽ a referirme a Anastasia con malas palabras, por decirlo con suavidad...

53 Primera persona responsable: Recogemos las palabras literales de Anastasia refiriŽndose al director del banco.
54 Un mill—n de rublos equivalente a unas 32.000 pesetas del a–o 1995.

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Ella estaba de pie, con la espalda apoyada en un ‡rbol y con la cabeza un poco inclinada hac’a adelante. Una de sus manos estaba estrechada contra su pecho, mientras agitaba ligeramente la otra mano que ten’a levantada hacia arriba.

Reconoc’ este gesto. Ella lo repet’a cada vez que quer’a apaciguar la naturaleza de alrededor, para que yo no tuviera miedo, y entend’ por quŽ la apaciguaba esta vez.

Cada palabra ofensiva o soez referida a Anastasia la golpeaba como si fuera con un l‡tigo y hac’a estremecer su cuerpo.

Me callŽ. Me volv’ a sentar en la hierba volviŽndole la espalda, decid’ que iba a tranquilizarme, a ir a la orilla del r’o y no iba a hablar m‡s con ella en absoluto. Sin embargo, cuando la o’ hablar tras de m’, me sorprendi— que no hab’a un tono de ofensa ni de reproche en su voz.

—ÀEntiendes, Vladimir? Todo lo malo que le pasa al Hombre, lo atrae hac’a s’ el Hombre mismo, cuando contraviene las reglas del ser espiritual y rompe la conexi—n con la naturaleza.

>>Las fuerzas oscuras tratan de atraer su atenci—n con el atractivo ef’mero de vuestra vida tecn—crata, y de hacer que no pensŽis en las sencillas verdades, en los mandamientos, expuestos tiempo atr‡s en la Biblia. Y lo logran en gran medida.

>>Uno de los pecados mortales del Hombre es la soberbia. La mayor’a de la gente est‡ sometida a este pecado. No voy a exponerte ahora lo enormemente destructivo que es. Cuando regreses, si deseas llegar a comprenderlo, lo ver‡s tœ mismo o con la ayuda de la gente iluminada, que vendr‡ a ti. Por ahora, s—lo te dirŽ esto: las fuerzas oscuras, como fuerza de oposici—n a las luminosas est‡n trabajando cada segundo para asegurarse de que este pecado se quede con el Hombre, y el dinero les sirve como una de las herramientas b‡sicas para esto. Son ellos quienes lo inventaron. El dinero es como la zona de alta tensi—n. Las fuerzas oscuras est‡n muy orgullosas de su invenci—n, hasta el punto de considerarse m‡s fuertes que las fuerzas luminosas por ello. Y por conseguir, por medio del dinero, distraer al Hombre de su verdadero prop—sito.

Esta gran oposici—n est‡ teniendo lugar desde hace miles de a–os y el Hombre en su centro. Pero yo no quiero que tœ estŽs expuesto a este pecado.

Entiendo que no bastar‡ ahora con estas explicaciones, claro. Ya que a pesar de los miles de a–os de explicaciones, la humanidad no ha llegado a comprender cu‡l es el modo de enfrentarse a este pecado. As’ es que es natural que tampoco tœ puedas tomar conciencia de ello ahora. Pero yo deseaba much’simo librarte de este peligro mortal que es la corrupci—n del esp’ritu. Es por eso que ideŽ esta situaci—n especialmente para ti, con la cual, este mecanismo de las fuerzas oscuras como que se rompe, se bloquea o incluso ejerce el efecto contrario: desarraiga el pecado. De ah’ que ellos se hayan enfurecido tanto. Su c—lera se introdujo en ti y empezaste a gritarme palabras insultantes. Ellos quer’an que yo me enfadara contigo tambiŽn, pero jam‡s lo harŽ. Esto me ha hecho ver que lo que he ideado ha dado en el clavo, y ahora est‡ claro para m’, que su mecanismo, que durante milenios ha funcionado impecablemente, se puede romper. De momento, lo he hecho s—lo para ti, pero encontrarŽ algo para las dem‡s personas tambiŽn...

ÀY quŽ hay de malo en que bebas menos de esa p—cima embriagante, y no seas tan arrogante y rebelde? ÀPor quŽ habr’as de indignarte? Pero es que claro, se te desencaden— la soberbia.

Ella se call— y yo pensŽ: ÒEs incre’ble, pero su cerebro –o algo m‡s all‡– ha dado a esta situaci—n c—mica y completamente anormal de acuclillarse en un banco, un significado as’ de profundo y realmente, puede que todo ello encierre alguna l—gica. Habr‡ que intentar llegar a comprenderlo m‡s tranquilamenteÓ.

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Toda la irritaci—n contra Anastasia se me pas—, y en su lugar apareci— un vago sentimiento de culpa, pero no me puse a pedirle disculpas entonces, s—lo me volv’ a ella, deseando la reconciliaci—n. Y es como si Anastasia hubiera sentido mi estado interior, porque en seguida se estremeci— de alegr’a y empez— a hablar r‡pidamente.

21 Tocando el para’so.

—Tu cerebro est‡ cansado de esforzarse por entenderme y, sin embargo, todav’a quisiera contarte muchas cosas. Me gustar’a tanto... Pero tienes que descansar. Vamos a sentarnos un ratito m‡s.

Nos sentamos en la hierba. Anastasia me cogi— por los hombros y me arrim— hacia ella. Mi cabeza toc— su pecho con la nuca y sent’ un calor agradable.

—No tengas miedo de m’, rel‡jate —dijo ella quedamente, y se tumb— en la hierba de manera que yo pudiera descansar m‡s c—modamente. Ella met’a los dedos entre mis cabellos, como pein‡ndolos, y con las yemas de los dedos de la otra mano, tocaba de forma r‡pida, ahora la frente ahora la sien. A veces como que punzaba ligeramente con las u–as en los diferentes sitios de la cabeza. Todo esto me aport— una sensaci—n de calma y serenidad. DespuŽs, poniŽndome las manos en los hombros, Anastasia dijo:

—Escucha, por favor, y dime quŽ sonidos hay ahora a tu alrededor.

EscuchŽ y mi o’do capt— toda una pluralidad de sonidos diferentes en tonalidad, ritmo y duraci—n.

EmpecŽ a enumerarlos en voz alta: el canto de los p‡jaros en los ‡rboles, el chirrido y chasquido de los insectos en la hierba, el susurro de los ‡rboles, el ruido del aleteo y batir de las alas de los p‡jaros. DespuŽs de enumerar todo lo que se o’a, me callŽ y continuŽ escuchando con atenci—n, cosa que me resultaba agradable y muy interesante.

—No has nombrado todo —observ— Anastasia.
—Si, todo —respond’ yo—. Puede que se me haya escapado algo insignificante o

inaudible para m’, o sea, algo sin importancia.
—Vladimir, Ày acaso no oyes c—mo late mi coraz—n? —pregunt— Anastasia.

ÒEs verdad, Àc—mo es que no he prestado atenci—n a este sonido, el sonido del latido de su coraz—n?Ó —pensŽ.

—S’ —me apresurŽ a responder—, claro que lo oigo, lo oigo muy bien. Late de forma regular y tranquila.

—Intenta recordar los intervalos de los sonidos que est‡s oyendo. Para ello elige los principales y recuŽrdalos.

Eleg’ el chirrido de algœn insecto, el graznido de la corneja, y el murmullo y chapoteo del agua del arroyo.

—Ahora voy a acelerar el latido de mi coraz—n, y tœ agudiza el o’do para escuchar lo que va a suceder a nuestro alrededor.

El latido del coraz—n de Anastasia empez— a acelerarse, e inmediatamente, tambiŽn los ritmos de los sonidos que se o’an a nuestro alrededor se aceleraron y subieron de tono.

—ÁEs asombroso! ÁAbsolutamente incre’ble! —exclamŽ yo—. ÀEntonces resulta, Anastasia, que ellos reaccionan tan sensiblemente al ritmo con el que late tu coraz—n?

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—S’. Todos ellos, absolutamente todos –la peque–a hierbecita, el ‡rbol grande, y los bichitos– responden al cambio del ritmo de mi coraz—n. Los ‡rboles aceleran sus procesos interiores, empiezan a producir m‡s ox’geno...

—ÀReaccionan as’ todas las plantas y los animales que rodean a la gente? —preguntŽ. —No. En vuestro mundo ellos no entienden hacia quiŽn tienen que reaccionar, y vosotros no trat‡is de contactar con ellos, no entendŽis el prop—sito de este contacto, no

les dais la informaci—n suficiente sobre vosotros mismos.
Algo parecido puede pasar con las plantas y la gente que trabaja en sus peque–as

huertas, si la gente hace todo as’, como ya te he contado: si aportan a las semillas la informaci—n sobre s’ mismos y empiezan a comunicarse con las plantas m‡s conscientemente. ÀQuieres que te demuestre quŽ sensaci—n va a experimentar la persona que tiene un contacto as’?

—Por supuesto que quiero. ÀPero c—mo lo vas a hacer?
—Ahora sintonizarŽ el ritmo del latido de mi coraz—n con el tuyo y lo sentir‡s.

Ella meti— la mano bajo mi camisa. Su palma caliente se estrech— ligeramente contra mi pecho, su coraz—n, ajust‡ndose poco a poco, empez— a latir al mismo ritmo que el m’o. Y entonces ocurri— algo absolutamente asombroso: me sobrevino un sentimiento extraordinariamente agradable, como si estuviesen a mi lado los familiares que me quieren y mam‡. Una sensaci—n de suavidad y salud me invadi— todo el cuerpo, mi alma se llen— de alegr’a, de libertad y sent’ como una nueva comprensi—n de la realidad del Universo.

La gama de sonidos que me rodeaba, me acariciaba y me comunicaba la verdad, no una verdad que pudiera entender a fondo todav’a, sino sentida intuitivamente. Tuve la sensaci—n de que todos los sentimientos alegres y benignos que alguna vez hubiera experimentado en mi vida, se un’an en un sentimiento magn’fico. Quiz‡s es Žsta la sensaci—n que se llama felicidad.

Pero apenas empez— Anastasia a cambiar el ritmo del latido de su coraz—n, el sentimiento magn’fico empez— a irse de m’. Entonces le ped’:

—ÁM‡s, por favor, m‡s, Anastasia!
—No puedo hacerlo durante mucho rato, porque yo tengo mi propio ritmo. —Pues un poquito m‡s, aunque sea —le ped’.

Y Anastasia, de nuevo, me hizo volver a experimentar la sensaci—n de felicidad un poco de tiempo m‡s. DespuŽs se esfum— todo, dejando en m’, no obstante, una part’cula de sensaci—n grata y clara como un recuerdo de aquŽlla. Estuvimos un tiempo sin decir palabra, despuŽs quise o’r otra vez la voz de Anastasia, y le preguntŽ:

—ÀAs’ de bien se sent’an las primeras personas: Ad‡n y Eva? Tumbados, disfrutando de la vida, en plena abundancia... con todo a mano... S—lo que no tener nada que hacer puede resultar aburrido.

En vez de contestar, Anastasia me pregunt—:
—Dime, Vladimir, Àcrees que mucha gente piensa sobre Ad‡n, el primer Hombre, lo

mismo que tœ acabas de pensar?
—Seguramente la mayor’a, porque en verdad, ÀquŽ ten’an ellos que hacer all’, en el

para’so? Fue despuŽs cuando el Hombre empez— a desarrollarse y a inventar todo. El trabajo desarroll— al Hombre. ƒl tambiŽn se hizo m‡s inteligente gracias al trabajo.

—S’, trabajar es necesario, pero el primer Hombre era inmensurablemente m‡s inteligente que el Hombre actual, y su trabajo era m‡s significativo, requer’a un gran intelecto, conciencia y voluntad.

—ÀQuŽ hac’a entonces Ad‡n en el para’so? ÀCultivaba el jard’n? Eso es algo que puede hacer cualquier horticultor hoy en d’a, sin hablar de los cient’ficos de la horticultura. En la Biblia no se dice nada m‡s acerca de la actividad de Ad‡n.

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—Si en la Biblia se tuviera que exponer todo detalladamente, ser’a imposible leerla entera en todo el periodo de vida de una persona. La Biblia hay que saber entenderla. Detr‡s de cada l’nea hay una enorme informaci—n. ÀQuieres saber quŽ estuvo haciendo Ad‡n? Te lo contarŽ, pero primero recuerda que es precisamente en la Biblia, donde se dice que Dios encarg— a Ad‡n la misi—n de poner nombre y determinar el prop—sito de cada especie que vive en la Tierra. Y Žl –Ad‡n– lo hizo. ƒl hizo algo que todav’a no han podido concebir todas las instituciones cient’ficas del mundo juntas.

—Anastasia, ÀY tœ? ÀTe diriges a Dios, Le pides algo para ti?
—ÀQuŽ podr’a pedir, cuando tanto me ha sido dado? Debo agradecerle y ayudarle a

ƒl.

22
ÀQuien criar‡ a nuestro hijo?

En el camino de vuelta al r’o, cuando Anastasia me acompa–aba a la lancha, nos sentamos para descansar un poco en el sitio donde ella hab’a dejado guardada su ropa, y le preguntŽ:

—Anastasia, Àc—mo vamos a educar a nuestro hijo?
—Intenta tomar conciencia, Vladimir, de que tœ todav’a no est‡s listo para educarle. Y

cuando sus ojos miren al mundo conscientemente por primera vez, tœ no debes estar cerca.

La agarrŽ por los hombros y la sacud’:
—ÀQuŽ dices, quŽ libertad te est‡s tomando? No entiendo de d—nde sacas estas

conclusiones tan peculiares, adem‡s de que el mismo hecho de tu existencia es incre’ble, pero nada de eso te da derecho a tomar todas las decisiones tœ sola, violando todas las leyes de la l—gica.

—C‡lmate, Vladimir, por favor. No sŽ a quŽ l—gica te refieres, pero intenta comprenderlo todo tranquilamente.

—ÀQuŽ es lo que tengo que comprender? El ni–o no es s—lo tuyo. Es m’o tambiŽn. Quiero que tenga a su padre, quiero que tenga todas sus necesidades cubiertas, que pueda recibir una educaci—n.

—Entiende que Žl no necesita ningœn bien material, como tœ los ves. Va a tenerlo todo desde el principio. Aun en su m‡s tierna infancia, Žl va a recibir y comprender tanta informaci—n, que vuestro tipo de educaci—n ser’a simplemente risible. Ser’a como enviar a estudiar a un gran matem‡tico a primaria.

>>Surge en ti el deseo de traerle al bebŽ algœn tipo de sonajero sin sentido, pero Žl no lo necesita en absoluto. Este juguete lo necesitas tœ para tu propia satisfacci—n: ÒÁQuŽ bueno y atento soy!Ó. Si crees que vas a hacer un bien, proporcion‡ndole un coche a tu hijo o algo de eso que consider‡is como bueno, pues has de saber que si Žl desea alguna de estas cosas, lo podr‡ obtener por s’ mismo. Piensa con calma: ÀQuŽ puedes decirle a

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tu hijo concretamente? ÀQuŽ puedes ense–arle? ÀQuŽ has hecho en la vida para que le resultes interesante a Žl?

Ella continuaba hablando con una voz suave y tranquila, pero sus palabras me hac’an temblar:

—Entiende, Vladimir, cuando Žl empiece a tomar conciencia de la realidad del Universo vas a parecer una criatura atrasada a su lado. ÀAcaso es eso lo que quieres? ÀQue tu hijo pueda ver a su padre a su lado como a un retrasado? Lo œnico que puede acercaros es el grado de pureza de pensamientos, pero es poca la gente que alcanza esta pureza en vuestro mundo. Tienes que tratar de alcanzarla...

Me di cuenta de que era absolutamente inœtil discutir con ella y le gritŽ con desesperaci—n:

—ÀSignifica esto que Žl nunca sabr‡ nada de m’?

—Le hablarŽ de ti, de vuestro mundo, cuando sea capaz de comprender todo con conciencia y tomar decisiones. ÀQuŽ es lo que va a hacer entonces? No lo sŽ.

Desesperaci—n, dolor, resentimiento, y una terrible sospecha, todo se mezclaba en m’. Me dieron ganas de golpear esta bella cara intelectual-anacoreta con todas mis fuerzas.

Lo entend’ todo. Hasta que se me cort— el aliento de lo que entend’.
—ÁClaro! ÁAhora lo comprendo todo! La cosa es que tœ... Tœ no ten’as a nadie por aqu’ con quien echar un polvo para procurarte un ni–o. ÁY todo ese rollito del principio haciŽndote de rogar, era puro teatro! ÁIntrigante! Y encima vas y te pones en plan monjita. Necesitabas un ni–o. ÀNo te fuiste a Moscœ? Y ella Òvendi— sus setitas y bayitasÓ. ÁJa! Pues Àpor quŽ no te echaste a la calle? Te hubieras quitado la chaqueta y el pa–uelo y enseguida hubieran picado. Y no tendr’as que haber tejido tu telara–a para

liarme a m’.
>>ÁPero claro! Necesitabas a alguien que so–ara con un hijo. Y lo conseguiste. ÀY en

el ni–o? ÀPensaste en tu hijo? Destinado de antemano a vivir como anacoreta. A vivir de la manera que estimes oportuna. M’rala, la que iba y ven’a con discursos sobre la verdad. Vas demasiado lejos, ermita–a.

>>ÀAcaso te crees que est‡s siempre en posesi—n de la verdad absoluta? ÀY en m’, has pensado? ÁS’, yo so–aba con un hijo! So–aba con traspasarle mi empresa. Ense–arle el negocio. Quer’a amarle. ÀY c—mo vivir ahora? ÀVivir sabiendo que tu ni–o chiquirrit’n se est‡ arrastrando indefenso en alguna parte en plena taig‡? Sin futuro. Sin padre. Pero si a uno se le rompe el coraz—n de saber esto... no es algo que puedas entender, hembra del bosque...

—ÀPuede ocurrir que el coraz—n ganar‡ la conciencia que necesita y todo estar‡ bien? Tal dolor limpiar‡ el alma, acelerar‡ el pensamiento, llamar‡ a la creaci—n...— quedamente pronunci— Anastasia.

Pero, tal rabia se estaba desenfrenando en m’, tal c—lera... que ya no me dominaba. AgarrŽ un palo. Me apartŽ corriendo de Anastasia y empecŽ a golpear con todas mis fuerzas un peque–o ‡rbol hasta que el palo se quebr—.

Entonces me girŽ hacia Anastasia que estaba all’ de pie y... por c—mo la vi... es incre’ble, pero toda la c—lera se me empez— a pasar y pensŽ: ÒPero... ÀquŽ me ha ocurrido? ÁOtra vez he perdido el control y me he puesto violento!Ó Igual que la œltima vez que le hablŽ mal, Anastasia estaba con la espalda pegada a un ‡rbol, con la mano levantada hacia arriba y la cabeza inclinada hacia delante, como si resistiera una corriente de viento huracanado. Ya sin ira ninguna, me acerquŽ a ella y empecŽ a mirarla. Ahora ten’a las manos estrechadas contra su pecho, el cuerpo le temblaba un poco. No dec’a nada, s—lo sus ojos bondadosos... bondadosos como siempre, me miraban cari–osamente. As’ permanecimos un tiempo, mir‡ndonos el uno al otro. EmpecŽ a hacerme esta reflexi—n:

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ÒNo hay duda, ella no es capaz de decir mentiras. No ten’a por quŽ dec’rmelo todo, pero... Sabe que va a ser duro para ella, y sin embargo lo dice. Desde luego que esto tambiŽn es demasiado. ÁÀC—mo puede uno sobrevivir en este mundo diciendo siempre s—lo la verdad, s—lo lo que piensa?! ÀPero quŽ le vas a hacer si ella es as’ y no puede ser de otra manera?

Las cosas han sido as’. Y ha ocurrido lo que ha ocurrido. Ahora ella ser‡ la madre de mi hijo.

Ella ser‡ madre si as’ lo ha dicho. Claro, va a ser una madre extra–a. Este modo de vida suyo... este modo de pensar... Pero bueno, no hay nada que hacer con ella. Y por otro lado, es muy fuerte f’sicamente. Es bondadosa. Conoce bien la naturaleza, conoce los animales. Y es inteligente. Aunque en su peculiar manera.

En cualquier caso, ella sabe mucho acerca de la crianza de los ni–os. Estaba todo el tiempo deseando hablarme de los ni–os. Ella criar‡ al ni–o. Siendo como es, lo criar‡. Lo sacar‡ adelante a travŽs de la helada y la ventisca. ƒstas no suponen un problema para ella. Desde luego que lo criar‡. Y lo educar‡ bien.

Tengo que adaptarme a la situaci—n. EstarŽ viniendo en los veranos para estar con ellos como a una dacha. En invierno es imposible. No lo soportar’a. Pero en verano vendrŽ a jugar con mi hijo. Cuando crezca un poco, le hablarŽ de la gente de las ciudades grandes. De todas formas, esta vez tengo que pedirle perd—nÓ.

Y dije:
—Perd—name, Anastasia, otra vez perd’ los nervios.
Y en seguida ella empez— a hablar:
—Tœ no tienes la culpa. S—lo, no seas duro contigo. No estŽs consternado. DespuŽs de

todo, estabas preocupado por tu hijo. Tem’as que Žl lo fuera a pasar mal, que la madre de tu hijo fuera como una vulgar hembra, que no supiera amar con verdadero amor humano. Pero tœ no te preocupes. No te apesadumbres. Me hablaste as’ porque no sab’as nada de mi amor, no lo sab’as, amor m’o.

23
Por encima del lapso de tiempo.

—Anastasia, si eres tan inteligente y omnipotente, Àpodr’as entonces ayudarme a m’ tambiŽn?

Ella ech— una mirada al cielo y, de nuevo, me mir— a m’.

—En todo el Universo no hay un ser capaz de un desarrollo m‡s poderoso y que tenga una libertad m‡s grande que el Hombre. Todas las otras civilizaciones se inclinan ante el Hombre Todos los tipos de civilizaciones tienen las capacidades de desarrollarse y perfeccionarse solamente en una direcci—n, y no son libres. La grandeza del Hombre no les es siquiera comprensible. Dios –la Gran Inteligencia– cre— al Hombre y a nadie le dio m‡s que a Žl...

En aquel momento no comprend’, o mejor, no pude tomar conciencia en seguida de lo que estaba diciendo. Y otra vez le hice la misma pregunta, pidiŽndole ayuda, sin saber en concreto quŽ tipo de ayuda necesitaba.

Ella pregunt—:

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—ÀCu‡l es tu idea? ÀQue te cure todas tus enfermedades f’sicas? Eso es f‡cil para m’. De hecho, ya lo hice hace medio a–o, s—lo que en lo principal no se consigui— ningœn beneficio: no ha disminuido en ti lo oscuro y destructivo, inherente a la gente de tu mundo. Tus varias dolencias est‡n intentando volver otra vez... ÒVaya t’a bruja y ermita–a loca. Tengo que largarme de aqu’ r‡pidamenteÓ, —es lo que acabas de pensar ahora, Àverdad?

—S’ —contestŽ con asombro—. Eso es precisamente lo que estaba pensando, Àlees mis pensamientos?

— Lo que hago es suponer quŽ es lo que puedes estar pensando. Adem‡s tu cara lo dice todo. Dime, Vladimir, Àde verdad que no... es que no te acuerdas de m’ en absoluto?

Me sorprendi— mucho su pregunta, y empecŽ a mirar con atenci—n sus rasgos faciales. Esos ojos. En realidad empecŽ a tener la sensaci—n de que podr’a haberlos visto en algœn sitio antes, Àpero d—nde?

—Anastasia, si tœ misma dijiste que vives permanentemente en el bosque. ÀC—mo te iba yo a haber visto antes?

Ella me sonri— y se fue corriendo.

Al cabo de un rato, Anastasia sali— de detr‡s de las matas con una falda larga, una blusa marr—n de botones y con los cabellos recogidos bajo el pa–uelo. Pero sin la chaqueta acolchada como el d’a de nuestro encuentro en la orilla. Y adem‡s llevaba el pa–uelo puesto en la cabeza de una forma un poco diferente esta vez. La ropa que llevaba estaba limpia, pero no iba a la moda, el pa–uelo le cubr’a la frente y el cuello, y la recordŽ...

24
Una muchacha extra–a

El a–o pasado, el nav’o principal de la caravana atrac— en una de las aldeas cercanas a estos parajes. Ten’amos necesidad de comprar carne para el restaurante y detenernos un tiempo en la orilla.

A sesenta kil—metros de all’ empezaba un tramo peligroso del r’o, que no nos permit’a avanzar por la noche (en algunos tramos del r’o no funcionaban las luces de navegaci—n). As’ es que para no perder ese tiempo inœtilmente, empezamos a anunciar por los altavoces exteriores de la nave y por la radio local la celebraci—n de una fiesta a bordo para esa noche.

La nave blanca, atracada en la orilla, resplandeciente con multitud de luces, y con la mœsica que flu’a desde ella, siempre atra’a a los j—venes del lugar. Y as’ fue tambiŽn en esta ocasi—n. Casi todos los habitantes j—venes del poblado se estaban dirigiendo hacia la escala de la nave.

Al principio, como todos los que suben a cubierta por primera vez, tratan de recorrer el barco mir‡ndolo todo. DespuŽs de pasearse por las cubiertas, principal, media y superior, se amontonan finalmente en el bar y en el restaurante. Como regla general, la parte femenina baila y la masculina, principalmente, bebe. El ambiente del barco, nada habitual para ellos, m‡s la mœsica y las bebidas alcoh—licas, siempre les pone en un

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estado de agitaci—n, que, a veces, causa bastantes molestias a la tripulaci—n. Casi siempre les falta tiempo y empiezan a pedir colectivamente que prolonguen el placer aunque sea media horita m‡s, y despuŽs m‡s y m‡s.

En aquella ocasi—n, yo estaba solo en mi camarote, oyendo la mœsica que llegaba del restaurante e intentando rectificar el plan de avance de la caravana para el resto del viaje. De pronto, sent’ la mirada fija de alguien sobre m’, me volv’ y vi sus ojos tras el cristal. Aquello no era nada sorprendente entonces, ya que a los visitantes siempre les resultaba interesante ver los camarotes del barco. Me puse de pie y abr’ la ventana. Ella no se apart—. Se azor— un poco y continu— mir‡ndome. Me entraron ganas de hacer algo por esta mujer que estaba sola en cubierta. Se me cruz— un pensamiento: ÀPor quŽ no est‡ bailando como los otros? ÀPuede que haya tenido alguna desgracia? Le propuse ense–arle la nave y ella asinti— con la cabeza sin decir nada. La llevŽ por la nave, le ense–Ž la oficina principal que tanto impresionaba a los visitantes por su elegante decoraci—n: el suelo cubierto de alfombras, los muebles blandos de cuero, los ordenadores. DespuŽs, la invitŽ a mi camarote, que constaba de un gabinete-dormitorio, un recibidor, cubierto con alfombras y amueblado con muebles suntuosos, con televisor y v’deo. Probablemente, yo estaba entonces encantado de impresionar a la apocada muchacha aldeana con los adelantos de nuestra vida civilizada.

Abr’ ante ella una caja de bombones, llenŽ dos copas de champ‡n, y para terminar de impresionarla definitivamente, puse una cinta de v’deo donde Vika Tsyganova55 cantaba ÒAmor y muerteÓ. La cinta de v’deo inclu’a tambiŽn otras canciones interpretadas por mis cantantes favoritos. Apenas toc— con los labios la copa de champ‡n, me mir— atentamente y pregunt—:

—Te est‡ siendo muy dif’cil, Àverdad?

Me pod’a esperar cualquier cosa menos una pregunta as’. El crucero, de hecho, estaba resultando bastante dif’cil. Las condiciones de navegaci—n en el r’o estaban siendo complicadas, la tripulaci—n, todos estudiantes de la escuela de navegaci—n, fumaba hierba y rateaba en la tienda. Frecuentemente nos retras‡bamos con respecto al plan de navegaci—n, no pod’amos llegar en el plazo fijado a los lugares poblados, donde de antemano se hab’a anunciado la llegada de la caravana. Muy a menudo estas cargas y otras preocupaciones, no s—lo me imped’an admirar un poco el paisaje ribere–o, sino algo tan sencillo como dormir bien.

Le dije algo desma–ado, al estilo de: ÒNo es nada, saldremos de ŽstaÓ, me girŽ hacia la ventana y vaciŽ mi copa de champ‡n.

Charlamos de algunas otras cosas mientras escuch‡bamos el video, y as’ estuvimos hablando hasta que el buque atrac— al acabar el crucero recreativo. DespuŽs la acompa–Ž hasta la escala. De vuelta al camarote, me dije que hab’a algo extra–o y singular en esa mujer, y notŽ que me hab’a quedado con un sentimiento ligero y luminoso despuŽs de hablar con ella. Aquella noche dorm’ bien por primera vez en muchos d’as. Ahora me daba cuenta: aquella mujer que estuvo en el barco era Anastasia.

—ÀEntonces eras tœ, Anastasia?
—S’. All’, en tu camarote, fue donde memoricŽ todas las canciones que te cantŽ en el

bosque. Estaban sonando mientras habl‡bamos. ÀVes quŽ f‡cil es todo? —ÀY c—mo es que fuiste a parar al barco?

—Me resultaba interesante ver c—mo eran las cosas, c—mo viv’ais. Es que yo, Vladimir, siempre me ocupaba s—lo de los dachniks.

55 Viktoria (Vika) Tsyganova – una popular cantante rusa nacida en 1963 en Jab‡rovsk en el Lejano Oriente ruso. Su carrera como cantante en los escenarios comenz— a mitad de los 80. Desde entonces ha producido numerosos ‡lbumes. La canci—n ÒAmor y muerteÓ fue grabada en 1994.

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Aquel d’a me vine corriendo a la aldea, vend’ las setas secas que las ardillas recogen, y comprŽ el billete para vuestro crucero recreativo. Ahora sŽ mucho acerca del grupo de personas que llam‡is empresarios. Y a ti ahora te conozco bien.

Te debo una disculpa muy, muy grande. Yo no sab’a que esto saldr’a as’, que iba a cambiar tu destino de una forma tan dr‡stica. S—lo que ya no puedo hacer nada, puesto que ELLOS comenzaron ya a cumplir este plan, y ELLOS responden s—lo ante Dios. Ahora, durante algœn tiempo, tœ y tu familia tendrŽis que ir venciendo las grandes dificultades y adversidades pero despuŽs todo pasar‡.

Sin entender aœn de quŽ estaba hablando Anastasia en concreto, sent’ intuitivamente que ahora me iba a desvelar algo que rebasaba los l’mites de las ideas corrientes que tenemos acerca de nuestra existencia, y que este algo me iba a concernir a m’ directamente.

Le ped’ a Anastasia que me explicara con m‡s detalle quŽ quer’a decir con esto de los cambios en mi vida y las dificultades. Escuch‡ndola en aquel momento, no podr’a ni haber supuesto cu‡n exactamente iban a empezar a cumplirse en mi vida real aquellas predicciones suyas. Anastasia continu— su relato, llev‡ndome de nuevo a los acontecimientos del a–o anterior.

—Entonces, en el barco, me ense–aste todo, incluso tu camarote, me obsequiaste con bombones, me ofreciste champ‡n, despuŽs me acompa–aste hasta la escala, pero no me marchŽ de inmediato. Me quedŽ en la orilla, al lado de unos matorrales, y pod’a ver, a travŽs de las ventanas iluminadas del bar, c—mo bailaban y se divert’an all’ los j—venes del lugar.

—Me ense–aste todo, pero no me llevaste al bar. Sospechaba por quŽ: no estaba vestida de forma apropiada: el pa–uelo me cubr’a la cabeza, mi blusita no estaba a la moda y la falda era muy larga. Pero me pod’a haber quitado el pa–uelo. La blusita que llevaba estaba pulcra y limpia, y hab’a alisado la falda con esmero con las manos antes de ir a veros.

En realidad, no llevŽ a Anastasia al bar aquella noche, debido a que llevaba una ropa un poco extra–a, bajo la cual, como ahora se descubr’a, esta muchacha joven hab’a estado ocultando su inigualable belleza: algo que hac’a que destacara del resto de la gente enseguida y de una manera evidente. Y le dije:

—Anastasia, Ày para quŽ te hac’a falta a ti ese bar? ÀTe ibas a poner acaso a bailar con tus galoshas? Adem‡s, Àc—mo ibas tœ a conocer los bailes de los j—venes de hoy en d’a?

—No eran las galoshas lo que llevaba entonces. Cuando cambiŽ las setas por el dinero para comprar el billete para tu barco, tambiŽn cog’ los zapatos de aquella mujer, bien es verdad que estaban un poco viejecillos y me apretaban, pero los limpiŽ con la hierba; y lo de bailar... a m’, s—lo con mirar un poquito...ya est‡. No sabes c—mo hubiera bailado...

—ÀO sea, que te sentiste ofendida por m’ aquella noche?
—No me sent’ ofendida. S—lo que si hubieras ido al bar conmigo, no sŽ si habr’a sido

para bien o para mal, pero los acontecimientos podr’an haberse desarrollado de otra manera, y quiz‡s nada de esto habr’a pasado. Pero no lamento ahora que pasara lo que pas—.

—ÀY quŽ es lo que paso, entonces? ÀQuŽ ocurri— que es tan terrible?
—DespuŽs de acompa–arme no te volviste enseguida a tu camarote. Primero, pasaste a ver al capit‡n y os dirigisteis juntos al bar. Para vosotros esto era una cosa habitual. En cuanto entrasteis, causasteis gran impresi—n en el pœblico. El capit‡n, tan apuesto con su uniforme. Tœ, todo elegante y resultando tan respetable, conocido por mucha gente por toda la zona de la costa, el famoso MegrŽ. El propietario de una caravana

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extraordinaria para la gente de estos lugares. Y vosotros os dabais perfecta cuenta de que impresionabais a los presentes.

Os sentasteis a la mesa junto a tres muchachas j—venes de la aldea, que ten’an s—lo dieciocho a–os cada una, y que acababan de terminar la escuela.

En seguida os trajeron champ‡n, bombones y copas nuevas, mejores, m‡s bonitas que las que estaban antes en la mesa. Cogiste a una de las muchachas de la mano, te inclinaste hacia ella y empezaste a decirle algo al o’do. Yo entend’... eso se llama cumplidos. DespuŽs, bailaste con ella varias veces y seguiste habl‡ndole. Los ojos de la muchacha brillaban, estaba como en otro mundo, en un mundo fabuloso. La llevaste a cubierta y, al igual que a m’, le ense–aste la nave a la muchacha, la llevaste a tu camarote y la obsequiaste con lo mismo que a m’: champ‡n y bombones. Con la muchacha joven te portaste un poco diferente que conmigo. Estabas alegre. Conmigo serio e incluso triste, y con ella alegre. Lo vi muy bien a travŽs de las ventanas iluminadas de tu camarote, y, quiz‡s, entonces sent’ un poco de deseo de estar en el lugar de aquella muchacha.

—ÀQuieres decir que sentiste celos, Anastasia?
—No sŽ, ese sentimiento era algo desconocido para m’...

RecordŽ aquella noche y a esas j—venes aldeanas, que tanto trataban de aparentar ser mayores y m‡s modernas.

Por la ma–ana, el capit‡n Alex‡nder Iv‡novich SŽnchenko y yo, nos re’mos una vez m‡s de su disparate de la noche anterior. Cuando est‡bamos en el camarote, me daba cuenta de que la muchacha estaba en tal estado, que estaba dispuesta a todo... pero ni pensamiento tuve de poseerla. Y se lo dije a Anastasia, a lo que ella contest—:

—Pero sin embargo, pose’ste su coraz—n. Vosotros salisteis a cubierta, lloviznaba un poco y le pusiste tu chaqueta sobre los hombros a la muchacha, despuŽs otra vez la llevaste al bar.

—ÀEntonces tœ, Anastasia, estuviste todo el tiempo en los matorrales bajo la lluvia? —No era nada. La llovizna era buena, cari–osa. S—lo que me imped’a ver bien. Y no quer’a que la lluvia mojara la falda y el pa–uelo. Son de mam‡. Los heredŽ de ella. Pero tuve mucha suerte porque encontrŽ en la orilla una bolsita de celof‡n. Me los quitŽ, los

puse en la bolsita y me la escond’ bajo la blusita.
—Anastasia, si no te hab’as ido a casa y empez— a llover, ten’as que haber regresado al barco.

—No pod’a. Es que ya te hab’as despedido de m’ y ten’as otras preocupaciones. Adem‡s, ya se estaba acabando todo.

Cuando lleg— la hora del final de la fiesta y el barco ten’a que partir, vosotros, a petici—n de las muchachas, y especialmente, de aquella muchacha que estaba contigo, demorasteis la salida. Todo estaba entonces en vuestro poder, incluso sus corazones, y vosotros os deleitabais con este poder. Los j—venes del lugar estaban agradecidos a las muchachas, y ellas tambiŽn se sent’an imbuidas de poder a travŽs de vosotros. Ellas se olvidaron completamente de aquellos j—venes que estaban en el mismo bar y que eran sus amigos desde la escuela.

Tœ y el capit‡n las acompa–asteis hasta la escala. Te fuiste a tu camarote. El capit‡n se subi— al puente, y al tocar la sirena, lenta, muy lentamente, el buque empez— a desatracarse de la orilla. La muchacha con la que hab’as bailado estaba en la orilla, entre sus amigas y los j—venes del lugar que desped’an a la nave.

Su corazoncito lat’a tan fuerte... como si pretendiera escaparse de su pecho y salir volando de all’, los pensamientos y los sentimientos se le confund’an.

Detr‡s de su espalda negreaban los contornos de las casas aldeanas con las luces apagadas, delante de ella, se iba para siempre de la orilla la nave blanca que reluc’a con

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multitud de luces, derramando generosamente la mœsica por el agua y la orilla nocturna.

En la nave blanca que part’a, estabas tœ, aquel que le hab’a dicho tantas palabras maravillosas, nunca antes o’das por ella, fascinantes y atrayentes.

Y todo esto lentamente y para siempre se alejaba de ella.
Y entonces se atrevi— a la vista de todos... la muchacha apret— sus dedos en los pu–os

y grit— desesperadamente: ÒÁTe quiero, Vladimir!Ó. DespuŽs otra vez y otra. ÀO’ste estos gritos?

―S’ ―contestŽ.

—Era imposible no o’rlos, y la gente de tu tripulaci—n los o’a. Algunos de ellos salieron a cubierta y se re’an de la muchacha.

>>Yo no quer’a que se rieran de ella. DespuŽs, ellos, como que comprendieron algo, y dejaron de re’rse. Pero tœ no saliste a cubierta y la nave continuaba yŽndose lentamente. Ella pensaba que no la o’as, y continuaba gritando obstinadamente: ÒTe quiero, Vladimir!Ó

>>DespuŽs, sus amigas empezaron a ayudarla y gritaron todas juntas. Me resultaba interesante saber quŽ era ese sentimiento, amor, por el cual el Hombre pierde el control de s’ mismo, o quiz‡s, quer’a ayudar a aquella muchacha, y entonces yo gritŽ con ellas: ÒÁTe quiero, Vladimir!Ó.

>>Es como si en aquel momento me hubiera olvidado de que yo no puedo pronunciar las palabras s—lo por decirlas, sino que detr‡s de ellas tiene que haber, necesariamente, sentimientos, conciencia y autenticidad con respecto a la informaci—n natural.

>>Ahora sŽ lo fuerte que es este sentimiento, que apenas si est‡ sujeto siquiera a la raz—n.

>>Aquella muchacha aldeana empez— a marchitarse y a tomar bebidas alcoh—licas, a duras penas pude ayudarla. Ahora ella est‡ casada y absorbida por las preocupaciones cotidianas. Y yo he tenido que a–adir a mi amor el suyo tambiŽn.

La historia con la muchacha me emocion— un poco, el relato de Anastasia hizo revivir aquella noche en mi memoria con total detalle y todo hab’a pasado en verdad tal como ella relat—. Fue realmente as’. La peculiar declaraci—n amorosa de Anastasia no me impresion— entonces en absoluto. Cuando vi su modo de vida y conoc’ su concepci—n del mundo, empez— a parecerme algo irreal, a pesar de que estaba sentada a mi lado y pod’a tocarla f‡cilmente. Una mente acostumbrada a interpretar las cosas bajo criterios diferentes no pod’a aceptar que alguien as’ existiera realmente. Y, si al principio de nuestro encuentro ella me atra’a, ahora no me suscitaba las mismas emociones. Le preguntŽ:

—ÀEntonces, consideras como algo accidental la aparici—n en ti de estos sentimientos nuevos?

—Son deseados, importantes, —contest— Anastasia—. Son incluso agradables, pero se me manifest— el deseo de que me amaras tœ tambiŽn as’. Me daba cuenta de que despuŽs de conocerme a m’ y a mi mundo un poco m‡s de cerca, no podr’as percibirme como a una persona normal. Ve’a incluso posible que tuvieras miedo a veces... Y as’ ha ocurrido. Yo misma tengo la culpa. Comet’ muchos errores. Estaba todo el tiempo ansiosa por algo. Me apresuraba, no ten’a tiempo para explicarte las cosas como debiera. Todo me sal’a un poco tontamente, Àno? Deber’a corregirme, Àverdad?

Al decir estas palabras, Anastasia sonri— un poco tristemente, se toc— el pecho con la mano y enseguida recordŽ el suceso de aquella ma–ana, cuando estaba en el claro con ella.

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25 Bichitos

Aquella ma–ana decid’ participar en la actividad matutina de Anastasia. Al principio, todo iba bien, y estuve un rato bajo un ‡rbol y otro rato tocando algunos reto–os. Ella me hablaba acerca de las diferentes plantas. DespuŽs me tumbŽ en la hierba, a su lado. Est‡bamos absolutamente desnudos, sin embargo, ni siquiera yo sent’a fr’o, aunque bien pod’a ser, claro, por haber estado antes corriendo un poco por el bosque con ella. Mi estado de ‡nimo era magn’fico, sent’a una especie de ligereza, y no s—lo f’sica, era como si estuviera dentro de m’.

Todo empez— al sentir un pellizco en el muslo. LevantŽ la cabeza y vi que ten’a hormigas, un escarabajo y algunos otros bichos en el muslo y la pantorrilla. AlcŽ la mano para matarlos de una palmada, pero no tuve tiempo. Anastasia atrap— mi mano y me la aguant—.

―No los toques ―dijo.
DespuŽs, se puso de rodillas delante de m’, se inclin— y apret— mi otra mano tambiŽn

contra la tierra. Estaba tumbado como si estuviera crucificado. IntentŽ liberar mis manos, pero no hubo manera, me di cuenta de que era imposible. Entonces, usando todas mis fuerzas, intentŽ soltarme de un fuerte tir—n, pero ella me detuvo sin mucho esfuerzo, y adem‡s sin perder su sonrisa. Mientras tanto, yo sent’a que ten’a en el cuerpo cada vez m‡s y m‡s cosas que se arrastraban, me hac’an cosquillas, me picaban y pellizcaban y lleguŽ a la conclusi—n de que estaban empezando a comerme.

Estaba en manos de Anastasia, en sentido literal y figurado. Haciendo balance de la situaci—n, me daba cuenta de que nadie sab’a d—nde estaba yo, nadie iba a adentrarse hasta all’, y si alguien lo hac’a, encontrar’a tan s—lo mis huesitos ro’dos, y eso si es que quedaba algœn resto de huesitos todav’a. En un instante, se me pas— de todo por la cabeza, y Žsta fue la raz—n por la que, probablemente el instinto de conservaci—n, me dict— la œnica soluci—n posible en tal situaci—n. En desesperaci—n, clavŽ los dientes con todas mis fuerzas en el pecho desnudo de Anastasia y adem‡s sacud’ la cabeza de lado a lado. En cuanto ella grit—, dejŽ de apretar los dientes. Anastasia me solt—, se levant— de un salto, se agarr— el pecho con una mano, mientras con la otra hac’a se–ales hacia arriba, intentando sonre’r. Yo me levantŽ de un salto tambiŽn y, sacudiŽndome febrilmente lo que se arrastraba por mi cuerpo, le gritŽ:

—ÁQuer’as entregarme como alimento a esas alima–as, bruja del bosque, yo no me rindo as’ de f‡cil!

Sin dejar de hacer se–ales y sonre’r forzadamente a todo lo de alrededor que se hab’a puesto en guardia, Anastasia me mir— a m’ y, lentamente, no corriendo como siempre, camin— hacia su lago, cabizbaja. Yo todav’a me quedŽ un rato dudando sobre quŽ hacer a continuaci—n: ÀVolver al r’o? ÀPero c—mo iba a encontrar el camino? ÀSeguir a Anastasia? ÀPero para quŽ? Sin embargo, me dirig’ a la orilla del lago.

Anastasia, sentada en la orilla, restregaba entre sus manos algœn tipo de hierba y pon’a su jugo en el sitio del pecho donde se ve’a un enorme cardenal de mi mordedura. Seguramente le dol’a. ÀPero con quŽ prop—sito me hab’a estado aguantando ella? DespuŽs de estar un rato all’ plantado sin decir palabra, le preguntŽ:

—ÀTe duele?
Sin volver la cabeza, ella contest—:

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—Duele m‡s por dentro. —Y continu— frot‡ndose el jugo de la hierba sin decir nada. —ÀPor quŽ se te ocurri— bromear conmigo as’, entonces?

—Quer’a hacerte bien. Los poros de tu piel est‡n todos taponados, no respiran en absoluto. Los bichitos los hubieran limpiado. Adem‡s, no es tan doloroso, es m‡s bien agradable.

—ÀY la serpiente, quŽ? Me estaba metiendo la lengua en el pie.
—No te hac’a nada malo. Incluso si hubiera soltado el veneno, habr’a sido s—lo en la

superficie, y yo te lo habr’a restregado en un santiamŽn. La piel y los mœsculos del tal—n se te suelen entumecer.

—Es de un accidente de coche —se–alŽ.
Estuvimos callados durante algœn tiempo. Toda la situaci—n se me hac’a de lo m‡s

tonta. Sin saber realmente quŽ decir, preguntŽ:
—ÀY por quŽ no te ayud— ese alguien invisible, como cuando perd’ la conciencia?

—Pues no ayud— porque yo estaba sonriendo. Y cuando empezaste a morderme yo trataba de sonre’r.

Me sent’ algo inc—modo ante ella, agarrŽ un manojo de la hierba que ella hab’a recogido, me lo restreguŽ entre las palmas de las manos con todas mis fuerzas, despuŽs me puse delante de ella de rodillas y empecŽ a frotarle suavemente el cardenal con las palmas hœmedas.

26
Los sue–os crean el futuro

Ahora que he sabido de los sentimientos de Anastasia, y que he visto su deseo de demostrar, a pesar de toda su singularidad, que ella es una persona natural y normal, he comprendido quŽ dolor causŽ a su alma esa ma–ana. Una vez m‡s le ped’ perd—n. Anastasia contest— que no estaba enfadada, pero que ahora, despuŽs de lo que ella hab’a hecho, tem’a por m’.

—ÀY quŽ es lo que has podido hacer que sea tan terrible? —preguntŽ yo, y una vez m‡s, o’ un relato que nunca deber’a exponer seriamente alguien que espera ser considerado una persona normal de nuestra sociedad. Porque es que a nadie se le ocurrir’a decir algo as’ de s’ mismo.

—Cuando el barco se fue —continu— Anastasia— y los j—venes del lugar se dirigieron a la aldea, me quedŽ sola en la orilla un rato m‡s. Me sent’a bien. DespuŽs me fui corriendo a mi bosque. El d’a pas— como siempre y por la noche, cuando ya se dejaron ver las estrellas, me tumbŽ en la hierba y empecŽ a so–ar... y entonces constru’ este plan.

—ÀQuŽ plan es Žse?
—Ver‡s, todo lo que yo sŽ, es parcialmente conocido por distintas personas del

mundo en el que tœ vives. Todos ellos juntos tienen un conocimiento casi total, s—lo que no comprenden del todo el mecanismo. Entonces, me puse a so–ar c—mo llegar‡s a una ciudad grande y hablar‡s a mucha gente de m’ y de todo aquello que te he explicado. Lo

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har‡s a travŽs del medio que normalmente utiliz‡is para extender cualquier tipo de informaci—n: escribir‡s un libro. Lo leer‡ mucha-mucha gente y la verdad se abrir‡ un poco ante ellos. Ellos empezar‡n a enfermarse menos, cambiar‡n su actitud hacia los ni–os, elaborar‡n para ellos un nuevo modo de educaci—n. La gente empezar‡ a amar m‡s y as’, la Tierra ir‡ irradiando m‡s energ’a luminosa. Los pintores pintar‡n retratos m’os, y ser‡ lo mejor que hayan pintado. TratarŽ de inspirarlos. Har‡n lo que llam‡is una pel’cula de cine y Žsta ser‡ la pel’cula m‡s maravillosa. Tœ vas a mirar todo esto y te vas a acordar de m’. Hasta ti van a llegar personas sabias que comprender‡n y apreciar‡n todo lo que te he contado y te aclarar‡n muchas cosas.

Les creer‡s a ellos m‡s que a m’, y comprender‡s que no soy ninguna bruja, sino que soy Hombre56, lo œnico que ocurre es que hay m‡s informaci—n en m’ que en los otros. Lo que vas a escribir, va a suscitar un interŽs grande, y llegar‡s a ser rico. Tendr‡s dinero en bancos de diecinueve pa’ses, y viajar‡s por los lugares sagrados y te limpiar‡s de todo lo oscuro que hay en ti. Vas a acordarte de m’ y te enamorar‡s de m’, desear‡s verme otra vez, a m’ y a tu hijo. Nacer‡ en ti el deseo de hacerte digno de tu hijo.

Mi sue–o era muy v’vido, pero es posible que un poco suplicante tambiŽn. Y quiz‡s por eso ocurri— todo. ELLOS lo asumieron como un plan de acci—n y se decidieron a trasladar a la gente por encima del lapso de tiempo de las fuerzas oscuras. Esto se admite si se engendra un plan detallado en la Tierra, en el alma y en el pensamiento de un ser humano terrestre. Seguramente, ELLOS lo consideraron un plan grandioso, tambiŽn puede que ELLOS mismos a–adieran algo por su parte, y es por eso que las fuerzas oscuras han intensificado su actividad muy fuertemente. Nunca hab’an estado tan activos antes, cosa que comprend’ por el cedro resonante. Su rayito se ha hecho mucho m‡s intenso œltimamente. Y Žl resuena ahora m‡s fuerte: se est‡ dando prisa en entregar su luz, su energ’a.

Estaba escuchando a Anastasia y en aquel momento sent’ que cada vez me reafirmaba m‡s en la idea de que ella estaba loca. Puede que se hubiera escapado de algœn hospital hace mucho tiempo y viviera aqu’, en el bosque... Y a m’ no se me ocurre otra cosa que acostarme con ella. Y ahora puede que tenga un ni–o. Vaya una historia... Sin embargo, al ver con quŽ seriedad y emoci—n hablaba ella, tratŽ de tranquilizarla:

—No te preocupes, Anastasia, tu plan es evidentemente irrealizable, con lo que las fuerzas oscuras y luminosas no tienen por quŽ luchar. Es que tœ no conoces con el detalle suficiente el tipo de vida que llevamos nosotros, sus leyes y convencionalismos. El hecho es que ahora se publica una gran cantidad de libros, pero incluso las obras de los escritores conocidos no se venden mucho. Yo no tengo nada de escritor, es decir, no tengo ni talento, ni habilidades, ni formaci—n para poder escribir algo all’.

—S’, antes no las ten’as, pero ahora las tienes —declar— ella en respuesta.
—Est‡ bien —continuŽ tranquiliz‡ndola—, incluso aunque lo intentara, nadie lo

editar’a, nadie creer’a en tu existencia.
—Pero existo. Existo para aquellos para quien existo. Ellos creer‡n y te ayudar‡n a ti,

igual que despuŽs les ayudarŽ yo a ellos. Y junto con esta gente nosotros...
No comprend’ el sentido de sus palabras en aquel momento, y una vez m‡s, hice el

intento de tranquilizarla:
—Ni siquiera voy a intentar escribir nada. No tiene ningœn sentido, entiŽndelo ya. —Vas a hacerlo. Sin duda, ELLOS ya compusieron todo un sistema de circunstancias,

que te obligar‡n a hacerlo.
—ÀQuŽ crees que soy yo, una marioneta en manos de alguien?

56 Hombre: de la palabra rusa chelovek. De gŽnero comœn.
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—TambiŽn de ti depende mucho. Pero las fuerzas oscuras van a tratar de obstaculizarte por todos los medios que les son accesibles, incluso hasta empujarte al suicidio, creando la ilusi—n de una situaci—n sin salida.

—Ya est‡, Anastasia, basta, estoy harto de escuchar tus fantas’as.
—ÀCrees que esto son fantas’as?
—ÁS’, s’, fantas’as...!
Y me parŽ en seco. Fue como si un pensamiento se iluminara en mi cerebro que

calcul— y compar— el periodo de tiempo transcurrido... y entonces lo entend’. Todo lo que Anastasia me contaba sobre sus sue–os, sobre nuestro hijo, lo hab’a premeditado ella el a–o anterior, cuando aœn no la conoc’a tan ’ntimamente como ahora, y no me hab’a acostado con ella. Ahora, un a–o despuŽs, esto ya estaba sucediendo.

—ÀEntonces, significa que todo esto ya est‡ ocurriendo? —le preguntŽ.
—Claro. Si no es por ELLOS y por m’ un poquito, tu segunda expedici—n hubiera sido imposible, si es que apenas pod’as arregl‡rtelas despuŽs de la primera y ya no ten’as

ningœn derecho al barco.
—ÀY entonces quŽ? ÀEs que acaso influiste en la compa–’a naviera y en las empresas

que me ayudaron? —S’.

—Pero si esto fuera as’, resulta que tœ me arruinaste a m’ y les causaste pŽrdidas a ellos. ÀQuiŽn te dio derecho a entrometerte? Y encima voy y abandono la nave, y aqu’ estoy sentando contigo. Puede que all’ estŽn saque‡ndolo todo. Seguramente, tienes algœn tipo de poder hipn—tico. No, aœn peor, eres una bruja, eso es. O una ermita–a loca. No tienes nada, ni siquiera una casa, pero te pones aqu’ a filosofar delante de m’, hechicera. ÁSoy empresario! ÀTienes acaso la menor idea de lo que esto significa? ÁEmpresario! Me estarŽ arruinando, pero aœn surcan mis naves el r’o, trayendo mercanc’as a la gente. Soy yo quien lleva y da a la gente los bienes necesarios, y a ti te los puedo dar tambiŽn. ÀY quŽ puedes darme tœ?

—ÀYo? ÀQuŽ puedo darte? Te darŽ una gota de ternura celestial, y paz yo te darŽ, ser‡s el genio de ojos claros, y yo tu imagen serŽ.

—ÀImagen? ÀPero, por favor, quiŽn necesita tu imagen? ÀAcaso puede servir para algo?

—Te ayudar‡ a escribir el libro para la gente.
—ÁPero bueno! ÀSer‡ posible? Otra vez podr’as crear alguna jugarreta con este

misticismo tuyo. ÀNo puedes entonces vivir como una persona normal?
—Nunca hago nada malo a nadie, ni puedo hacerlo. ÁYo soy Hombre! Si te preocupan tanto los bienes terrenales y el dinero, pues espera un poquito. Lo recuperar‡s todo. Te debo una disculpa por haber so–ado las cosas as’, que te ser‡ dif’cil durante un tiempo, pero es que s—lo se me ocurri— esto entonces. Como tœ no le ves la l—gica por ti mismo, pues hay que obligarte por medio de las circunstancias de la vida

de tu mundo.
—ÁVenga ya! —no pude contenerme m‡s―, Áo sea, que hay que obligarme! ÀY eso es

lo que haces tœ y todav’a pretendes ser considerada como una persona normal? —ÁSoy Hombre, soy una mujer!
Anastasia estaba nerviosa, esto se not— por la manera en que exclam—:

—Si yo s—lo quer’a y quiero lo bueno, lo luminoso. Quiero que te purifiques. Y por eso ideŽ entonces tu viaje por los lugares sagrados y lo del libro. ELLOS lo aceptaron, y las fuerzas oscuras est‡n siempre luchando contra ELLOS, pero nunca les vencen en lo principal.

—ÀY tœ quŽ? Con tu intelecto, tu informaci—n y energ’a, Àte vas a quedar a un lado como mera observadora?

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—En una confrontaci—n de esta envergadura entre dos grandes principios, el efecto que podr’an tener mis esfuerzos es insignificante, se va a necesitar ayuda de muchos otros de vuestro mundo. Los voy a buscar y los encontrarŽ, tal como lo hice cuando estabas en el hospital. Pero tœ mismo hazte tambiŽn al menos un poquito m‡s consciente. Supera lo malo que hay en ti.

—Me gustar’a saber quŽ es lo que hay en m’ que es tan malo, quŽ es lo que hac’a yo tan mal en el hospital, y c—mo es que tœ me tratabas, si no estabas all’.

—Simplemente no sent’as mi presencia entonces, pero yo estaba a tu lado. Cuando estuve en el barco, os llevŽ la ramita de cedro resonante, la misma que mam‡ hab’a quebrado antes de morir. La dejŽ en tu camarote cuando me invitaste. Ya estabas enfermo entonces. Lo sent’. ÀTe acuerdas de esa ramita?

—S’ —contestŽ—. La ramita, en realidad, estuvo colgada en mi camarote durante mucho tiempo, la vieron muchos de la tripulaci—n, la llevŽ hasta Novosibirsk. Sin embargo, no le daba ninguna importancia.

—Simplemente la tiraste. —Pero es que yo no sab’a...

—S’. No lo sab’as... La tiraste... Y no tuvo tiempo, la ramita de mam‡, de vencer tu enfermedad. DespuŽs estuviste en el hospital. Cuando vuelvas, mira atentamente tu historial cl’nico. En la ficha ver‡s que a pesar de estar tomando el mejor medicamento, no hab’a mejor’a. Pero despuŽs te introdujeron el aceite de pi–—n. Un mŽdico que observara las normas establecidas rigurosamente, no deber’a hacerlo, pero ella hizo algo que no est‡ en ninguno de vuestros vademŽcum, y adem‡s, nada parecido se hab’a hecho antes. ÀTe acuerdas?

—S’.
—Te trataba una mujer que es jefa de secci—n de una de las mejores cl’nicas de

vuestra ciudad. Pero su secci—n no correspond’a a la de tu enfermedad. Ella te dej— all’, a pesar de que la secci—n especializada en tu tipo de enfermedad se encontraba en un piso m‡s arriba del mismo edificio. ÀFue as’?

—ÁS’!
—Ella pon’a mœsica y te pon’a las agujas57 en la habitaci—n en penumbra. Todo hab’a ocurrido tal y como Anastasia lo contaba.
—ÀTe acuerdas de esa mujer?
—S’. Ella era la jefa de secci—n del antiguo hospital de obkom58.

Y de repente, Anastasia, mir‡ndome seriamente, dijo unas cuantas frases fragmentarias, que me dejaron estupefacto al instante, e incluso un hormigueo me recorri— todo el cuerpo: ÒÀQuŽ mœsica le gusta?.. Bien... ÀAs’? ÀNo est‡ un poco alto?Ó Ella dec’a estas frases con la voz y la entonaci—n de la jefa de secci—n que me trataba.

—ÁAnastasia! —exclamŽ. Ella me cort—:

—Sigue escuchando. No te sorprendas por el amor de Dios. Intenta... trata de tomar conciencia finalmente de todo lo que te estoy diciendo. Moviliza tu mente, al menos un poco. Todo esto, todav’a, es muy sencillo para el Hombre...

Y ella continu—:
—Esta mujer, la doctora, es muy buena. Es una verdadera doctora. Me fue f‡cil con

ella. Es bondadosa y abierta. Fui yo quien no quer’a que te pasasen a la otra secci—n. La otra secci—n correspond’a a tu enfermedad. La de ella no. Pero ella pidi— a sus

57 Se refiere a sesiones de acupuntura.
58 Hospitales de obkom: Hospitales del comitŽ provincial del partido. Eran los hospitales del periodo soviŽtico en los cuales se trataba a los funcionarios del partido. Estos hospitales dispon’an de mejores medicamentos, equipos y especialistas.

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superiores: ÒDŽjenle, yo le curarŽÓ. Ella sent’a que pod’a hacerlo. Sab’a que tus afecciones eran solamente una consecuencia de lo ÒotroÓ. Y contra eso ÒotroÓ intentaba luchar. Ella es doctora.

<<ÀY c—mo te portaste tœ? Continuabas fumando, beb’as cuando quer’as, y com’as tanto picante como salado, y esto con una œlcera tan fuerte. No te privabas de nada, de ningœn placer. En alguna parte de tu subconsciente, se meti—, aunque ni lo sospecharas, que no ten’as nada que temer, que nada malo pod’a pasarte. No consegu’ nada bueno, m‡s bien, lo contrario. No se redujo lo oscuro en tu conciencia, no se a–adi— m‡s conciencia o voluntad. Cuando ya estabas sano, con motivo de una fiesta, enviaste a una de tus empleadas a felicitar a la mujer que te salv— la vida, y tœ no la llamaste ni una sola vez. Ella lo esperaba tanto, te ha querido como...

—ÀElla o tœ, Anastasia?
—Nosotras, si esto te resulta m‡s comprensible.

Me puse de pie y sin saber por quŽ, me apartŽ unos dos pasos de Anastasia, que estaba sentada en el ‡rbol ca’do. La confusi—n de los sentimientos y los pensamientos provocaba una indeterminaci—n cada vez mayor en mi actitud hacia ella.

—Ya sŽ, una vez m‡s, no entiendes c—mo lo hago, te asustas, pero es f‡cil de entender. Lo hago con la ayuda de la imaginaci—n y de un an‡lisis exacto de todas las situaciones posibles. Y tœ vuelves a pensar que yo soy...

Ella se qued— callada e inclin— la cabeza sobre sus rodillas. Yo estaba ah’ de pie, sin decir una palabra, tampoco. Pensaba: ÒPero Àpor quŽ sigue diciendo y diciendo todo tipo de cosas incre’bles? Las dice y despuŽs ella misma se apesadumbra porque son incomprensibles. Por lo visto no se da cuenta de que cualquier persona normal no las aceptar’a, y por lo tanto, no la aceptar’a a ella como normal, tampocoÓ.

DespuŽs, a pesar de todo, me acerquŽ a Anastasia, apartŽ los mechones de pelo que le ca’an. Ca’an l‡grimas de sus grandes ojos gris-celestes. Ella sonri— y dijo una frase nada habitual en ella:

—Una Mujer es solo una mujer, Àverdad? Ahora est‡s estupefacto con el mismo hecho de mi existencia y no das crŽdito a lo que ves. No crees del todo, no puedes tomar conciencia de lo que te digo. El hecho de mi existencia y mis habilidades te parecen asombrosos. Has dejado de considerarme una persona normal, pero yo, crŽeme, soy Hombre y no soy ninguna bruja.

Tœ consideras sorprendente mi modo de vida, pero Àpor quŽ no te parecen sorprendentes y parad—jicas estas otras cosas? ÀPor quŽ la gente, que reconoce la Tierra como un cuerpo c—smico, como la mayor creaci—n de La Mente Suprema, cuyos mecanismos, cada uno de ellos, son Su mayor consecuci—n, desgarra este mecanismo y dedica tantos esfuerzos a su destrucci—n?

Veis como algo natural una nave espacial hecha por manos humanas o un avi—n, pero toda esa mec‡nica est‡ hecha a base de partes del gran mecanismo supremo que han sido rotas y refundidas.

Imag’nate a una criatura que rompe un avi—n que vuela, para hacerse un martillo o un raspador con las piezas que ha roto, y se siente orgulloso si logra hacer ese primitivo instrumento. No entiende que no se puede romper infinitamente un avi—n que vuela.

ÁY c—mo es que no os dais cuenta de que no se puede desgarrar as’ a nuestra Tierra!
El ordenador se considera un Žxito de la raz—n humana, pero pocos sospechan que un

ordenador puede compararse con una pr—tesis del cerebro.
ÀPuedes imaginarte quŽ le ocurrir’a a una persona, que teniendo las piernas sanas

anduviera con muletas? Los mœsculos de sus piernas, por supuesto, se atrofiar’an.
La m‡quina nunca superar‡ al cerebro humano, siempre que lo entrenes

constantemente...

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Anastasia se restreg— una lagrimita que le rodaba por la mejilla y una vez m‡s continu— exponiendo con ah’nco sus deducciones incre’bles.

Entonces, no pod’a ni suponer que todo lo dicho por ella iba a conmover a much’sima gente, agitar’a las mentes de cient’ficos e incluso, en calidad de hip—tesis, no iba a tener an‡logos en el mundo.

Segœn Anastasia, el Sol es como un espejo. ƒste refleja la irradiaci—n invisible emanada desde la Tierra, que es la irradiaci—n de la gente que se encuentra en estado de amor, alegr’a y cualquier otro sentimiento luminoso. DespuŽs de reflejarse en el Sol, Žste regresa a la Tierra como luz solar y da vida a todo lo terrenal. Adem‡s me estuvo dando una serie de argumentos para demostrarlo, aunque no eran muy f‡ciles de comprender.

—Si la Tierra y los otros planetas solamente consumieran la bienaventuranza de la luz del Sol —dec’a ella—, Žste se ir’a extinguiendo poco a poco, arder’a con desigualdad y su luminiscencia no podr’a ser uniforme. En el Universo no hay y no puede haber un proceso unilateral, todo est‡ intercomunicado.

Ella utilizaba tambiŽn las palabras de la Biblia: ÒY la vida era la luz de los HombresÓ59. Anastasia tambiŽn afirmaba que los sentimientos pueden ser transmitidos de una persona a otra tras reflejarse en los cuerpos c—smicos. Ella lo demostraba con un ejemplo, dec’a:

—Nadie en la Tierra puede negar que uno puede sentir cuando alguien le ama. Este sentimiento es m‡s fuerte cuando se est‡ cerca de esa persona que te ama. Lo llam‡is intuici—n. En realidad, de la persona que ama, emanan invisibles ondas de luz. Pero incluso cuando la persona no est‡ cerca, si es fuerte su amor, Žste tambiŽn es perceptible. Precisamente, con la ayuda de este sentimiento, al comprender su naturaleza, se puede obrar maravillas. Esto es lo que vosotros llam‡is milagros, m’stica o habilidades incre’bles.

>>Dime, Vladimir, Àte has sentido ahora un poco mejor conmigo? ÀAlgo m‡s ligero, m‡s calentito, m‡s plet—rico?

—S’ —contestŽ—, he sentido m‡s calor por algœn motivo.
—Mira lo que te va a pasar ahora, cuando me concentre aœn m‡s en ti.
Anastasia baj— un poco las pesta–as, despacio, dio unos cuantos pasos hacia atr‡s y se

par—. Por mi cuerpo se extend’a un calor agradable que se iba haciendo m‡s fuerte, pero sin llegar a resultar abrasador, no es que sintiera un calor exagerado. Anastasia se volvi— y empez— a alejarse lentamente, se ocult— tras el grueso tronco de un ‡rbol alto. La sensaci—n de calor agradable no disminu’a, a Žste se a–adi— una nueva: como si algo ayudara al coraz—n a hacer correr la sangre por las venas, y ahora, con cada latido, daba la impresi—n de que la sangre circulaba en torbellinos alcanzando cada venita del cuerpo instant‡neamente. Las plantas de los pies sudaron fuertemente y se me empaparon.

—ÀLo ves? ÀLo entiendes ahora todo? —dijo triunfante, Anastasia, al salir de detr‡s del ‡rbol, segura de haber podido demostrarme algo—. Ves que segu’as sintiendo todo eso cuando me ocultŽ tras el tronco del ‡rbol, e incluso aumentaron tus sensaciones cuando no me ve’as. CuŽntame quŽ has sentido.

Le contŽ y le preguntŽ a su vez:
—ÀQuŽ demuestra lo del tronco del ‡rbol?

—ÀC—mo? Date cuenta que las ondas de informaci—n y de luz iban de m’ a ti directamente. Cuando me ocultŽ, el tronco del ‡rbol deber’a haberlas deformado fuertemente ya que tiene su informaci—n y su luminiscencia, pero, sin embargo, esto no ha pasado. Las ondas de los sentimientos empezaron a alcanzarte, reflejadas desde los

59 Juan I, 4. ÒEn ƒl estaba la vida y esta vida era la luz de los HombresÓ.
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cuerpos celestes, e incluso se intensificaron. DespuŽs, hice lo que llam‡is Òun milagroÓ: tus pies empezaron a sudar. Esto lo has omitido.

—No le di importancia. ÀY en quŽ consiste el milagro de que te suden los pies?

—ExpulsŽ de tu organismo a travŽs de los pies muchas afecciones diferentes. Debes de sentirte ahora mucho mejor. Incluso se te nota exteriormente, y ya te encorvas menos.

En realidad, f’sicamente me sent’a mejor.
—ÀEntonces, cuando te concentras as’ y sue–as algo, se cumple lo que has deseado? —As’ es, m‡s o menos.
—ÀY siempre lo logras, incluso cuando sue–as algo distinto a la curaci—n?

—Siempre. Siempre que no sea un sue–o abstracto. Siempre que se detalle hasta los m’nimos acontecimientos y no contradiga las leyes de existencia espiritual. No siempre se logra componer un sue–o as’. Es necesario que el pensamiento vaya muy-muy r‡pido y que haya una vibraci—n de sentimientos que se corresponda, entonces Žste se materializar‡ con toda seguridad. Es un proceso muy natural. Ocurre en la vida de mucha gente. Pregunta a tus conocidos. Puede ser que entre ellos se encuentre alguien que haya so–ado y su sue–o se ha hecho realidad por completo o en parte.

—Detallar... pensar... que vaya muy-muy r‡pido... Dime, y cuando so–abas sobre los poetas, los pintores y el libro, Àestabas detallando? ÀTu pensamiento iba r‡pido?

—Extraordinariamente r‡pido. Y todo de modo muy espec’fico, al m’nimo detalle. —ÀY crees que ahora se materializar‡?
—S’, se materializar‡.
—ÀY no so–aste nada m‡s aquella noche? ÀMe has contado todo sobre tus sue–os? —No te contŽ todo de mi sue–o.

—Pues, cuŽntamelo todo.
—ÀTœ... realmente est‡s dispuesto a escucharme, Vladimir? ÀDe verdad? —S’.

El rostro de Anastasia resplandeci—. Como si una llamarada de luz lo hubiera alumbrado.

Fue con inspiraci—n y emoci—n que ella pronunci— su incre’ble mon—logo.

27
Por encima del tiempo de las fuerzas oscuras

En aquella noche de los sue–os m’os, yo pensaba en c—mo transportar a la gente por encima del lapso de tiempo de las fuerzas oscuras. Mi plan y mi conciencia sobre Žste eran precisos y realizables, y ELLOS lo aceptaron.

En el libro que vas a escribir, habr‡ combinaciones discretas, f—rmulas hechas de letras. ƒstas despertar‡n sentimientos luminosos y buenos en la mayor’a de la gente.

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Estos sentimientos son capaces de vencer la enfermedad f’sica y del alma, y van a contribuir al nacimiento de un nuevo nivel de conciencia, inherente a la gente del futuro. CrŽeme, Vladimir, esto no es misticismo, esto se corresponde con las leyes del Universo.

Es todo muy sencillo: vas a escribir este libro gui‡ndote exclusivamente por los sentimientos y el alma. No podr‡s hacerlo de otra manera, puesto que no dominas la tŽcnica literaria, pero con los sentimientos se puede TODO. Estos sentimientos ya est‡n en ti. Tanto los m’os como los tuyos. No eres consciente de ellos todav’a. Ellos van a ser comprendidos por muchos. Plasmados en los signos y las combinaciones, ser‡n m‡s fuertes que el fuego de Zoroastro60. No ocultes nada de lo que te ha sucedido, ni tan siquiera tus experiencias m‡s ’ntimas. LibŽrate de cualquier pudor y no tengas miedo de ser rid’culo. Domina tu soberbia.

Yo te he abierto todo mi ser, mi cuerpo y mi alma. Y a travŽs de ti, quiero abrirme a toda la gente. Ahora se me permite hacer esto. Soy consciente de la enorme masa de fuerzas oscuras que arremeter‡ contra m’, y tratar‡ de contrarrestar mi sue–o, pero no tengo miedo de ellos. Soy m‡s fuerte, y tendrŽ tiempo de ver mi plan hacerse realidad, y de dar a luz y criar a mi hijo. A nuestro hijo, Vladimir.

Mi sue–o romper‡ muchos de los mecanismos de las fuerzas oscuras, que han venido ejerciendo una influencia perniciosa en la gente a lo largo de miles de a–os, y adem‡s har‡ que muchos de Žstos actœen en pro del bien.

SŽ que ahora no puedes creerme debido al obst‡culo que suponen los convencionalismos y dogmas engendrados en tu cerebro por las condiciones de vida de ese mundo en el que tœ vives.

La posibilidad del transporte a travŽs del tiempo te parece incre’ble. Pero vuestros conceptos de tiempo y distancia son relativos. Estos valores no pueden ser medidos por segundos o metros, sino por el grado de conciencia y voluntad.

La pureza de pensamientos, sentimientos y sensaciones que tenga la mayor’a, es lo que determina el punto en el que se encuentra la humanidad en el Universo y en el tiempo.

Vosotros creŽis en los hor—scopos, creŽis en vuestra dependencia completa de la posici—n de los planetas. Esta creencia se alcanza con ayuda de los mecanismos de las fuerzas oscuras. Esta creencia est‡ frenando el avance del tiempo de luz, permitiendo al paralelo de oscuridad moverse hacia delante y agrandar su magnitud. Esta creencia os desv’a de la comprensi—n de la verdad, de la esencia de vuestra existencia terrenal. Anal’zalo atentamente. Piensa: Dios cre— al Hombre a su imagen y semejanza. Al Hombre se le da la mayor libertad: la libertad de elecci—n entre lo oscuro y lo luminoso. Al Hombre se le da el alma. Todo lo visible est‡ bajo el dominio del Hombre y Žl es libre incluso en su relaci—n con Dios, libre de amarle o no. Nada ni nadie puede dirigir al Hombre, aparte de su voluntad. Dios quiere el amor del Hombre en respuesta a su amor, pero quiere el amor de un Hombre libre, perfecto y semejante a ƒl.

Dios cre— todo lo visible, tambiŽn los planetas. ƒstos sirven para asegurar el orden y la armon’a de todo lo vivo: de las plantas y del mundo animal. TambiŽn ayudan a la parte carnal humana, pero no tienen ellos poder sobre el alma y la mente del Hombre, en absoluto. No son ellos quienes encauzan al Hombre, sino que es el Hombre quien mueve a todos los planetas a travŽs de su subconsciente.

60Zoroastro (628-551 A. C): un m’stico persa tambiŽn conocido como Zaratustra, que comparaba la naturaleza de Dios con una llama eterna e inalcanzable. El zoroastrismo se practica hoy principalmente en India (donde a sus partidarios se les conoce como parsis) y en ‡reas apartadas de Ir‡n.

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Si una persona manifestara el deseo de que en el cielo se encendiera otro sol, Žste no aparecer’a. Las cosas est‡n organizadas as’ para que no ocurra una cat‡strofe planetaria. Pero si toda la gente simult‡neamente quisiera un segundo sol, Žste aparecer’a.

Para hacer un hor—scopo, es necesario, antes que nada, considerar los valores principales: el nivel de conciencia temporal de la persona, su fuerza de voluntad y la de su esp’ritu, las aspiraciones de su alma y el grado de participaci—n de Žsta en el instante de la existencia presente.

D’as favorables o desfavorables, tempestades magnŽticas, presi—n alta o baja... da igual, la voluntad y la conciencia lo vencen todo con facilidad.

ÀAcaso no has visto a una persona feliz y alegre en un d’a encapotado o lluvioso, o al revŽs, a una persona triste y deca’da en un d’a de sol, con el tiempo de lo m‡s favorable? Piensas que estoy fantaseando como una loca cuando hablo de que las combinaciones y f—rmulas de letras que puse en el libro van a curar e iluminar a la gente. No me crees

porque no entiendes... Y en realidad es tan sencillo...
Pues ahora mismo te estoy hablando en tu lengua, con tus propios giros y, a veces,

hasta con tus mismas entonaciones trato de hablarte. Te ser‡ f‡cil recordar lo que te estoy diciendo, ya que esto es tu lengua, la que te es propia solamente a ti, aunque tambiŽn sea comprensible para mucha gente. Esta lengua tuya no tiene palabras incomprensibles o giros poco habituales. Es sencilla, y por eso es comprensible para la mayor’a. Pero yo cambio las palabras un poco, como que las transpongo s—lo un poquito. Ahora, al escucharme, te encuentras en un estado excitado y por lo tanto, al recordar este estado, recordar‡s todo lo que yo te estoy diciendo. Y lo escribir‡s.

As’, en lo que escribas, tambiŽn se estar‡n metiendo mis combinaciones de letras. ƒstas son muy importantes. Pueden obrar maravillas, como una oraci—n. En efecto, muchos de vosotros ya sabŽis que las oraciones no son otra cosa que determinadas conexiones y particulares combinaciones de letras. Estas conexiones y combinaciones,

son construidas por personas iluminadas con la ayuda de Dios.
Las fuerzas oscuras han aspirado siempre a privar al Hombre de la posibilidad de usar

la bienaventuranza que emana de estas combinaciones. Para conseguirlo, ellos han ido haciendo incluso cambios en el idioma, han ido introduciendo palabras nuevas y han ido eliminando las viejas o tergiversando su sentido. Antes, por ejemplo, en vuestro idioma hab’a cuarenta y siete letras, ahora s—lo quedan treinta y tres. Las fuerzas oscuras han ido aportando sus propias combinaciones y f—rmulas, agitando lo bajo y oscuro, se han esforzado por arrastrar al Hombre a la concupiscencia y pasiones carnales. Pero yo he trasladado las combinaciones primigenias usando solamente las letras y los s’mbolos de hoy en d’a y ahora ellas ser‡n eficaces. ÁMe he esforzado tanto busc‡ndolas! ÁY las he ido encontrando! Recog’ todo lo mejor de los diferentes tiempos. Recog’ mucho. Las escond’ en aquello que escribir‡s.

Como ves, esto es simplemente la traducci—n de las combinaciones de los signos de las profundidades de la eternidad e infinidad del Cosmos, exacta en sentido, significado y prop—sito.

Tœ escribe todo lo que has visto, no te calles nada, ni lo malo, ni lo bueno, ni lo ’ntimo: entonces, ellas se conservar‡n. Tœ mismo te vas a cerciorar de esto. CrŽeme, por favor, Vladimir. Te convencer‡s cuando lo escribas. En muchos de los que van a leer lo que escribas, se van a suscitar sentimientos y emociones que aœn no ser‡n comprendidos del todo por ellos, ni se les dar‡ sentido todav’a. Ser‡n ellos los que te lo confirmar‡n. Ver‡s y oir‡s que lo confirmar‡n. Y les aparecer‡n los sentimientos luminosos, y entonces muchos comprender‡n por s’ mismos, con ayuda de estos sentimientos, mucho m‡s de lo que haya sido escrito por ti.

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Escribe al menos un poquito. Cuando te convenzas de que la gente siente estas combinaciones, cuando te lo confirmen diez, cien, mil personas, te lo creer‡s y lo escribir‡s todo. S—lo, conf’a. Conf’a en ti. En m’ conf’a.

Posteriormente, podrŽ hablarte de cosas aœn m‡s significativas, y ellos lo van a comprender y sentir. Y lo m‡s significativo es la crianza de los ni–os. Te result— interesante saber sobre los platillos volantes y otros mecanismos, sobre los cohetes y los planetas. Y yo, lo que deseaba tanto era hablarte m‡s acerca de la crianza de los ni–os, y lo harŽ, lo contarŽ cuando te haga a ti concebir una mayor conciencia.

Sin embargo, todo esto ha de ser le’do cuando no haya interferencias de sonidos de mecanismos artificiales, hechos por manos humanas. Estos sonidos perjudican y desv’an al Hombre de la verdad. Que se oigan s—lo los sonidos del mundo natural, creado por Dios. Ellos llevan en s’ la informaci—n de la verdad, la bienaventuranza, y ayudan a la elevaci—n de la conciencia. Y entonces, la curaci—n ser‡ mucho m‡s fuerte.

Claro, otra vez dudas y no crees en la fuerza curativa de la palabra, piensas que yo... Pero aqu’ tampoco hay m’stica, fantas’a o contradicciones a las leyes de la existencia espiritual.

Cuando aparecen en una persona los sentimientos luminosos, estos, necesariamente, ejercen una influencia beneficiosa absolutamente en todos los —rganos de la carne. Precisamente los sentimientos luminosos, son el remedio m‡s fuerte y eficaz para resistir cualquier enfermedad. Con ayuda de estos sentimientos, curaba Dios, y as’ obraban tambiŽn los santos. Lee el Antiguo Testamento, te cerciorar‡s por ti mismo. Con ayuda de estos sentimientos, puede curar tambiŽn alguna gente de vuestro mundo. Muchos de vuestros mŽdicos saben esto. Pregœntales a ellos si no me crees a m’. Ciertamente, te resulta m‡s f‡cil creerles a ellos. Cuanto m‡s fuerte y m‡s luminoso es este sentimiento, tanto m‡s grande es la influencia que ejerce en aquel a quien se dirige.

Siempre he podido curar con mi rayito. Siendo aœn una ni–a, el bisabuelo me ense–— y explic— todo. Lo he hecho muchas veces con mis dachniks.

Ahora, mi rayito es muchas veces m‡s fuerte que los del abuelo y el bisabuelo. Ellos dicen que es porque apareci— en m’ el sentimiento que se llama amor.

Este sentimiento es tan grande, tan agradable... y un poquito abrasador. Siento deseos de regalarlo a toda la gente y a ti. Se me manifiesta el deseo de que todos se sientan bien y que todo estŽ bien, como Dios quiso que fuera.

Anastasia pronunci— su mon—logo con una inspiraci—n y una seguridad extraordinaria. Como lanz‡ndolo al espacio y el tiempo. Y se qued— callada. Yo miraba a Anastasia pasmado por su ardor y seguridad ins—litos, despuŽs preguntŽ:

—ÀEsto es todo, Anastasia? ÀNo hay algœn matiz m‡s en tus planes, en el sue–o?

—Lo dem‡s, Vladimir, son menudencias. Nada de gran importancia. Las inclu’ sobre la marcha, como multiplicando Òdos por dosÓ. Hubo s—lo una complicaci—n, que te concern’a a ti, pero tambiŽn la solucionŽ.

—Pues, h‡blame m‡s detalladamente de eso, anda. ÀCu‡l es esta complicaci—n que me concierne?

—Ver‡s, yo te hice la persona m‡s rica de la Tierra. Y tambiŽn te hice el m‡s famoso. As’ suceder‡ dentro de un tiempo. Pero cuando el sue–o estaba detall‡ndose... Cuando Žste todav’a no hab’a levantado el vuelo llevado por las fuerzas luminosas... Las fuerzas oscuras... est‡n siempre intentando aportar lo suyo, lo pernicioso. Tratan de aportar todo tipo de efectos secundarios de su parte, que ejercen una influencia perniciosa en la persona a quien concierne este sue–o, y tambiŽn en otra gente.

Mis pensamientos volaban muy-muy r‡pidamente, pero las fuerzas oscuras no ced’an. Dejaron muchas de sus tareas terrenales y procuraron incorporar sus mecanismos alrededor de mi sue–o, y entonces lo ingeniŽ... Fui m‡s astuta que ellos. Hice que todos

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sus mecanismos acabaran funcionando para el bien. Las fuerzas oscuras se desconcentraron durante menos de un instante, pero eso fue suficiente para que mi sue–o fuera cogido al vuelo por las fuerzas luminosas, que se lo llevaron r‡pidamente a la infinidad de la luz, inalcanzable para las fuerzas oscuras.

—ÀQuŽ es lo que ingeniaste, Anastasia?

—Inesperadamente para ellas, prolonguŽ un poquito el lapso de tiempo de las fuerzas oscuras, durante el que tendr‡s que ir venciendo las diferentes dificultades. Y tambiŽn me privŽ a m’ misma de la posibilidad de ayudarte con mi rayito. Y ellos se quedaron estupefactos, no viendo en esto l—gica alguna por mi parte. Y yo mientras tanto, r‡pido- r‡pido enviaba luz a la gente que se va a relacionar contigo en el futuro.

—ÀQuŽ significa todo esto?
—A ti y a mi sue–o ayudar‡ la gente. Con sus peque–os, casi incontrolados rayitos.

Pero ser‡n muchos, y vosotros juntos harŽis realidad el sue–o en el mundo f’sico. Os transportarŽis por encima del tiempo de las fuerzas oscuras. TransportarŽis a los otros.

Y no vas a ser arrogante ni avaro, cuando seas rico y famoso. Porque entender‡s que el dinero no es lo principal, ya que nunca comprar‡ el calor ni el sincero compartir del alma humana.

Lo comprender‡s cuando estŽs pasando por ese intervalo de tiempo, cuando veas y conozcas a esta gente. Y ellos tambiŽn lo comprender‡n. Y lo de las flexiones... lo de tus relaciones con los bancos, lo inventŽ por si acaso tambiŽn porque no miras por tu cuerpo en absoluto. Y as’, al menos, har‡s gimnasia cuando vayas a recibir dinero del banco, y algunos banqueros tambiŽn. Y que sea esto un poquito rid’culo. Pero te librar‡s de la pecaminosa soberbia.

As’ es que ha resultado que todas las dificultades y obst‡culos que las fuerzas oscuras idearon en su lapso de tiempo, van a fortaleceros a ti y a los de tu alrededor. Os van a hacer m‡s conscientes, y os proteger‡n en lo sucesivo de las tentaciones oscuras de las que ellas se enorgullecen tanto. Las propias acciones de las fuerzas oscuras os proteger‡n. Por eso ellas se desorientaron durante menos de un peque–o instante, y ahora ya nunca alcanzar‡n mi sue–o.

—ÁAnastasia! ÁMi querida so–adora, mi fantaseadora!
—ÁAy...! ÁQuŽ bien has hecho! ÁGracias! Te lo agradezco. Has dicho tan bien: ÒMi queridaÓ.
—De nada. Pero te he llamado ÒfantaseadoraÓ tambiŽn, Òso–adoraÓ. ÀNo te ofende

eso?
—No me ofende, en absoluto. Es que tœ todav’a no sabes de quŽ manera precisa se

materializan siempre los sue–os m’os cuando me salen tan v’vidos y detallados. ƒste se materializar‡ necesariamente. Es mi favorito y el m‡s v’vido. Y el libro va a resultar tambiŽn as’. En la gente aparecer‡n sentimientos extraordinarios. Estos sentimientos llamar‡n a la gente...

—Espera Anastasia, otra vez empiezas a entusiasmarte. Tranquil’zate. ** *

No pas— mucho tiempo despuŽs de que cortŽ el ardiente discurso de Anastasia, que me parec’a no m‡s que una fantas’a.

Yo no llegaba a entender del todo el sentido encerrado en aquel mon—logo suyo. Todo lo que dijo me parec’a demasiado fant‡stico. Fue tan s—lo al cabo de un a–o, que el redactor de la revista ÒChudes‡ y pricliuchŽniyaÓ (Maravillas y aventuras), Mijail

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Fýrnin61, que hab’a le’do el manuscrito con este mon—logo, me entreg— emocionado el œltimo nœmero de su revista (de mayo de 1996).

La emoci—n me embarg— a m’ tambiŽn, cuando conoc’ su contenido. Dos grandes cient’ficos a la vez, los acadŽmicos Anatoli Aqu’mov62 y Vlail KaznachŽyev63, en sus art’culos, hablaban sobre la existencia de la Raz—n Suprema, sobre la intercomunicaci—n estrecha entre el Hombre y el Cosmos, sobre los rayos que emanan del Hombre, que no pueden ser apreciados por el ojo humano a simple vista. Con unos dispositivos especiales se les hab’a podido fotografiar y en la revista se insertaron dos fotos de estos rayos que emanan de las personas.

Sin embargo, la ciencia estaba apenas empezando a hablar de algo que, no s—lo conoc’a ya Anastasia desde su infancia, sino que adem‡s lo utilizaba con facilidad en su vida cotidiana, tratando de ayudar a la gente.

ÀC—mo pod’a haber yo sabido un a–o atr‡s, que esa chica que se presentaba ante m’ con su viejita y œnica falda, calzada con esas galoshas con pinta de inc—modas, toqueteando nerviosamente los botoncitos de su blusa –esa chica llamada Anastasia– pose’a en verdad conocimientos colosales y la habilidad de influir en los destinos de la gente? O que los arrebatos de su alma, son en verdad capaces de oponerse a lo oscuro y pernicioso para la humanidad. Que el conocido sanador-naturista, presidente de la fundaci—n de los sanadores de Rusia, V. A. Mir—nov64 iba a reunir a sus ayudantes y les iba a decir: ÒTodos somos bichos ante ellaÓ. Y a–adir’a que el mundo no hab’a conocido todav’a una fuerza m‡s grande que la de ella y lamentar’a que yo estuviera tanto tiempo sin comprenderla.

Muchos iban a sentir la energ’a de enorme fuerza que emana del libro.

Tras la primera peque–a tirada de este libro, cuya autor’a, segœn considero, es mŽrito tambiŽn de Anastasia, iban a comenzar a caer los primeros versos lavando la suciedad como lluvia de primavera.

Pues bien, estimado lector, Žste es el libro que est‡s sosteniendo en tus manos y leyendo en este momento. Si Žste despierta sentimientos en tu alma o no, s—lo a ti te corresponde juzgar. ÀQuŽ sientes? ÀA quŽ te est‡ llamando?

Anastasia, qued‡ndose sola en su claro de la taiga, iba a ahuyentar tenazmente con su rayito de bondad cualquier obst‡culo que se interpusiera en su sue–o. Ella iba a ir reuniendo e inspirando cada vez a m‡s gente nueva para que Žste se vaya haciendo una realidad.

Y as’, en momentos dif’ciles para m’, tres estudiantes moscovitas iban a venir a mi lado e iban a apoyarme, sin recibir por su trabajo retribuci—n monetaria alguna (e incluso ayud‡ndome a m’ econ—micamente). Ganando su sueldo donde quiera que pod’an, ellos –especialmente Li—sha Novichkov– pasar’an noches escribiendo el texto de ÒAnastasiaÓ en sus ordenadores.

Ellos no dejar’an su trabajo de mecanografiado ni siquiera cuando comenzara su periodo duro de ex‡menes.

61Mijail A. Fýrnin: editor para Molodaya Guardia (Guardia joven) donde trabaj— especialmente en la serie ÒVidas de personas cŽlebresÓ. Uno de sus œltimos proyectos ha sido Colecci—n de pensamientos de Dostoevsky (2003).
62Anatoli EvguŽnyevich Aqu’mov (1938-2007): Director del Instituto Internacional de F’sica Te—rica y Aplicada de la Academia Rusa de Ciencias Naturales. Ver nota del capitulo 7.

63 Vlail Petr—vich KaznachŽyev: miembro prominente de la Academia Rusa de Ciencias de la Medicina de Novosibirsk, especializado en la interrelaci—n entre Hombre y Naturaleza. Veterano condecorado de la II Guerra Mundial. Ha recibido muchos premios por sus investigaciones y publicaciones.
64Vladimir AndrŽyevich Mir—nov: Doctor de Medicina Alternativa, que dirige su propia cl’nica de terapia naturista en el centro-sur de Moscœ, y ha publicado bastantes libros y art’culos sobre el tema.

   

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La imprenta undŽcima de Moscœ sacar’a a la luz el libro con una tirada de dos mil ejemplares. Lo publicar’a evitando la editorial. Pero aun antes de esto, la periodista YevguŽniya Kvitk— del peri—dico de granjeros ÒKresty‡nskiye vŽdomostiÓ (Gaceta de Campesinos) ser’a la primera en hablar de Anastasia en la prensa. DespuŽs, Katia Golovin‡ de ÒMosc—vskaya pravdaÓ (La Verdad Moscovita), despuŽs ÒLesn‡ya gazetaÓ (Gaceta Forestal), ÒMir novostŽiÓ (El Mundo de las Noticias), radio Rossii (Radio de Rusia). La revista ÒChudes‡ y pricliuchŽniyaÓ (Maravillas y aventuras), la cual publica art’culos de reconocidos cient’ficos eminentes, conceder’a a Anastasia, desatendiendo la tradici—n, varios nœmeros. En ella se escribir’a: ÒEn sus sue–os m‡s atrevidos, los acadŽmicos no llegan a alcanzar las percepciones de Anastasia: mujer sabia de la taig‡ siberiana. La pureza de los pensamientos hace al Hombre omnipotente y omnisapiente. El Hombre es la cima de la creaci—nÓ.

S—lo la prensa seria de la capital publicar’a Anastasia. Como si la propia Anastasia la hubiera ido eligiendo, evitando los periodicuchos, y protegiendo cuidadosamente la pureza de su sue–o.

Pero todo esto no lleg— a estar claro para m’ hasta un a–o despuŽs del encuentro con ella. Y en aquel entonces, sin entenderla muy bien, y sin creerla del todo, yo saquŽ mi propia idea de toda aquella experiencia, y tratŽ de cambiar el tema a uno con el que yo estaba m‡s familiarizado: el de los empresarios.

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La gente fuerte

La m‡s alta evaluaci—n de tu personalidad viene de la gente que te rodea.

Anastasia me habl— bastante rato de la gente a la que llamamos empresarios, acerca de su influencia en la espiritualidad de la sociedad, y despuŽs, cogi— un palito y dibuj— un c’rculo en la tierra. Dentro de Žste, dibuj— muchos circulitos con un punto en el centro de cada uno. Al lado de este c’rculo puso otros. Era como una especie de mapa de planetas dentro del mundo terrenal. Sigui— a–adiendo muchos m‡s circulitos y dijo:

—El c’rculo grande es la Tierra, un planeta en el que vive gente. Los circulitos peque–os son peque–as colectividades de gente unida entre s’ por algo. Los puntos son la gente que encabeza estas colectividades. De la forma en que estas personas que est‡n a la cabeza tratan a la gente, de lo que les obligan a hacer, del clima psicol—gico que est‡n creando utilizando su influencia, va a depender el que la gente que les rodea se sienta bien o mal. De cada persona que se siente bien, emana una irradiaci—n luminosa, y si la mayor’a se siente bien, de la colectividad en general emana esta irradiaci—n luminosa. Si la mayor’a se siente mal, entonces la irradiaci—n es oscura.

Y ella sombre— algunos de los circulitos haciŽndolos oscuros.
—Por supuesto, muchos otros factores influyen tambiŽn en el estado interior de las

personas, pero cuando se encuentran en esta colectividad, el principal factor son las relaciones con el que est‡ a la cabeza. Para el Universo es muy importante que de la

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Tierra como un todo, emane la irradiaci—n luminosa. La irradiaci—n de la luz del amor y la bondad. Esto est‡ escrito en la Biblia tambiŽn: ÒDios es AmorÓ.

Siento l‡stima, me da mucha pena de las personas a quienes llam‡is empresarios, ellos son los m‡s infelices de todos. Yo quisiera tanto ayudarles, pero es dif’cil para m’ hacerlo sola.

—Te equivocas, Anastasia. Nosotros consideramos infelices a los jubilados, a la gente que no sabe buscar trabajo y abastecerse de vivienda, ropa o alimentos necesarios. El empresario es la persona que tiene todo esto en mayor medida que los otros. Le son accesibles placeres con los que los otros no pueden ni so–ar.

—ÀCu‡les, por ejemplo?
—Pues, incluso si hablamos de un empresario medio, Žste tiene un coche moderno y

un apartamento. O sea, que la ropa y la alimentaci—n no le suponen un problema en absoluto...

—ÀY alegr’a? ÀEn quŽ encuentra Žl satisfacci—n? Ven y mira por ti mismo.
Anastasia me condujo otra vez a la hierba y, as’ como la primera vez en la que me

ense–— la mujer-d‡chnik, me empez— a mostrar otras im‡genes.
—ÀLo ves? Ah’ lo tienes, sentado, precisamente, en un coche al que tœ llamar’as muy

chic. ÀVes? Con todo el asiento trasero para Žl, con temperatura climatizada. El chofer conduce muy suavemente. Pero mira quŽ tensa y pensativa est‡ la cara del empresario en el asiento trasero, est‡ pensando, componiendo algunos planes, tiene miedo de algo, mira: ahora ha agarrado eso que llam‡is telŽfono. Est‡ preocupado... Ya, acaba de recibir una informaci—n... ahora tiene que apreciarla r‡pidamente y tomar una decisi—n. Est‡ todo tenso... Est‡ pensando. Hecho. La decisi—n est‡ tomada. Ahora mira, mira, parece tranquilo, pero en su cara hay duda e inquietud. Y no hay ninguna alegr’a.

—Es trabajo, Anastasia.
—Es un modo de vida que no tiene un rayo de esperanza desde el momento de

despertar hasta el momento de dormir, ni incluso en los sue–os. Y no ve Žl ni las hojas que se abren en los ‡rboles ni los arroyos de primavera.

Alrededor, los eternos envidiosos, que desean adue–arse de lo que Žl tiene. El intento de protegerse de ellos con los que llam‡is guardaespaldas y con una casa que parece una fortaleza, no consigue darle una tranquilidad completa, ya que el miedo y las preocupaciones est‡n dentro de Žl y siempre se quedan con Žl.

As’ hasta la misma muerte, y justo antes del final de su vida, Žl tiene un sentimiento de pesar por tener que dejarlo todo...

—El empresario tiene alegr’as. ƒstas vienen cuando alcanza su resultado deseado, cuando lleva a cabo el plan premeditado.

—No es verdad. No tiene tiempo para disfrutar de lo alcanzado, en sustituci—n viene otro plan m‡s complicado aœn, y